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Las chicas malas no transpiran

Este cuento de Laura Cukierman trata sobre la asfixia emocional que atraviesa la protagonista, atrapada en una relación que ya debería haber terminado y cuya continuación se le impone con una serie de ritos y simulacros que intentan ocultar la verdad: el amor terminó.

En estos días de aislamiento y tedio, la literatura hace un aporte favorable. Ante la soledad y el encierro, leer es una opción estimulante.

 

Por Laura Cukierman

 

 

¿Cuándo vamos a llegar? ¿Cuándo va a terminar este viaje? ¿En qué momento la ruta Montevideo-La Paloma se convirtió en la ruta más larga del mundo? Siempre fue la más fea pero nunca me había dado cuenta de lo larga que podía ser. Es una ruta infinita. Y yo necesito llegar a La Paloma lo antes posible. No es que sea el lugar más lindo del mundo, precisamente, pero ahí, en La Paloma tengo un plan.

Y él va lento, lentísimo. Como si lo supiera todo. Siempre hace lo mismo. Siempre sabe todo. No sé cómo hace. No sube de los ochenta kilómetros ni baja el aire acondicionado. No hace calor en este auto pero él insiste en congelarnos. En congelarnos y en no acelerar. Odia que yo no transpire. Le parece que hay algo extraño en que yo no sufra el calor. No puede entender que sufro pero no lo manifiesto. Tengo calor pero no transpiro; son cosas distintas. A él le cuesta ver las diferencias a veces.  “Las chicas malas no transpiran”, me dice de la bronca que tiene cuando está bañado en sudor con solo veinte grados. Y a mí no me importa. Buena o mala, la paso mejor que él en el verano.

Ya paramos cinco veces: el baño, agua para el mate, estirar las piernas, casi atropellar a un perro. Necesito que lleguemos rápido a La Paloma. Ahí quiero anunciarle el fin de todo. Se acabó, no va más. Se terminó para siempre esta pareja o lo que quedaba de ella. No hay que superar ninguna crisis. Es el fin del fin. No es necesario estirar las rupturas, no le hace bien a nadie. Si estamos a favor de la eutanasia es porque sabemos que no tiene ningún sentido la agonía. La caída libre siempre tiene que ser rápida; si no solo hay puro sufrimiento. Y yo soy mitad judía, solo por parte de padre, con lo cual no necesito altas dosis de sufrimiento para vivir. Con lo mínimo me alcanza. Y vos subiste esa frase en Facebook que no dice nada pero quizás ahora te pueda servir: “El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional“.

Bueno, yo opcionalmente elijo llegar a La Paloma para dar por terminada esta pareja. Ese es el lugar ideal para dejarlo: es tranquilo, familiar, contenedor y ameno. Qué fea palabra ameno, ¿no? Pero La Paloma es un lugar ameno. En realidad, él es ameno. Necesito llegar al lugar ameno para dejar al hombre ameno. Combinación perfecta para un plan perfecto.

Sí, tengo un plan. Aunque no suene muy agradable es así. Tengo un plan desde hace tres meses y medio exactamente. No me gusta prolongar las rupturas y mucho menos me gusta ser desprolija. Todos planeamos cómo dejar a alguien, ¿no? ¿Quién lo hace de forma espontánea? Espontáneamente uno estornuda, el resto es pura planificación. Sin un plan uno se mueve de manera torpe, sin control, desordenadamente. Y dejar a alguien exige tener un orden. No es nada fácil.

Hay un momento preciso y exacto para anunciarle al otro que uno se retira de su vida, que le arranca su presencia para siempre, que lo despoja de su alma por completo. Hay un instante justo, no puede ni ser antes ni después. Se trata de ser oportuna, cuidadosa, utilizar las palabras adecuadas, no generar incertidumbres, gesticular poco, hablar con calma, no dar muchas explicaciones pero responder cada pregunta del otro como si fuera un interrogatorio. Estar listo para contener un poco pero no tanto como para dar demasiada información. Ser distante y fría pero no mucho como para convertirse en una mala persona. Eso no. Hay que ser delicada, por sobre todas las cosas pero no necesariamente mala. No siempre, por lo menos. Eso es lo que estoy intentado ser. Para eso debo llegar a La Paloma lo antes posible. Pero él no se apura. Y sigue con el aire acondicionado.

—No, no quiero mate, gracias.

¿Cómo se le ocurre que voy a querer compartir una bombilla cuando quiero dejar de compartir mi vida con él lo antes posible? Hay que ser prolijos, siempre. En realidad, para ser muy prolijos de verdad, yo debería estar cebándote mate como un buen copiloto. Pero nunca lo fui, me quedo dormida en todos los autos. Y hago unos mates espantosos. De todas formas, comprarte este kit de plástico para cebarte vos y reemplazar mi presencia fue una de tus peores decisiones. Casi tan mala como la del verano pasado cuando quisiste que fuéramos al sur en auto. Qué necesidad, ¿no? Te molesta que me duerma cuando vos manejas y sabés que lo hago sistemáticamente, pero vos seguís insistiendo para que eso no suceda. Supones que cuantos más viajes en auto hagamos a mí se me pasarán las ganas de dormir como si fuera una especie de enfermedad curable. Hay un momento en el cual uno debe abandonar al pensamiento mágico, mi querido. Las cosas no suceden porque uno quiere que sucedan, las cosas son como son. Algo así me dijiste cuando nos conocimos, que no quiere decir mucho pero sonaba lindo en ese momento. Ojalá suene lindo todo lo que tengo para decirte. Lindo y armonioso. No me gusta usar tantas frases hechas o vacías de contenido. Pero volvamos a las vacaciones en el sur. Vos sabías que yo detestaba el sur porque donde hay verano para mi debe hacer calor y en el sur de este país hace frío y vos insististe en tener frío en verano y yo finalmente acepté. Para completar la idea, se te ocurrió sumar a Sebastián y Florencia que estaban en plena crisis terminal. Fue muy reconfortante veranear siendo testigos del hundimiento de una pareja. Muy convocante para nosotros que comenzábamos nuestro final sin saberlo. Mucho más atractivo fue escucharte aleccionarme y advertirme sobre todo lo que nos podía ocurrir si teníamos un hijo, como Sebastián y Florencia. Porque vos ya habías decretado que la culpa de la separación de nuestros amigos era del niño insoportable que corría y gritaba desesperadamente durante todo el día mientras era ignorado por cuatro adultos que a su vez se ignoraban entre sí. Un verano encantador repleto de montañas absurdas, separaciones y frio. Lo mejor fue cuando quisiste convencerme con la teoría sociológica de los gustos. Según tus propias palabras yo era incapaz de disfrutar realmente de aquellas vacaciones porque no cambiaba mis gustos ni mis deseos. Mi odio eterno por las montañas debía ser superado si quería recuperar algo de la felicidad perdida. Bueno, ahora cambié algunos gustos finalmente. Vos, por ejemplo, no me gustás más.

¿Qué pasa si te lo digo así directamente? ¿Qué pasa si mi prolijidad además incluye una alta dosis de verdad?  “No quiero vivir más con vos porque no soporto tu presencia. Ni siquiera aguanto cuando respirás. Me provoca un profundo rechazo tu alergia matinal y nunca pero nunca me gustó tu mano en la nuca cuando caminábamos”. Algo así. Palabras más, palabras menos. Sería perfecto. Prolijidad absoluta sin dar vueltas; ni introducciones mentirosas ni gestos tramposos. Cuando te diga todo esto no quiero que me agarres las manos. ¿Está claro? El gesto de las manos es condescendiente. Tampoco quiero que inclines tu espalda hacia atrás y bufes. El “uf” en un adulto queda espantoso. Dejáselo al hijo que nunca vamos a tener juntos.

Siempre es difícil dejar a alguien. La culpa, el miedo, el desamparo, la soledad. ¿Las vacas esas tendrán el mismo problema? ¿Y cuándo aquel toro se enamoró de la luna? ¿Cómo habrá abandonado a su compañera vaca? ¿Le habrá costado mucho? ¿La vaca habrá sufrido?

