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Irene Kleiner: Como un héroe

En este cuento Irene Kleiner nos presenta a Martín, un joven soldado, un muchacho ingenuo que se toma las cosas con calma y tiene planes simples. Pero la guerra nunca trae calma ni simpleza. Y mientras él realiza sus pequeños actos cotidianos, cargados de sentido, hablar con compañeros, guardar una carta, besar a la novia, caminar por las calles, la nube del horror se proyecta inexorable.

Como un héroe, incluido en el libro Todos los mundos, ninguno (Hormigas Negras, 2019), suma una historia fresca y precisa, a la consolidada subcategoría de narrativa sobre Malvinas.

por Irene Kleiner

A Marcelo López

 

—Estás pensando en ir a ver a tu noviecita.

—No es mi novia Regueiro.

—En el polvo que te vas a echar.

Martín hizo como si no lo hubiera escuchado o como si no le hablara a él.

—Dale ¿me vas a decir que no querés cogértela una vez más antes de subirte al buque? —insistió Regueiro.

—Pensá lo que quieras —dijo Martín.

—No te enojés —dijo Regueiro y le tocó la cabeza.

Martín no se movió, esperó a que Regueiro y el Tucu salieran y recién ahí salió del pabellón. No estaba enojado, pero Regueiro lograba ponerlo nervioso; parecía que le adivinaba los pensamientos, como si pudiera dejarlo en evidencia en cualquier momento, delante de todos.

Caminó detrás de ellos, manteniendo unos metros de distancia. Los veía marchar sincronizados, dos pies cayendo al mismo tiempo y luego los otros dos, el golpe seco, como siguiendo el ritmo de un tambor. Qué locura, pensó. Hacía frío y la niebla le impedía ver mucho más allá. El aire olía a pasto húmedo. Tuvo suerte de que el camión lo llevara ahí y no más al sur, como había dicho el Rafa. Pobre Rafa. Estaba peor que él el día del sorteo; el día que se le apareció en la casa a decirle que se tenía que ir, que había escuchado que lo de Chile volvía a estallar en cualquier momento, que se comprara un pasaje, se fuera a la mierda y se dejara de joder. Hasta plata y refugio con sus parientes de Europa, le había ofrecido. A lo mejor el loco se había ido a vivir a un pueblito de Italia, por miedo de que convocaran a los de la reserva y por eso no lo había encontrado las veces que lo llamó. Hubiera querido hablar con él, decirle que no se preocupara por lo del traslado, que eran tareas de apoyo, que se quedara tranquilo.

Cuando se despertó, el tren ya estaba cerca de Constitución.

En la Capital también se respiraba un clima de festejo: el celeste y blanco se agitaba en los balcones, las ventanas. La gente los miraba y les sonreía, como si los conociera. Una señora los corrió unos metros, le dio al Tucu un paquete con facturas, otra abrazó a Regueiro y como no tenía nada para darle, sacó unos billetes arrugados y se los metió en un bolsillo. Era como si de golpe se hubieran convertido en personajes famosos, de esos que, aunque quieran, no pueden pasar inadvertidos. Martín sonreía, con una sensación rara, como si usurpara la identidad de un desconocido. Si me viera el Rafa, pensó, mientras agarraba una flor que le regalaba una chica.

Al llegar al bar, les hizo prometer a Regueiro y al Tucu que en un rato se irían y lo dejarían solo; con ellos terminaba haciendo cosas que no quería, por no quedarse atrás, como lo de la última vez y esa mentira que a Tatiana no le había causado ninguna gracia. Pero él no era así, y ahora tenía miedo de haberla decepcionado y de haber arruinado las cosas.

El dueño del bar se acercó, dijo que lo llenaba de orgullo recibirlos y les estrechó la mano. Martín se habría reído ante la solemnidad, si no hubiera sido, porque sabía que, detrás de esa solemnidad vendría la comida. Entonces, bajó la vista para no seguir viendo la cara de Regueiro a punto de largar la carcajada y siguió al Tucu hasta la mesa que les señalaba el viejo.

Al principio no la vio, pero después la descubrió detrás de la máquina de café. Tatiana se secó las manos en el delantal y se acercó a la mesa.

