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Elefantes

Sebastián Masquelet es un autor para todas las edades. Él no lo planeó y nosotros, desde Hormigas Negras, tampoco. Simplemente sucedió. Su novela y sus cuentos enamoran a personas de veinte a ochenta años. Su humor inteligente y sus citas cinéfilas conmueven a los lectores de distintas generaciones. Tanto en Viaje de disfraces, su primera novela, como en Elefantes, cuento que integra la antología Los vicios de los muertos; el humor costumbrista y lo filosófico se unen en la respiración del mismo instante.

 
Sebastian Masquelet

por Sebastián Masquelet

Hoy fui a hacer un trámite a una dependencia del Registro de la Propiedad del Automotor. Antes de que me atendiera una suerte de mutante entre el Negro Dolina y el mecánico que le cuida el coche a Seinfeld tuve que esperar más de una hora y media. Leí el diario y todos los diarios en el celular. Consulté mensajes muchas veces. Después, simplemente, consumí lo que quedaba de batería escuchando una y otra vez un viejo tema de Los Iracundos. Cuando me desperté, sobresaltado por los gritos de un hombre gordo y canoso que no paraba de repetir mi apellido, tuve la siguiente conversación:

—Buen día, vengo porque necesito una copia simple de
—Buenos días, ¿cómo está usted?
—Bien, gracias. Necesito una copia simple de la denuncia de venta de
—Dígame la patente.
—Un segundo. Creo que era… WEZ629. Sí, eso.
—Cuentemé.

—Fui a renovar la licencia y me dicen que tengo una multa por no haber hecho el grabado de autopartes, pero
—Tendría que haber hecho el grabado.
—…vendí el auto hace diecisiete años. Y la multa es de hace dos meses. Eso es lo que quería decirle.
—Entiendo. Pero el auto sigue figurando a su nombre. Es su auto.
—Figura a mi nombre pero no es mío. Ya lo vendí, le digo.
—¿Terminó el trámite? ¿Hizo la transferencia? Si hubiera hecho la transferencia no figuraría a su nombre.
—La transferencia la hace el comprador. Y se ve que no la hizo.
—Entonces sigue siendo su auto.
—¿Y qué tengo que hacer para que deje de ser mío?
—Nada. No puede.
Sentado frente al mar / mil besos yo le di / Después le dije adiós, todo termina aquí.

 

—De todas formas, animesé. Aun cuando el comprador hiciera la transferencia, siempre seguirá siendo su auto. Señor, ¿me oye?
—Eh, sí. Claro. Pero, ¿puedo tener la copia de la denuncia de venta, por favor?
—Por supuesto. ¿Qué auto es?
—Un Fiat 600.
—Nooo, señor. Los fititos no se venden.
—Bueno, este sí. Hace diecisiete años.
—¿Color?
—Rojo. Rojo óxido.
—Seguro no lo cuidaba. ¿Modelo?
—1977.
—¿Andaba lindo?
—La verdad que no. Me dejó en la calle seis veces y el seguro me cubría hasta cinco acarreos por año. Por eso lo vendí.
—Ya le dije que no se puede vender un Fiat 600, señor. ¿Tenía modificaciones? ¿Aleros? ¿Focos? ¿Caño de escape?
—Tenía un lindo estéreo con un cassette trabado que no se podía sacar. Necesito la copia de la denuncia y con eso estamos. ¿Podrá ser?
—Claro. Como usted quiera. Son trescientos diez pesos.
—¿Trescientos diez pesos por una copia simple?
—Sí, señor. Es un trámite arancelado, no se le da copia a cualquiera. Es por su seguridad.
—¿Por mi seguridad? Yo soy el titular del auto.
—Ya ve cómo es suyo. Es por su bien.
—Es ridículo. Lo vendí en setecientos pesos en el 2001 y ahora tengo que pagar trescientos para que me saquen una multa que no me corresponde. ¿Le parece?
—Trescientos diez. ¿A cuánto lo había comprado?
—Seiscientos ochenta, me acuerdo bien.
—Hizo negocio.
—No mucho. Nunca llegué ni a la esquina. Recalentaba el motor, la puerta del acompañante no funcionaba, se me abría el capó cuando aceleraba a más de cuarenta. Para arrancar a la mañana, tenía que pedirle a unos vecinos que me empujaran.
—No lo cuidaba, ¿ve?

—Una noche me dejó a unas cuadras de Primera Junta y esperé dos horas la grúa, escuchando temas de Ataque 77, que hacía diez años que habían pasado de moda. Ahí dije basta.

 

Abrázame y verás / que el mundo es de los dos / Búsquemos el ayer / que nos hizo feliz.

 

—Para continuar el trámite necesito el nombre de quién le compró el auto.
—Tiene que estar en el expediente. No lo recuerdo. Le dije que fue en el 2001, hace diecisiete…
—¡Hace diecisiete años! Ya me dijo, señor. Está obsesionado con el paso del tiempo. ¿Cuántos años tiene?
—Treinta y siete. ¿Y usted?
—Sesenta y ocho.
—Parece menos.
—Es usted muy amable.

—¿Y cuánto hace que trabaja acá?