Yo tomé esta decisión, con mucho dolor y terapia mediante, hace tres meses y medio exactamente. Ahí decidí que quería dejarlo y que debía hacerlo de la mejor forma posible. Y así fue cómo lo planeé y llegué hasta acá, camino a La Paloma. Hace tres meses y medio exactamente, decidí dejarte bien dejado. O sea, dejarte de manera tal que nunca en la vida te olvides de este momento. De mí podés olvidarte, si querés, pero no de la sensación de haber sido abandonado. Quiero dejarte herido, solo, que sufras, que te acompañe por el resto de tu vida el miedo de que alguien vuelva a dejarte. ¿Está muy mal eso? Yo creo que no. Es que, si te dejo de manera convencional, diciéndote que se acabó el amor, que la relación está muerta, que no es culpa de nadie, que en definitiva nada dura para siempre y frases por estilo, ¿cuál habrá sido entonces el sentido de esta pareja en nuestras vidas? Solo seremos dos personas más que fracasaron.

En cambio, si uno de los dos sufre como nadie jamás haya sufrido en la vida, sintiendo tanto dolor en su corazón y en su cuerpo, temiendo caer en la locura, engordando mal o adelgazando hasta extremos Auschwitz, según su metabolismo, con ataques de pánicos permanentes, incluso pensando seriamente en la posibilidad de quitarse la vida, eso sí, eso justifica haber estado juntos tanto tiempo.

El tema, como a todo, es ver para qué lado cae la moneda, a quién le toca cargar con toda esa angustia. Y eso le toca siempre al dejado. En este caso a vos. Lo siento, el azar funciona así. Nadie lo puede manejar. Vos siempre fuiste un fanático del azar. Acá lo tenés. Todo tuyo. Hacé con él lo que puedas. Con el azar y con esta separación. La casa de Bella Vista la vendemos. Este maldito y lento auto es todo tuyo. La colección de cds y los libros los repartimos por igual. Las historietas te las regalo. Bueno, son tuyas después de todo.

—No, no quiero bajar los pies del asiento. ¿Qué te molesta?

—Se arruina el auto.

—Pero yo estoy más cómoda

—Se arruina igual.

Y ahora silba. No aguanto el ruido que hace con la boca. ¿Cómo va a silbar en un momento así? ¿Estoy a horas de dejarte y silbás? Increíble. Siempre silba cuando está nervioso. Silba cuando suena el teléfono y no lo quiere atender. Y ahora además adquirió la bella costumbre de silbar cuando terminamos de tener sexo. Increíble. A mí me molesta mucho la gente que silba, la desprecio. Una vez alguien me dijo que los judíos no podíamos silbar. ¿Por qué lo hacés entonces si vos sos judío por parte de madre y de padre?

—¿Quién canta?

—Leonard Cohen. Ese el último disco antes de morir.

—Buen gusto. ¿Quién te lo regalo?

—Mi amante.

—Tiene bueno gusto tu amante.

Obvio que tiene buen gusto y ya lo sabés. Federico siempre lo tuvo. Él te enseñó todo lo que hoy sabés de música, él te dio tu primer trabajo y él te quitó a tu mujer. Eso es buen gusto, ¿no?

No entiendo cómo no podés acelerar. Tampoco entiendo cómo no pudiste ver nada de lo que estaba pasando. ¿O lo viste? Me gusta pensar que sos un psicópata que también tiene un plan para después de descubrir que su mujer lo engaña con su mejor amigo de toda la vida, con su socio, con su otra cara de la misma moneda.  En ese caso, seríamos dos a punto de cumplir un plan elaborado detalladamente. Pero creo que no es tu caso.

¿Se puede vivir con alguien desde hace siete años y no darse cuenta de que te está engañando?  Yo creo que no. Pero el que lo sabe todo siempre fuiste vos. ¿Se puede? Quizá leíste algún mensaje de texto en el celular que dejo desbloqueado todas las noches sobre mi mesa de luz. Quizá te metiste en mi computadora que está siempre abierta desde hace tres meses y medio. Quizá te diste cuenta en Año Nuevo cuando desaparecí durante dos horas con Federico y te dije que estábamos ordenando la biblioteca del fondo. ¿Ordenando una biblioteca un 31 de diciembre a la noche? A vos no te pareció ridícula semejante respuesta. Solamente me hiciste una mueca gentil para que me sentara a tu lado mientras tu papá nos preguntaba cuándo íbamos a tener un hijo. Y vos no sabías qué responder, entonces silbaste. Me agarraste de las manos, mientras yo no sonreía, inventando una hipótesis absurda sobre la necesidad que tenían los demás de vernos con hijos. Después te levantaste de la mesa inquieto, como siempre que tu papá te pregunta algo, y me dejaste con él a solas para que dijera cualquier cosa. Y yo no le dije nada, solo me quedé pensado que quizá sí iba a tener un hijo. Y que quizá no fuera tuyo.

¿Otra vez paramos? Ahora el parabrisas. ¿Qué te pasa? ¿No te das cuenta que está limpio? ¿Por qué no usas anteojos en lugar de limpiar donde no hay suciedad? Ya no debe faltar mucho para llegar a La Paloma.

—Cuando lleguemos, vamos a cenar en Amarras, ¿querés?

—Sí, claro. Es mi lugar favorito.

—Por eso lo digo. Algo te conozco, ¿no?

Siempre tenés que terminar decidiendo a dónde vamos a comer pero con la condescendencia de hacerme creer que yo decido. Ya sé que es mi lugar favorito pero sos vos quien decide que vayamos ahí hoy. Entonces acabás de elegir el lugar en el cual yo te voy a dejar. Bueno, no importa, puede ser incluso un buen detalle de mi parte. En tus recuerdos siempre estará la imagen de un lindo restaurante. Suena lindo: “En Amarras, con cuidado, una noche de verano te dejé”.

En Amarras, con cuidado, una noche te conté que mañana tu casa será vaciada por un flete porque yo me estaré mudando con Federico, con quien estamos juntos desde hace ocho meses y desde hace dos que tengo un atraso, justo uno desde que dejamos de tener sexo vos y yo. Está bien que vayamos a Amarras. El lugar es importante cuando uno va a dejar a alguien.  No había pensado eso. Vos sí. Siempre pensás en todo.

Bueno esta vez yo también pensé. Este año decidí no reservar la cabaña de siempre. Preferí el hotel que está en frente de la playa. El viejo. Ahí fuimos hace más de siete años cuando apenas nos conocíamos y vos dudabas de todo por no sé qué crisis existencial que tenías y a mí eso me había conmovido tanto. Ahora ya no dudás. A ese hotel quiero que vuelvas después de haberte abandonado. Ahí vas a encontrarte nuevamente con tu crisis. Ahí vas a llorar como aquella vez. Ahí no me vas a tener a tu lado nunca más. Tendrás en esa cama los primeros síntomas de que todo tu mundo ha comenzado a derrumbarse. No vas a poder dormir en toda la noche y vas a repasar obsesivamente en tu cabeza en busca de alguna señal que no llegaste a ver. ¿De verdad no viste nada? ¿De verdad vos pudiste no ver?

Después vas a tomar la primera pastilla de Rivotril que no te hará ningún efecto. Y seguirás llorando. Vas a tomar la segunda y vas a llamar a tu amigo Martín para que te consuele, olvidándote que él no puede con su propia vida y menos va a poder decirte algo que te ayude un poco, aunque sea un poco. Vas a vomitar porque se te va a revolver el estómago con la cantidad de cigarrillos que vas a fumar en unas horas. Qué pena, cinco años sin fumar para terminar tirado en una cama de un hotel de La Paloma consumiendo un atado tras otro mientras intentás consolarte con tu mamá que una vez más te va a decir que vos lo arruinaste todo. Intentarás comunicarte con tu psiquiatra sin darte cuenta de que, además de estar de vacaciones, nunca te iba a atender de madrugada. Los ataques de pánico supuestamente quedaron atrás. ¿O no?  Y otra vez a dudar de todo. Si tu mujer pudo engañarte con tu mejor amigo, ahora todo te puede suceder. Si tu mejor amigo te traicionó de esta manera y no supiste verlo, ahora cualquiera podrá lastimarte. Así funciona el dolor. Así funciona la angustia. Y esto recién empieza. Y la noche será eterna. Y no pararás de llorar.