—Se escapó para venir a verte —le dijo Regueiro. Martín lo miró serio.

Ella se puso colorada. Se había cortado el flequillo bien cortito y eso le daba un aire más infantil. Parecía incómoda.

—¿Ya eligieron? —preguntó, todavía colorada.

—Es medio mentiroso pero buen chico —dijo Regueiro y le palmeó la espalda a Martín.

—No hace falta que hables todo el tiempo, Regueiro —le dijo. Y le sacó la mano del hombro.

Ella sonrió, como si le hubiera gustado escuchar eso. Se fue y volvió con una picada que el viejo les había preparado especialmente. Martín no podía dejar de mirarla, mientras ella iba y venía con las bandejas. Tenía que encontrar el momento de disculparse por lo de la última vez. Pero lo había frenado a Regueiro, ya era algo. El Tucu hojeaba el diario, la parte de espectáculos, buscaba las primeras funciones de algún cine de los nuevos, con butacas mullidas. Cuando encontraba alguna película consultaba con Regueiro, quien, por supuesto, opinaba de directores y actores como si fuera un especialista. La voz de Regueiro, como un zumbido. Martín miró el reloj, no veía la hora de que se fueran. Por suerte el Tucu acababa de decir que si se apuraban llegaban a ver una de Stallone.

Los vio cruzar la calle y cuando los perdió de vista se levantó y se acercó a donde estaba Tatiana.

—¿Estás enojada? —le preguntó.

Ella siguió doblando unas servilletas y no dijo nada.

—Fue una boludez lo del otro día, y si estás enojada te entiendo.

—Enojada no, pero ¿para qué inventar algo así?

—Tenés razón. Ni siquiera sé por qué le seguí el juego a Regueiro. No quiero que pienses mal.

—No pienso nada, solo que no entiendo.

—Es que no hay nada que entender. Fue una boludez.

—Te quiso hacer quedar mal.

—¿Regueiro?

—Sí, a propósito, mal conmigo.

—No, él es así. Dejame ayudarte —dijo Martín y estiró la mano hacia la pila de servilletas.

Estaba sorprendido. Tatiana había sido rápida para captar algo que a él le había llevado bastante tiempo. Por suerte no estaba enojada. Y parecía haberse alegrado de que él hubiera vuelto, como si todos esos días lo hubiera estado esperando. Ya no estaba avergonzado. Con ella se sentía bien, sin la necesidad de aparentar algo que no era.

Cuando salieron miró la ventana del cuarto de Tatiana, arriba del bar. Estuvo a punto de decir algo, pero si se precipitaba iba a arruinarlo todo. Caminaron sin rumbo, dando vueltas por el barrio. Llegaron a la plaza, se sentaron en un banco; unos chicos saltaban sobre un colchón de hojas secas, otros, más allá, jugaban a la pelota. En eso, la pelota cayó cerca. Martín se paró y la pateó con fuerza, con tanta puntería que la clavó en el ángulo. Los chicos aplaudieron. Él volvió a sentarse y se sacudió la tierra del pantalón del uniforme.

—¿Ves? No hace falta que inventes nada para impresionarme —dijo Tatiana.

—Menos mal —dijo él y la abrazó.

—Es tan simple.

—¿Qué cosa?

—Dejarse llevar por los sentimientos.

Empezó a lloviznar, y ella dijo que mejor fueran a su cuarto, que podía preparar algo caliente. Eso dijo y él sintió que el corazón se le aceleraba sin freno.

En cuanto entraron la besó y la apretó contra su cuerpo. Quiso desabrocharle la blusa pero ella lo detuvo, le apartó la mano y le dijo que no, que esta vez no quería. Él se quedó quieto, no esperaba esa reacción. Había sido ella la que las otras veces había tomado la iniciativa y lo había llevado a cruzar ese umbral temido para él; ella lo había guiado y había logrado que se sintiera completamente otro. Estaba confundido, quizás realmente las mujeres eran un misterio o quizás Regueiro tenía razón y él lo único que quería era coger antes de embarcarse. Pero le costaba creer eso, Tatiana era especial, y le importaba de verdad.