A la hora en que vos estés llorando desesperadamente saldrá mi avión de Montevideo rumbo a Buenos Aires. Eso será a las 4 am. Tres horas de cena. Hora y media para contarte todo. Media hora en la que no me creerás nada. Otra media en la que solo querrás pegarme y convencerme de no dejarte y quince minutos en los cuales hablaremos simultáneamente sin escucharnos. Otros quince, los dedicaremos a llorar. Vos más que yo. Tu falta de inteligencia motriz tirará dos copas al piso y una botella que no llegará a romperse. Mi rímel barato teñirá media mejilla de negro. El momento más dramático será responderte a la ridícula pregunta “¿hay otro?” y hacer el mayor esfuerzo por no burlarme en tu cara cuando escuches mi respuesta.  El tenso y silencioso instante de la despedida será abruptamente terminado por un “no te quiero más, superarlo” y el insulto “sos una mierda” me alcanzará para subir de un golpe al taxi que pasará puntualmente por la puerta del restaurante para llevarme al aeropuerto.

Reservé mi asiento en el avión del lado de pasillo por las náuseas. Las tengo todo el tiempo desde hace tres meses y medio. Puedo controlarlas. Como ahora. Náuseas que contengo y cierro los ojos para que pienses que duermo como siempre.

 

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El puente que cruje sobre un río de aguas peligrosas

En la presentación de  Amor no Roma mi amor (reciente libro de poemas y rarezas de Pablo Ramos, publicado por Hormigas Negras en la colección Aullido), Irene Kleiner, autora de Todos los mundos, ninguno, leyó un texto íntimo y reflexivo, que indaga en los misterios de la escritura.

 

Palabras para mi maestro 

Siempre supe que iba a escribir sobre ese primer día en que llegué a la casa de Pablo Ramos; mi primer día de taller. Estaba nerviosa, claro, yo apenas me asomaba a la posibilidad de escribir; estaba dando más que primerísimos pasos  y no tenía la ventaja de la juventud que todo promete, a la que se le pueden perdonar las tonterías. No tenía idea de cómo había surgido en mí ese deseo, hoy puedo nombrarlo así, pero en ese momento ni siquiera lo percibía como tal, es más, creo que había hecho lo posible por no enterarme de su latido silencioso.

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Había conocido a Pablo casi de casualidad, en una charla sobre El origen de la tristeza. Hoy no me acuerdo casi nada de lo que habló ese día, lo que sí recuerdo fue su posición, el lugar desde donde dijo lo que nos dijo. Honestidad pura: sus miedos, sus fracasos, sus fantasmas, pero no los pasados, porque cualquiera habla de esas debilidades que gracias a vaya a saber qué, pudo dejar atrás. No, el escritor Pablo Ramos, a quien admirábamos los que habíamos leído su libro, el editado, el que había obtenido premios, no tenía respuestas, no quería explicarnos nada; tan solo venía a mostrarnos las mordeduras de sus perros rabiosos, como él las llama. Esa tarde se abrió ante nosotros en su enorme humanidad.

Vuelvo entonces a mi primer día, frente a la puerta de una casa antigua de La Paternal. Era casi diciembre, y yo le había escrito un mail diciéndole que quería empezar a asistir a su taller. ¿Qué era lo que yo suponía? Que me iba a decir que me esperaba al regreso de las vacaciones, que empezábamos después del verano, o algo parecido. “Vení el jueves” me contestó. En ese primer gesto, en algo tan simple que podía parecer un detalle, yo acusé el impacto: “no estamos en el colegio, ni en la Facultad, querida, esto no es la formalidad de un calendario académico, esto es otra cosa, si querés escribir, si sentís el ronroneo zumbándote en la cabeza o en alguna otra parte del cuerpo, ¿de qué vacaciones me hablás? ¿A quién le importa en qué mes estamos?” Eso que nadie pronunció significó para mí darme cuenta de que estaba entrando a algo diferente a lo que estaba acostumbrada, a cómo yo pensaba las cosas, tan ordenadas, organizadas, con planes ciertos.

Cuando se abrió la puerta, Ramos no estaba, todavía no había vuelto del gimnasio (en esa época iba al gimnasio). Me recibieron sus alumnos que iban y venían por todos lados como si fueran los dueños de casa, me hicieron pasar, y ahí se abrió un escenario que por supuesto no era el que imaginaba, aunque no sé si imaginaba algo, pero lo cierto es que pasé a un living abarrotado de cosas, un colchón en el piso, comida, no recuerdo si en esa época había perros, creo que sí, pero ahí ya se me mezcla con la casa de ahora en la que siempre hay perros y algún gato que deja un alumno y nunca más viene a buscar;  esa casa en la que, de solo entrar, uno siente que ingresó a un lugar sagrado donde se respira literatura. Lo que sí recuerdo es que se entreabrió una puerta en ese ir y venir de los alumnos, una puerta que ya no existe, porque Pablo reformó su casa, y pude ver a una chica con el torso desnudo, de espaldas, a quien otra chica (que me dijeron, era la novia de Pablo), le estaba haciendo masajes. Todo era lo más natural para todos. “Ya estoy acá, pensaba”, con esa sensación de ser la nueva, la chica que tuvo que cambiar de colegio en séptimo grado; no sabía dónde parame o sentarme. Alguien me convidó un mate.

Cuando llegó Pablo nos acomodamos en el patio; me hizo presentar y me explicó cómo funcionaba el taller: reglas muy claras, imprescindibles para que funcione lo que yo llamo “el método Ramos”, no sé si él habló de método,  pero yo les aseguro que lo tiene, y que sus resultados son sorprendentes, claro que para eso no es solo cuestión de método, hay que abandonar unos pedazos de tierra firme y estar dispuesto a hundirse en aguas profundas, aun sin saber nadar.

En esa casa, que terminé queriendo, con sus cosas tiradas, los platos apilados en la pileta de la cocina, o sin gas porque ya no se podía pagar, pero siempre con un calefactor eléctrico que Pablo ponía cerquita de las que somos friolentas, aprendí que hay ciertos desórdenes y caos necesarios, que eso no se contrapone a lo serio, a lo riguroso ni a la precisión. En eso Ramos es inflexible, te lleva a lo máximo de tus posibilidades, a lo mejor que podés dar; a que escribas lo que tenés que escribir, eso que uno a veces desconoce de uno mismo y él, con una capacidad increíble, escucha más allá de tus palabras.  Siempre le digo que sería un gran psicoanalista, porque sabe leer en todas las líneas del pentagrama de lo que uno dice. Sus devoluciones, las correcciones de Ramos, no terminan en el texto de la hoja A4 que todos llevamos impresa, él escuchó desde lo primero que dijiste cuando llegaste, lo que le contaste que te pasó con una amiga o con tu hijo, o una anécdota al pasar, todo forma parte de todo porque la literatura no está separada de nuestras vidas y en eso, Pablo Ramos es una de las personas más coherentes y sinceras que conozco.

Tal vez por eso, algunos no pueden atravesar ese puente inestable que cruje sobre un río de aguas peligrosas, porque contra cualquier estética, él propone y sostiene una ética.

El libro que hoy celebramos, es una clara puesta en acto de esa honestidad; de una verdad que a veces es descarnada, pero a la que Ramos no le teme. Porque Pablo Ramos no mide,  se desnuda y lo hace con el pudor de su dignidad moral, porque es aceptando lo más oscuro que nos habita que se hace posible una escritura verdadera, esa que él derrama tan visceral como poética.

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Encontré en los diarios de Abelardo Castillo unas palabras que bien podrían ser de Ramos: “No he venido al mundo para salvar a nadie, ni siquiera a mí mismo. Lo único que puedo hacer es buscar implacablemente una verdad que a veces vislumbro. Eso sí acaso le sirva a alguno”. Vaya si nos ha servido a tantos, querido Pablo; en lo que a mí respecta, el agradecimiento es infinito.

 

Irene Kleiner

Avellaneda

9/12/19

 

 

 

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Andrés Calamaro: “Poemas escritos como se improvisa el jazz”

 

La colección Aullido de Hormigas Negras suma un nuevo título a su catálogo:Amor no Roma mi amor, de Pablo Ramos. Un libro de poemas, diarios y ensayos.

Andrés Calamaro, en medio de la monumental gira de presentación de su último disco Cargar la suerte,  leyó el libro en proceso y le dedicó este inspirado texto.

 

Pablo como racimo de volcanes…

Diarios de Ramos y poemas escritos como se improvisa el jazz.

A patadas, con sinceridad y sin engañar a nadie.

Empujando el realismo sucio, el de los orines y las teclas cansadas de una máquina de escribir.

Si Pablo escribe con un lapicero, este debería hundirse en el papel hasta romperlo.