—¿Seguro no estás enojada? —le preguntó.

—No, no es eso.

—¿Y entonces? ¿Qué pasa?

—Ahora va a ser más tiempo y no me vas a poder llamar.

—Serán dos o tres semanas, no más. A lo sumo un mes, eso nos dijeron, todos en el Batallón lo dicen, en un mes termina todo.

—¿Llamaste a tus viejos?

—¿Para qué?

—No sé, para contarles, para hablar con ellos.

—Les escribí. Las cartas salen mañana, para cuando la lean, ya voy a estar volviendo.

—Entonces no saben.

—Mejor así. Mi vieja por teléfono, lo único que hace es llorar.

—Pobre, hay que entenderla.

—Y mi viejo no es de hablar.

—Encima está sola.

—¿Vos también te vas a poner así? Ya te expliqué, no vamos a las islas.

—Perdoname —dijo ella.

—No pasa nada, va a estar todo bien.

A lo mejor Tatiana tenía razón, qué le costaba hablar con su madre, no era para tanto, a veces exageraba y terminaba enojándose o juzgándola, igual que su padre, no quería ser como él. Después de todo, cada uno tenía derecho a vivir las cosas a su manera.

Y fue ahí que ella lo abrazó y comenzó a besarlo. Él la dejó seguir. Cayeron en la cama, se hundieron en el colchón; él la sintió pequeña y frágil bajo su cuerpo: apenas se movía. Podía seguir sujetándola si quería, tomarla de los hombros sin que pudiera zafarse, hasta con un solo brazo podía hacerlo, era tan pequeña. Él, con todo su ímpetu entrando en ella. Dominaba la situación, y si quería, podía lastimar. Sintió miedo. Buscó sus ojos pero ella los mantenía cerrados. Finalmente se dejó caer, rendido. Ella lo cubrió con la manta y le acarició la espalda. Se quedaron un rato así, en silencio. Después ella se levantó y fue a la cocina.

Él acomodó los almohadones contra el respaldo y se sentó. Miró el reloj. Qué rápido podía pasar el tiempo. Era eso, solo cuestión de tiempo y seguir como hasta ahora, haciendo las cosas bien. No podía quejarse, y menos ahora, todo el día sirviendo café o cebando mate a los superiores. Además, si lo del buque era como decían todos, en unas semanas Tatiana lo recibiría como un héroe, un héroe de guerra y sin disparar ni un tiro. Aunque ahora eso ya no le importaba, solo quería volver, volver y demostrarle que podía hacerla feliz.

Tatiana trajo el café. Él se arrinconó contra la pared para hacerle más lugar. Ella se sentó a su lado, dejó la taza a un costado y se puso a hacer garabatos en un papel.

—Te voy a regalar un dibujo —le dijo. Este es el buque, así, la bandera, todo. ¿Cómo me dijiste que se llama?

—Crucero General Belgrano.

Ella siguió dibujando.

—Y este sos vos —dijo y le mostró el dibujo. Acá el sol.

—¿Estoy yo solo?

—Bueno, no puedo dibujar a todos, y vos sos el que me importa. Acá falta algo… —dijo ella, se quedó pensando y dibujó una hilera de corazones.

—¿Y eso?

—Nubes —dijo ella y se rio.

Él agarró el dibujo y lo dobló varias veces.

—Lo voy a llevar conmigo —dijo él.

—No te creo.

—De verdad.

Afuera, estaba oscureciendo. El viento sacudía la persiana contra el vidrio. Martín terminó el café y se levantó.

—Me tengo que ir —dijo.

Tatiana también se vistió y bajaron juntos. Se despidieron en la puerta, ella le pidió que la llamara en cuanto pudiera, él prometió hacerlo. La besó y caminó con la certeza de que ella seguía ahí parada, mirándolo. Le agradó sentir eso, un manto tibio en su espalda mientras él se alejaba. Al llegar a la esquina miró hacia atrás por última vez, ella agitó su mano y entró. En unas semanas, a lo sumo un mes, pensó Martín. Como un héroe. Y caminó hasta la estación.

 

 

 

 

 

 

 

 

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