Versos escritos en la silla eléctrica.

Suicida que ama la insoportable vida y se suicida de a poco.

Para suicidarse varias veces, algo que quizás explica la existencia de la poesía.

Ramos de subsuelos siempre.

El amor y el pus del amor.

Con el rabo entre las piernas y llorando con Alejandro Lerner.

Carga con el insobornable peso de su propia vida.

Y se rompe frente al toro.

Todo Pablo es un mismo poema y una misma novela.

Solo sabe escribir otra vez lo mismo, pero nunca igual dos veces.

Quizás eso es escribir, como eso es cantar.

Dos veces en la misma red sin red.

No existe sensibilidad si no es una herida infectada.

Somos infames y nadie nos compraría un coche usado.

Amor a Roma. Diría Charlie Feilling.

Que se emborracha de ginebra y con Pablo. Todavía.

Amor o Roma, se preguntan mientras cruzan el Rubicón.

Los romanos imperiales y los palíndromos cordobeses.

En la cicuta del poeta, todos los días son el último día.

Si me dieran a elegir…

Andrés Calamaro

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Entrevista a Laura Cukierman

“Me gustan las historias de mujeres rotas o que se están por romper o que quieren destrozar algo”

La autora de Las chicas malas no transpiran habla de sus procesos creativos y el surgimiento de los personajes que desarrolla en sus cuentos.

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—¿Cómo fue tu acercamiento a la literatura? ¿Cuáles fueron los libros o los autores con los que te iniciaste? ¿A partir de qué estímulo? 

—Vengo de una familia donde había libros en todas partes; baño, mesas de luz, auto, cocina, etc. Se leía mucho y en muchos lados. Y se leía muy ecléctico y sin prejuicios: desde clásicos hasta libros de coyuntura política, historia rusa o novelas americanas.

Mi acercamiento entonces fue de una forma no dogmática y teniendo al libro como un elemento de uso habitual en mi casa. Si estás aburrido lee, si estás triste lee, si estás contento lee, para estudiar lee, para dormir lee, si tenés un viaje largo nada mejor que leer. “Nunca va a faltar plata para un libro”, decía mi papá. Y además soy nieta de una profesora de literatura española con lo cual fui creciendo siempre cerca de un libro. Empecé con infantiles de todo tipo: Álvaro Yunque, clásicos de Robin Hood, colecciones infantiles, libros rusos para chicos, porque mi papá era comunista. Me enganché con los policiales clásicos en un momento breve de la adolescencia junto con autores latinoamericanos como correspondía a hijos de padres progres. Después empecé a interesarme por los autores norteamericanos y por los cuentos específicamente. Ahí me quedé un buen rato y seguí con casi todo lo que se me ponía adelante y me llamaba un poco la atención. Básicamente es lo que me sucede hoy con los libros.

—En relación con tu propia escritura. ¿Cuándo y cómo sentiste o tuviste la necesidad o el deseo de comenzar a escribir ficción? ¿Qué encontraste en ese camino?

—No puedo especificar un momento. Me recuerdo imaginando que escribía, pensando historias. Al final de la adolescencia definí que quería ser periodista, pero además escribir ficción. Creo que también en ese momento me acerqué a autores que aun hoy me resultan muy convocantes para escribir, esos que te hacen sentir que es fácil, que todos podemos hacerlo. Aunque obviamente sea mentira.

—Los cuentos de Las chicas malas no transpiran tienen algunas características en común: las voces femeninas internas, los pensamientos incorrectos, los miedos, las fragilidades. ¿Qué nos podés comentar sobre el surgimiento de cada una de las protagonistas? ¿De dónde te llegaron esas voces? ¿Cómo fue el proceso creativo?

—Me gustan las historias de mujeres por un lado y me gustan los personajes frágiles o que se quiebran en algún momento y ver ese proceso. Me gustan las historias de mujeres rotas o que se están por romper o que quieren destrozar algo en un determinado momento. Me gusta pensar qué sucede en esas cabezas en los momentos de quiebre. Estos relatos son de mujeres porque es un universo que me interesa particularmente y que también tiene que ver con mis lecturas. Me gustan mucho las cuentistas mujeres.

Algunas de las mujeres de mis cuentos surgieron primero a partir del tema; la vejez, por ejemplo, el aborto, la doble moral, las separaciones, etc. En otras historias aparecieron primero algunas imágenes: la nena en una pileta, la nena en un auto con su madre y en otras no tengo idea bien como nacieron.

Hace poco encontré textos míos de muy chiquita, algunos a modo de diario íntimo y otros en formato relato. El cuento me sigue pareciendo un lugar hermoso, de perfección, de tiempo preciso, de economía de recursos. El cuento es el lugar en el que me siento más cómoda y que al mismo tiempo me da más vértigo.

Andrea Álvarez Mujica

Foto: Alejandra López

 

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Presentación de Mi abuelo caníbal, la segunda novela de Federico Lisica

El 21 de noviembre en Casa de la Lectura, la editorial Hormigas Negras presentó Mi abuelo caníbal, octavo título de la colección de narrativa argentina contemporánea Puro Barullo.

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El desopilante guionista Sebastián Meschengieser, uno de los primeros lectores de los borradores de Mi abuelo caníbal, compartió detalles del surgimiento de su amistad con Lisica en los tiempos de la universidad, relató las instancias de reencuentros, sus impresiones acerca de Mi abuelo caníbal y por sobre todo contagió a la audiencia con su humor fresco e ingenioso.

El poeta y periodista Gustavo Álvarez Núñez realizó un análisis comparativo, leyó breves fragmentos, ahondó sobre las metáforas del canibalismo y el estilo literario de Lisica.

Por último, Federico contó cómo fue el proceso de escritura de Mi abuelo caníbal, reveló los secretos que dispararon la historia y mostró diapositivas históricas del Sitio de Leningrado.

Luego del cierre de los expositores y la finalización de las proyecciones, cuando todos los invitados charlaban entusiasmados, las canciones que acompañaron a los personajes de Mi abuelo caníbal, en el transcurso de la historia, se escucharon como banda de sonido del evento y del brindis.Presentación del libro Mi Abuelo Caníbal

Fotos: Santiago Ernesto Perrone.

 

El nieto caníbal

Por Federico Lisica

Esta presentación nace de una falacia expuesta en la misma tapa de la novela. Su título. Los dos que llegaron a la final, cuando estaba terminando el proceso de escritura, fueron: El yaguarón de San Petersburgo y Mi abuelo caníbal y otros asuntos. Nunca lo había notado, pero ahora que escribo esto, caigo en que hay otro título más apropiado. ¿Cuál?: El nieto caníbal.

Es cierto que detrás del título final Mi abuelo caníbal, en ese pronombre posesivo —mi—; ya está presente la línea sucesoria de quién narra la historia, cuyo nombre aparece sólo en tres ocasiones puntuales y no es muy original: Federico.
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Por otra parte, en el título definitivo también aparece el tema no menor de comerse a otro sujeto, la antropofagia, a la que me referiré en unos segundos, nomás.

El nieto caníbal, decía y no El nieto del caníbal. Por una cuestión particular más allá de la preposición —de—; el canibalismo real, el de comer carne humana, entiendo que antes que terror genera incomodidad. Después viene el terror, claro. Pero primero está ese resquemor, esa cosquilla impertinente que sentimos, porque es una acción humana muy inhumana. La menos civilizada de todas. Y todos/todas, a su vez somos caníbales. Pero de una clase particular. Tranquilos, es un canibalismo metafórico. Nadie va a salir con el brazo machucado por quién tenga sentado al lado.

Somos caníbales de nuestra propia historia, de los que nos antecedieron. Nos alimentamos de esa historia, y andamos famélicos siempre, a conciencia o sin saberlo. La mordemos de a pedazos. Y nunca quedamos del todo satisfechos.

Cito a Oswald de Andrade del Manifiesto Antropófago: “Sólo la Antropofagia nos une. Socialmente. Económicamente. Filosóficamente. Única ley del mundo. Expresión enmascarada de todos los individualismos, de todos los colectivismos. De todas las religiones. De todos los tratados de paz. Tupi, or not tupi, that is the question. Contra todas las catequesis. Y contra la madre de los Gracos. Sólo me interesa lo que no es mío. Ley del hombre. Ley del antropófago”.

Oswald de Andrade fue una de las figuras claves del modernismo brasileño a comienzos del siglo XX, ese movimiento que propugnaba por una vida y un arte en comunión, y también problematizaba sobre la cuestión de hacer arte desde los márgenes, desde la periferia, como seres colonizados por Europa.

Debo confesar que todo este bagaje recién lo encontré al tipiar en Internet. Al terminar la novela. Y juro que no sé lo que son los Gracos. Pero me gustó mucho la idea de ese manifiesto. La de reconocerse como seres primitivos, de engullir lo que viene de afuera, de lo que está en la frontera, de lo que no sabemos bien si es nuestro o ajeno para intentar conformar algo parecido a la identidad.

Como escribió Gustavo Álvarez Núñez:

“¿Cuánto hay de mutación en las historias de tantos inmigrantes y refugiados que debieron mutar de piel, mutar de nombre, para tener una nueva vida, una nueva piel, un nuevo nombre, cuando llegaron a Argentina? ¿Y qué lenguaje sino el del destierro los hizo soportar sobres sus espaldas una nostalgia y un secreto inauditos? ¿Y cuánto de lo inverosímil mutará en verosímil a los oídos de los sobrevivientes?”.

Escribir es como un Tetris. Te caen figuras complicadísimas que colocás donde podés; cuando no pasa nada tenés al cosaco aburrido que te marca el tiempo y de vez en cuando te cae una palabra, frase o idea salvadora que encastra y el resto toma sentido para que puedas seguir adelante.

Escribir es como un radar. Cuando escribís tenés que tenerlo prendido. Como cuando Sebastián, aquí a mi lado, me contó la historia del zoológico de San Petersburgo y la incorporé a la historia.

Cito de la novela: “En Petersburgo hacían sopa con cola de carpintero, aserrín, y rasqueteaban los empapelados de las paredes para llenar el estómago. El único lugar respetado por los petersburgueses, paradójicamente, era el zoológico. A pesar de la escasez de comida, nunca nadie intentó asaltar las instalaciones donde habían quedado algunos ejemplares imposibles de trasladar antes del bloqueo. La residente más famosa era una hipopótama llamada Belle. Su cuidadora, Evdokia Ivanovna, iba cada jornada hasta el río Neva con un enorme barril para recoger varios litros de agua que calentaba y frotaba, junto con aceite de alcanfor, sobre la piel del animal para que ésta no se secase ni agrietase. Belle aguantaría”.

Escribir ficción es como un sonar. En esa búsqueda siempre aparece lo real —que no es necesariamente lo documentado— como uno de esos objetos más resonantes.

Pero la intención inicial fue otra. No había inmigrantes. No había siquiera canibalismo. Era mucho más escueta. Quería escribir una historia de terror en tres capítulos. Tres. Que cada relato fuese autónomo, pero tuviesen nexos entre sí. Y que cada bloque correspondiese a un género de horror:

  • Fantasmas y casa embrujada.
  • Monstruos míticos.
  • Slasher: esas en la que un psicópata (Jason, Freddy, Michael Myers o el loco de la motosierra) asedia a personas sin justificación alguna para masacrarlas. El lugar que había pensado era un hotel. El asesino era un periodista en una conferencia. La víctima un renombrado actor llamado Sam Rockwell.

Aunque algo de esos tres géneros ha quedado en la novela la biografía también metió la cola.

Sí, esta es la historia de un inmigrante soviético llamado Sergei Paltsev. Un soldado que fue caníbal durante el sitio de Leningrado. Reconvertido en inmigrante, con sus dos hijos y el narrador tratando de armar su propio rompecabezas con piezas que no son suyas y debe robarlas para hacerlas encastrar. Sobre la cuestión acerca de si la novela tiene parte de realidad… Puedo decir que traté de ser respetuoso, pero no pudoroso con mi historia.

Nikita Lisica, mi abuelo biológico, al igual que Sergei también fue considerado polaco, pero nació en Ucrania y tuvo descendencia en la Argentina. También se casó con una enfermera italiana. También le faltaban algunos dedos. Creo que algunas de las partes más terroríficas —al menos para mí— son aquellas que efectivamente pasaron. Y, por el contrario, las más verosímiles, las más tiernas y costumbristas, las que nos abrazan, me las imaginé por completo.

Volviendo a lo de la colonización cultural. Aquí hay una lista impertinente de referencias desplegadas en la novela. Así se acumulan:

  • Canciones de Creedence (traducidas al castellano como Banda Viajera o has visto la lluvia alguna vez, Orgullosa Mary) y de Iván Rebroff, cantante folklórico con un rango vocal de soprano y bajo.
  • Las revistas el Tony, Nippur de Lagash o D’Artagnan.
  • Las películas El Arlequín, Jesús de Nazareth, ambas protagonizadas por Robert Powell, y la segunda que siempre la pasaban en Pascuas
  • La revolución libertadora del 55.
  • El Colegio Mariano Acosta.
  • Skinheads del Parque Rivadavia.
  • Chuck Berry tocando en Obras.
  • El payaso Oleg Popov del circo de Moscú.
  • El bailarín Alexander Godunov. A quién conocí como uno de los malos de Duro de matar, pero resultó tener una historia más increíble que las de John McClane.
  • El trago San Martín.
  • Y el yaguarón. Mito guaraní que viajó por todo el río Paraná hasta llegar a las costas de San Nicolás.

Desordenada, yanqui, del litoral y también del Europa del Este. Así también es esta historia.

Cuando en el 2015 empecé a teclear esta novela, mi hijo José no existía. Solo en el deseo. Recién ahora entiendo lo que escribí.

“Ser padre es estar incómodo. Por momentos hasta disfrutás de esa incomodidad. Estás cómodo con esa falta. Hay algo que siempre se te va a escapar y uno no puede hacer demasiado salvo implorar que tu hijo no sufra demasiado.

—O sea yo.

—O sea vos. Cuando seas padre lo vas a comprender.

—¿Y si no quiero ser padre? —dije y se sorprendió, buscaba la respuesta en el aire.

—Vas a tener que lidiar con otras incomodidades”.

Si me preguntan si mi abuelo fue caníbal, entonces debo decir que no, o hasta donde yo sé no de carne humana en sentido literal, pero seguro que él se alimentó de las proteínas de aquello que lo antecedió, para conformar su historia, tal como luego lo hicimos mi padre y, en el futuro, lo hará mi hijo José Ignacio.

 

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Gigio & Spiker: Instrucciones para ver el sol

“Los músicos del sol son seres que abren túneles en este mundo oscuro, buscando, uniendo”

 

Un disco nuevo de Gigio González es siempre una buena noticia. Instrucciones para ver el sol acaba de salir y trae ocho canciones sutiles, voladas y adictivas. En esta entrevista Gigio cuenta algunos momentos de inspiración, da pistas sobre las ideas que subyacen en los títulos o sobrevuelan los estribillos de las canciones y trasmite el clima propicio que hubo en las tardes de encuentros y grabaciones en el Loto Azul.

—Tus discos suelen ser proyectos con amigos, esta vez te uniste a Mario Siperman (Spiker), ¿cómo te sentiste y cómo fue el proceso creativo?

—Trabajar con Mario fue genial, muy positivo en todos los aspectos. Es un músico sensible y nos complementamos bien. Desde un comienzo nos dijimos que esto era un juego, tampoco sabíamos que iba a terminar siendo un disco, la verdad. Simplemente un día llevé una canción al estudio, Eco, y luego otra y otra. Grabé la guitarra acústica y la voz y luego empezamos a darle la instrumentación que nos parecía bien en cada canción. Spiker hizo la producción, llenó todo de sonidos, pianos, teclados y ambientes preciosos.

También hizo las bases en un comienzo, que luego perfeccionaron Fernando Ricciardi en batería y Federico Ghazarossian en contrabajo y bajo. Daniel Melingo y Sergio Rotman colaboraron con ideas muy valiosas.

 

Gigio & Mario en el loto azul

 

Te diste el gusto de invitar a tus amigos a grabar, armaste una espléndida lista de músicos, ¿qué recuerdos te quedaron de esos días en el Loto Azul?

—Jugar de local en un estudio como el Loto Azul es bárbaro y, tal cual decís, fue un placer pasar las tardes con estos personajes geniales. Fueron sesiones tranquilas, dedicadas a la música, pero un día llenamos el edificio de humo. Un edificio feliz.

 

El disco empieza con Eco, una canción que va muy bien con los auriculares por las calles de San Telmo. ¿Cómo surgió? ¿Por qué elegiste a Flopa Lestani para que te acompañe en las voces?

Eco la escribí en gran parte a mi hija, que se iba de viaje, pero me gusta escribir las letras de forma abierta, que tengan varias lecturas, que sigan en acción. En cuanto a Flopa, me encanta su voz y su onda. Digamos que ella y estas canciones se juntaron solas.

 

—En el disco hay dos canciones en coautoría con Daniel Melingo, me parece que te llevás de maravillas componiendo y cantando con Melingo, ¿es así?

—Sí, Daniel es amigo y es un talento único y un maestro en su forma de hacer las cosas. Lo sigo desde los Twist. Hicimos varias canciones juntos, algunas no se conocen todavía. En Espiral y Músicos del sol colaboró también en la producción. Grabar Espiral en tiempo más ska fue idea suya. En esa canción también está Hilda Lizarazu, otra voz que embellece por donde pasa.

gigio & Mario

 

Te vas es una canción con una letra muy visual. ¿Cómo fue la situación en la que la escribiste? 

—Estaba sentado chateando con dos muchachas y para hacer la letra junté los retratos, dos situaciones que me contaban para contar la tercera historia, que es la que me interesaba en realidad. Hay veces que lo que escribís anticipa el futuro.

 

—¿Hay días en los que necesitamos Instrucciones para ver el Sol? Contame sobre esta idea. 

—No creo que las necesitemos. A veces pensamos que siguiendo las reglas estará todo en orden, pero de repente un acontecimiento lo altera todo. ¿La naturaleza sigue instrucciones o las va creando? Crear es una forma de cambiar la rotación. Incluso la tapa invita a colorear.

 

—En los Músicos del sol, hablás de una especie de cofradía o logia. ¿Quiénes son los músicos del sol? ¿Cómo te los imaginás?

—Los músicos del sol son los poetas, los músicos que vibran con la obra, es como un gremio interestelar. El sol sería nuestro interior, el chip. Los músicos del sol son seres que abren túneles en este mundo oscuro, buscando, uniendo, cantando. Van de la realidad al sueño y vuelven con un disquito. Es una idea inocente quizás, pero tiene su gracia, creo. Mi infancia está marcada por músicos como Moris, Spinetta, Manal. Un rock de contenido, con cierto mensaje que actuaba en reacción contra el oscurantismo diario, el capitalismo y su frontera, la máquina de matar, como decía Medina. Desperté en un buen día y les compuse la canción.

 

Andrea Álvarez Mujica

Fotos: Antonella Malachite

 

 

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Presentación de la novela de Damián Rovner

El sábado siete de julio, la editorial Hormigas Negras presentó, en la extraordinaria librería Dain, la novela Sí fui yo de Damián Rovner, séptimo título de la colección de narrativa argentina contemporánea Puro Barullo.

Para celebrar el lanzamiento, los músicos Daniel Tano Donamaría en piano y Pablo Viru Tirachio en guitarra, acompañaron al autor en la interpretación de sus canciones.

Otro momento destacado del evento sucedió cuando el escritor José María Brindisi, autor de Placebo y director de la revista literaria El Ansia, leyó un texto elaborado para la fecha y que se reproduce a continuación.

Los realizadores del encuentro, la editorial y el autor, contaron con la calidez y la buena onda de Endy y el aporte para la coordinación de Marisa Barossi de la librería Dain.

Foto Dain editada

 

Los  dilemas del género negro

por José María Brindisi

La ficción suele proponernos inocultables trampas, o al menos plantearnos dilemas que, justamente, muy pocas veces nos tomamos la molestia de retrucarle. Del otro lado de esa línea, en ese territorio que en ocasiones transmuta erróneamente el sinónimo de “mentira”, las fronteras de nuestra moral y de nuestro humor se vuelven infinitamente más anchas, y si no le perdonamos cualquier cosa a nuestros héroes o antihéroes de turno al menos tenemos fe en que irán a redimirse, o tomamos exagerada conciencia de que el mundo que habitan les impone reglas que no tienen más remedio que acatar. ¿Cuántas debilidades le aceptamos, por caso, a alguien como Han Solo porque es simpatiquísimo, o porque posee la inasible cualidad de que una princesa intergaláctica, más buena que la bondad misma, se enamore perdidamente de él? ¿Cuántos de nosotros invitaríamos gustosos a cenar a Michael Corleone —a Al Pacino nadie lo soportaría—, a no ser que sus lugartenientes Tessio o Clemenza nos obligaran a ello; y cuán flexibles hemos vuelto nuestras pautas de lealtad y honorabilidad para amparar sus acciones, en ese universo —el de la ficción— que funciona como una dimensión paralela pero que nunca debería ser lo opuesto de la realidad? ¿Hasta dónde nos justifica la carcajada constante que nos arrancaban George o Jerry o Elaine? Y por cierto: ¿cuánto más tolerantes hemos sido, cuán maliciosamente encantador ha resultado para muchos de nosotros —aunque no me cuente entre ellos, pero apenas por razones poéticas— el siniestro Frank Underwood, a quien hemos apañado o mejor dicho celebrado hasta el delirio, respecto del también siniestro pero mucho menos encantador Kevin Spacey?

Es cierto aquello de que el crimen no paga; pero también lo es que en géneros como el policial, o al menos en aquellos platos que no se recuestan con mansedumbre en sus esquemas de fondo y poseen algo más de condimento, al margen del cheque que el culpable termine emitiendo tarde o temprano lo más importante suele estar, como por otra parte sucede siempre en literatura, en otro lado. De esas ambivalencias morales, emocionales, y desde luego policíacas, se vale esta novela de Damián Rovner, que entre otros salpimentados corre el riesgo de confesarle al lector la culpabilidad de su protagonista desde el minuto cero y apostar entonces a que, pese a su conocida pereza y suficiencia y falta de perspectiva y casi nula capacidad para ver el bosque detrás del árbol, seguirá leyendo, por algún milagroso o acaso morboso motivo, aunque más no fuera porque Argentina quedó eliminada del Mundial y el dieciseisavo de belga o croata que persiste en sus venas no alcance para nutrir sus horas de vigilia y teñirlas de entusiasmo, o porque el tenis —atentos: puede haber final Roger-Rafa en Wimbledon— le interesa poco, o porque el porno ya le atiborró la máquina de virus, o bien porque decidió sincerarse y dejar de hacer como que tiene pendiente releer a Dostoievski. Yo no tengo muchas dudas de que ese buen hombre, o buena mujer, ese lector—lectora—Hannibal Lecter seguirá leyendo, por la razón que sea, convenciéndose de que no es ningún conejo como para que le pongan una zanahoria delante y lo inviten a seguirla estúpidamente. La zanahoria estará de todos modos, querido —permítanme la simplificación genérica— lector; la zanahoria estará ahí pero no será de un solo color, ni tendrá una sola forma, zanahoria baby o deformación rústica, sino que tocará diversas teclas, diversas notas, en algún punto, sí, reconocibles y —entonces— sensibles armonías.

Antonio Grillo, Tony Grillo, el protagonista-detective de esta novela, es alguien a quien probablemente invitaríamos a cenar, aunque más no sea porque lo más probable es que él haya olvidado la billetera, que de todos modos hubiese estado semivacía; y es también alguien a quién sin duda, con todos sus pecados a cuestas, le daríamos la espalda tranquilos. Como sucede con Marlowe, que arriesga el cuero cuando y donde no debería, pero así y todo volvería a hacerlo, la sensación que nos deja aquí Grillo es que merece nuestra confianza, no porque sea un santo sino porque puede distinguir algunas cosas esenciales, y entre ellas sabe perfectamente que el mundo está bastante mal hecho. Podemos confiar en él porque podría darnos un cross a la mandíbula, en caso de que nos ganáramos ese derecho, pero, marlowescamente —si se me permite el malabarismo idiomático—, jamás nos daría un golpe por la espalda. Es una criatura noble, Grillo, aunque se tenga que cargar a más de uno, con mucho de accidental y de pobre tipo, de grillito que canta bajo y así y todo, quizá porque el mundo no está del todo mal hecho, se le regala también a él la posibilidad de redimirse, aunque más no sea consigo mismo.

Tapa de Si, fui yo

“Lo curioso es la fidelidad con que se ciñe a sus arquetipos, y al mismo tiempo las mil y una maneras, como si con ello postergara indefinidamente su muerte, que encuentra para renovarse, para tomar aliento”

“La literatura”, escribió alguna vez Ricardo Piglia con absoluta belleza y contundencia, “evoluciona de tíos a sobrinos”. Uno no puede elegir a sus tíos, desde luego, al margen de aquella otra célebre afirmación borgeana según la cual un gran escritor engendra a sus precursores; en todo caso, se trata de un privilegio que le cabe a unos pocos, poquísimos entre los casi mortales. Lo que quería decir Piglia es que el camino es indirecto, zigzagueante, un pie dentro y otro fuera del plato de las referencias, de los modelos a veces invisibles. Y es curioso lo que sucede con un género como el policial, al que cada tanto alguien pone de moda en voz alta como si alguna vez hubiese dejado de estarlo, como si hubiese alguna razón —entre otras cosas porque el mundo todo, ay… no es Islandia—, como si hubiese alguna razón, digo, para que se extinguiese. Lo curioso es la fidelidad con que se ciñe a sus arquetipos, y al mismo tiempo las mil y una maneras, como si con ello postergara indefinidamente su muerte, que encuentra para renovarse, para tomar aliento.

Así, y siguiendo el axioma que dice que alcanza con que haya un arma para que un relato se convierta en policial, cómo no sentirnos todos los que escribimos, de uno u otro modo, sobrinos, sobrinos nietos, sobrinos de primer, segundo o tercer orden de los Chandler, los Cain, los Mc Coy, los Hammett, los Thompson. Más acá en el tiempo, puedo imaginar a Rovner, a mi viejo amigo Damián, recreándose en sus lecturas y entreverándose en un parentesco, un Frankenstein perseguido y a la vez circunstancial, con la tenaz amargura de Camilleri o de su maestro y tío Vázquez Montalbán, con las contradicciones y la sonrisa a veces rabelesiana de Fonseca, con el rigor melancólico del Mario Conde de Padura.

El mismo Rovner habla en la solapa del libro, no por casualidad, de sus lecturas policiales, esas que lo marcaron allá lejos. Y se me ocurre que pocos vínculos pueden rastrearse de ese modo tan intensamente indirecto, el de tíos y sobrinos, el de maestros y discípulos cuya interacción trasciende la literatura, que el de la lectura. No hay en la adolescencia y la juventud libros que de verdad valgan la pena si no nos cambian de uno u otro modo la vida. Yo puedo recordar claramente cómo Walsh me volvió menos estúpido, más consciente de todo; cómo Salinger me volvió más escéptico y acaso más melancólico; cómo Kerouac, a los dieciocho, cuando terminé durante una larga noche de leer En el camino codo a codo con otro amigo, cómo él me devolvió la esperanza cuando tenía buenas razones para haberla perdido, aunque me haya regalado también la angustia, y la ansiedad, y la desesperación. Y me pregunto qué lecturas, cómo se habrá entramado ese recorrido, querido Damián, allá cuando nos conocíamos pero no sabíamos que íbamos a ser amigos, allá cuando faltaba mucho para que la realidad volviera en nuestra vida en común muchas veces obsoletos o pobres los simples mecanismos de la ficción, mucho antes de la época en la que empezamos a compartir sobrinazgos, tutorías, libros, incluida la época en que esta novela pasó por mis manos y salió, me alegra comprobarlo, mucho tiempo después, no solo ilesa sino —transpiración tuya mediante— rejuvenecida, fresca como si fuese posible reinventar a cada rato un género que es más viejo que el mundo, y acaso igual de sabio.

Y ya que hablamos de aquellos tiempos, los del reencuentro y, comillas, “el comienzo de una hermosa amistad”, y ya que estamos en tiempos del bello césped inglés de Wimbledon —el Mundial se lo regalo al dieciseisavo de belga o croata o ruso que haya en ustedes, incluso les regalo mi parte de nieto de búlgaro que es casi, casi rusa—, ya que hablamos de tenis pienso, con Damián y con ustedes, me permito recordar en voz alta aquella primera cita tenística que tanto bocetamos y finalmente llevamos a cabo, en el Club Arquitectura, aquella primera vez en la que el tenis me demostró muchas cosas, entre otras por qué había que tomar clases para, como mínimo, saber caminar la cancha: ese desgarro que llegó antes de los veinte minutos, y fue un verdadero garrón, pero bien pensado acaso nos haya regalado un argumento, la punta de un ovillo en el que se desmadejan todos estos años, un argumento que podrá o no ser escrito pero que es, y que no necesita las disculpas o justificaciones de la ficción. En ese argumento, y más allá de los modos en que nos hemos entreverado, yo hice mi vida, y no viene al caso. Pero vos hiciste la tuya, Damián querido. Y entre la música y las otras doscientas cincuenta actividades u oficios que el diccionario apenas contempla, hiciste también esta novela que te siente sobrino, que te emparenta, que te divirtió escribir y a mí leer, que de seguro te llevó una y mil veces a aquellos tiempos lejanos para volver a marcarte aunque de otro modo. Y aunque uno se pelee con frecuencia con todos esos que no fue —yo por ejemplo quería ser Carl Lewis, ya lo conté unas cuantas veces—, los años enseñan a no dar batallas ridículas: el vacío es, como se sabe, infinito. No necesitabas escribir un libro para volverte un inocente y poderoso cliché: tuviste maravillosos hijos, da igual si plantaste o no algún arbolito y si lo regaste, y los libros estaban, siempre. Había libros no escritos, libros leídos, releídos, regalados, acaso alguno robado. Pero ahora tenés esta novela, que honra el género, que le devuelve algo de lo que te dio.

“Sí, fui yo”, vas a tener que repetirte cada noche, bastante después de hacerle lugar en la biblioteca. “Fui yo”. Eso vas a repetirte una y mil veces, al menos unas cuantas noches, antes de dormirte, mucho más tranquilo que el pobre Tony Grillo. Fuiste vos, sí. Y no hubo, que yo sepa, necesidad de matar a nadie.

 

 

 

 

 

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Entrevista a Damián Rovner

El autor de Sí, fui yo, avanzó en la escritura de la novela sin tener el final resuelto:“Para mí también era una incógnita el desenlace de la historia”.

 

Cuando eras adolescente te interesaste por la novela negra. ¿Qué recordás del impacto que te produjeron esos personajes, títulos o autores?

—En mi adolescencia leí sobre todo mucha ficción, ciencia ficción, literatura latinoamericana, europea y política. La novela negra la descubrí cuando una amiga me regaló El largo adiós de Chandler. Fue un antes y un después. A partir de ahí me agarró como una compulsión por los policiales. Leí de todo, tanto anteriores como posteriores a Chandler, que es una bisagra. Una novela que recuerdo que me marcó fue Buffo & Spallanzani de Fonseca. En su momento me conseguí toda la colección del Club del Misterio para leer a los clásicos (Hammett, Chase, Christie, Poe, Chesterton, Queen), que aún conservo, y además he consumido a Pérez Reverte, Sasturain, Eco, Highsmith, Onetti, Mankell, Saer, y otros. Así como hay autores que son para mí de cabecera, que he leído mucho, y también influyeron en mí como Proust, Borges, Yourcenar, Dostoievski, Shakespeare, Tolkien, Kafka o Foucault, para nombrar algunos.

 

Cómo lector de novela negra, ¿qué pensás que un autor debe darle a un aficionado al género? ¿Qué es lo fundamental? ¿intriga? ¿originalidad? ¿sorpresa? ¿clima?

—Intriga. Respecto a los otros aspectos cada lector es diferente y busca diferentes cosas en un libro. Hay lectores que se interesan más por el cuento, otros por las descripciones, y hay otros que se fascinan con la pluma en sí, como yo. Lo que no debe faltar en el género es la intriga. Luego, siempre habrá textos más o menos originales, más o menos sorpresivos, mejores o peores.

 

Personal en Usina del Arte2

 

Tu novela está contada por Antonio Grillo, un personaje que no parece compartir casi nada con vos. Nadie podría especular que es tu alter ego, ¿cómo lo construiste?

—Creo que todos los personajes que uno construye tienen algo de uno. Aunque sea aspectos mínimos que uno percibe en ciertas situaciones. Lo interesante es poner la lupa y transformar esa pequeña característica en un rasgo principal de un personaje. Al menos yo necesito empatizar con el personaje para poder desarrollarlo. También uno toma decisiones sobre ciertas cualidades personales que lo adornan un poco.

 

—¿Qué fue lo primero que surgió de esta historia? ¿Recordás qué la disparó?

—Lo primero que surgió fue el dilema que cuento en las primeras páginas, que no lo voy a contar acá pero siento que es un nudo bastante potente. Ese dilema plantea la paradoja y problemática del protagonista que lo guiará toda la novela. En este sentido fue muy interesante porque para mí también fue una incógnita cuál iba a ser el desenlace de la historia, y lo fui descubriendo a medida que avanzaba. De alguna manera iba viviendo las aventuras con Grillo con tanta incertidumbre como él.

 

—Si bien Grillo no vive días fáciles, hay muchos momentos de humor, incluso a veces, parece que Grillo logra mirarse desde afuera y reírse un poco de todo. ¿De qué forma el humor se coló en la novela? ¿Fue algo natural? ¿Lo decidiste?

—Fue algo natural porque es parte del personaje que construí, y de mí también. Desde el comienzo lo imaginé con aspectos de Woody Allen, Groucho Marx o Fontanarrosa. Me apasiona el desafío de insertar el humor en una trama sobria y de suspenso sin que se convierta en trivial. En definitiva, en la vida también sucede que el humor mete la cola en las situaciones más trágicas e inesperadas.

AAM

 

 

 

 

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Horas de rock

Acotaciones

Por Andrea Álvarez Mujica

Escribí El Atajo en el año 2010, en una tarde de inspiración y placer en la que todos los párrafos fluyeron como si me los estuvieran dictando. Los cambios que le hice, posteriormente, fueron mínimos. No tengo muchas tardes como esa, la mayoría de las veces escribo por adicción, disciplina o necesidad.

Fervor por Television es una típica crónica de show, con la lista de temas, los comentarios sobre el sonido y la actitud del público. La crónica de show es un subgénero más difícil de lo que parece, los shows son para vivirlos, bailar y tomar cerveza, contar la experiencia puede resultar insulso y hacer una crítica objetiva puede ser inapropiado. Esa primera presentación de Television en Buenos Aires fue un acontecimiento estimulante y espero haber logrado trasmitirlo.

Luca en la Trinchera es un texto espontáneo, sin filtros, lo escribí de un tirón y sin puntuación. Después agregué las comas y puntos, pero algo de ese ritmo entero con el que surgió, creo que perdura.

Escribí Defectos irresistibles en base al libro Madre, hermano, amante, de Jarvis Cocker. Disfruté de hacerlo; volver a leer el libro, escuchar las canciones y ver fragmentos de shows y documentales. Trabajar en base a un libro requiere de cierto esfuerzo intelectual, hay que reinterpretarlo, pero mantenerse relativamente dentro de lo que el libro dice, no volarse del todo.

El Fuego de Lou Reed es otro de mis textos que surgió entero y su primera versión es casi igual a la última, con mínimas modificaciones. Cuando me enteré de la muerte de Lou Reed le escribí a mi editor para proponerle la nota. Necesitaba hacer un rito de despedida, decir algo como deudo, como parte de los tocados por la pérdida. Trabajé hasta tarde y logré entregar el material esa misma noche.

Cuando empecé a escribir Historias de shows me sentí tan cómoda y feliz que pensé que podía quedarme seis meses trabajando en ese material, ampliarlo, llevarlo a ciento veinte páginas, desprenderlo de Horas de Rock y convertirlo en un material autónomo. Decidí no hacerlo, no explotarlo al máximo. La idea del texto surgió en una caminata hacia Tecnópolis con una chica y un chico que acababa de conocer. Un rato antes me había bajado en una intersección desolada y un florista me había indicado hacia dónde quedaba el predio. Luego aparecieron el chico y la chica, apurados, flacos, con sus remeras y jeans oscuros y las zapatillas sucias. Se acercaron a preguntarme el camino y juntos nos metimos en esa boca de lobo que supuestamente nos conducía hacia el escenario en el que iban a tocar primero The Libertines y luego Iggy Pop. Mientras avanzábamos en la total oscuridad, para entretenerlos, empecé a contarles historias de shows.

Pablo Martín, guitarrista de Tom Tom Club: Canciones que desafían la lógica. Cuando mi editor me propuso la nota me entusiasmé de inmediato. Aunque no conocía a Pablo, me alcanzaba con saber que era el guitarrista de TTC. El álbum DOWNTOWN ROCKERS había salido hacía poco y antes de ir a la entrevista lo estuve escuchando. Nos encontramos en El Federal y la pasamos bien. Pablo es franco y chispeante. Después descubrí todo su talento y la efervescencia creativa que le permite estar en proyectos tan distintos como los Du-Rites y Lulu Lewis.

Disfruto mucho de hacer entrevistas. En especial del trabajo de edición. Elegir una frase del entrevistado para completar el título es uno de mis momentos favoritos. Para La Vuelta de El Vértice, opté por la oración de Gigio —“Me gusta hacer de lo cotidiano algo eterno” —; porque sintetiza el poder de su poética. Gigio es un letrista excepcional. Parece tener una fuente inagotable de la cual saca melodías y versos, sin dificultad.

Los Pillos, el sonido de una época. Hice la entrevista con Yansón y Aloé un mediodía del año 14, en el primer piso del bar Biblos. Aunque no nos conocíamos fue como un encuentro de amigos, una charla sincera y reveladora. Me impactó gratamente la valorización que tienen por la amistad, el cuidado con el que abordaron el pasado y la lealtad a los ideales juveniles.

Inicié la nota Horacio Gamexane Villafañe, un guitarrista endemoniado después de ver fragmentos de un documental en el que Gamex desarrollaba ideas polémicas. Verlo en el documental me motivó. Recordé los encuentros en el jardín de Ave Porco a finales de los 90. Las conversaciones inconclusas que teníamos en ese patio entre edificios, donde nos veíamos por azar, los jueves de madrugada. Supe desde el principio que podía hacer una nota divertida, pero tomé otro camino, decidí mostrar su inquietud y su inconformismo.

Palo Pandolfo: “El arte es una batalla contra el miedo”. Hacía años que no veía a Palo. ¿Desde las presentaciones de Los Locales en La Luna, allá por los 90? ¿O la última vez había sido en este siglo, en el vestíbulo de un teatro donde hablamos sobre los hijos? Como fuera, lo encontré muy lúcido y libre y en ese rato, en el que tomamos te de rosas o de frutos rojos, se creó un clima íntimo, aunque estaba el grabador sobre la mesa y el fotógrafo de la revista esperaba en un sillón a unos metros, Palo habló como si se tratara de una conversación privada. Titulé la nota con una frase de él que dice: “Soy como un dragón que se acuesta sobre sus tesoros y los aplasta con la panza”. Envié la entrevista y en seguida mi editor me contestó pidiéndome que cambiara el título. Así es que busqué en el texto y encontré otra frase de Palo tan buena como la anterior, o más.

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Colección Velocidad de Escape

Hormigas Negras suma un nuevo título a su catálogo

HORAS DE ROCK reúne una selección de notas de la periodista y escritora Andrea Álvarez Mujica, publicadas en la revista Mavirock, entre los años 2010 y 2016. Más la crónica inédita Historias de shows. Comentarios en torno a las canciones, chispazos de bares emblemáticos y acontecimientos personales entramados con eventos de rock multitudinarios. Un recorrido construido a través de recuerdos propios, libros de otros autores y anécdotas de los entrevistados.

De forma breve o extensa, HORAS DE ROCK ofrece opiniones y relatos vinculados con la música de Television, Sumo, Pulp, Lou Reed, David Bowie, Iggy Pop, Ramones, Virus, Morrissey, Nele Karajilic, Manuel Moretti, Tom Tom Club, El Vértice, Los Pillos, Todos Tus Muertos y Palo Pandolfo, entre otros.

Sobre la motivación que la llevó a realizar esta compilación, la autora dice: “En las revistas, el periodismo se caracteriza por la suma de fragmentos, los formatos son opciones para hacer entrar una parte de algo, nunca un todo. La vigencia de los artículos suele ser temporal. La idea fue hacer una lista de notas con cierta perdurabilidad y darle al lector un rato de placer, tal como sucede cuando ponemos la música que nos gusta”.

 

 

 

 

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