—Desde el año setenta y dos. Con mis primeros tres sueldos junté plata y, adivine qué, me compré un fitito. Un Topolino, como le dicen en Italia.
—¿Y todavía lo tiene?
—Por supuesto, una vez que uno tiene un fitito ya no se puede desprender de él.
—Ni aunque lo venda…
—Ya se lo dije. No se venden los fititos.
—Ajá. ¿Y entonces qué se hace?
—Se acumulan, señor.
—¿Cómo dice?
—Los va juntando. Yo tengo seis. Y sé de gente que ha llegado a tener hasta quince.
—¿Y dónde los guarda?
—Eso es lo complicado. Hasta el tercero iba bien. Pero después se me empezó a hacer más difícil.
—¿Sabe cómo hacer para meter cuatro elefantes en un fitito?
—No me haga perder el tiempo, señor. Hay gente esperando.
—Disculpemé.
—Le decía que hasta el tercero iba bien, pero después se complicó. Todos podemos ser descuidados. Fijesé que el quinto lo tuve abandonado casi dos años. Lo encontré en Santa Clara del Mar y lo dejé en el taller de un amigo, camuflado entre dos 4L.
—¿El 4L tampoco se puede vender?
—¡Pero sí! Quién guarda un 4L.
—Se me hace tarde. Tengo turno con el controlador de faltas para discutir la multa.
—Ya casi terminamos. Quería contarle cómo volví de Santa Clara esa vez. Porque en el camino se me cortó el cable del acelerador y tuve que hacer todo el viaje acelerando con una piola que até al motor. ¿Sabe cómo me quedó el brazo después de cuatrocientos kilómetros?
—Me imagino.
—¿Qué se va a imaginar usted? Firme aquí, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí. Y aquí y aquí.
—¿Todas estas firmas?
—Son por su bien.
—Por mi seguridad.
—No se haga el vivo, señor. Abone en la caja y guarde bien la copia. No la vuelva a perder. Para que siempre sepa que los fititos no se venden. Siguiente.

El controlador de faltas me dijo que para sacarme la multa necesitaba el número de DNI de un tal Oscar Esquerra, el comprador del fitito. Hacelo por mí, me dieron ganas de suplicarle, pero imaginé la negativa del burócrata así que me callé. Oscar Esquerra me suena a nombre de gordo canoso que escucha Los Iracundos cada vez que recuerda cómo perdió a Susana frente al mar.

Le dije al controlador que por supuesto no tenía el dato que precisaba, pero no me prestó atención. Lo bueno es que parece que el auto sigue siendo mío.

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La vida es extraña de Andrea Álvarez Mujica

La vida es extraña es una novela realista en la que la ciencia ficción irrumpe a través de la actividad lúdica y la producción artística de los personajes. Leopoldo, un escritor y periodista de San Telmo en crisis con la profesión y con la edad, divorciado y con amores rotos presentes en su pensamiento, accede a escribir una novela de ciencia ficción por encargo. Nicanor, su hijo adolescente, explora el mundo de la fantasía futurista como fuente de entretenimiento, aventura y reflexión. Ambos transitan los tópicos característicos del género: viajes en el tiempo, naves espaciales, futuros distópicos, batallas con cierta épica y el intento por salvar la humanidad y el planeta. Entre los juegos creativos y la escritura, Leopoldo busca comprender su propia historia, y en especial, aquello que lo enlaza y separa del amor.

 

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La Caída del Jaguar en la Furia del Libro

El libro de Gonzalo León se presentó en la feria del libro de Santiago de Chile. El historiador Víctor Muñoz Tamayo leyó un texto que compartimos a continuación. Las fotos pertenecen al genial Bastián Cifuentes Araya.

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por Víctor Muñoz Tamayo

Hace algo más de un mes recibí la invitación de Gonzalo León a presentar su libro sobre el estallido social La caída del Jaguar (Hormigas Negras & La Calabaza del Diablo). El libro se editó primeramente en Argentina y habrá una reimpresión en Chile, me explicó. Agregó que le interesaba mi mirada como historiador, una entrada diferente a la del libro, que es crónica, literatura.

Yo acepté, fundamentalmente porque siempre disfruté leer sus crónicas. Fui, de hecho, uno de los viudos de La Nación Domingo cuando el diario dejó de salir. Me gustaba esa escritura en que un periodista cubría diversas situaciones, realidades, sujetos, y en ello pasaba a convertirse en un personaje dentro de las narraciones, de modo que uno terminaba siguiendo sus peripecias. No dejaba de informar, de interrogar la realidad, de desmenuzarla, su pluma aportaba en todo eso, pero había un plus, y eso era el personaje, que incomodaba, que se metía en líos, que no trabajaba sólo, sino que con un destacado fotógrafo que aprendimos a conocer también en cada relato.

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Acepté. Pero con una duda. Se me pedía opinar como historiador, y esa solicitud, para mi ante una crónica, y una crónica del estallido, no era algo fácil de identificar. Primero, porque buena parte del trabajo de los historiadores se hace leyendo crónicas. Si uno hace historia social política de los años veinte, ahí está González Vera y su libro Cuando era muchacho. Si hace historia política de los sesenta, setenta, tiene a Eugenio Lira Massi, cronista tan importante que El Mercurio, días después del golpe de estado lo puso en primera plana con el titular ¨ubicar y detener¨, pues era señalado como uno de los sujetos más peligrosos de Chile, junto con Carlos Altamirano, Luis Corvalán, Oscar Guillermo Garretón y Miguel Enríquez. Para estudiar México, cuando viví allá, me había tocado también revisar, por ejemplo Entrada libre: crónicas de la sociedad que se organiza de Carlos Monsivais, con sus relatos sobre el movimiento estudiantil de la UNAM y los efectos sociales del terremoto mexicano de septiembre de 1985. Es decir, para los historiadores, y para mí, las crónicas son, por una parte fuentes, y por otra, un aprendizaje constante. Porque el historiador sabe que su pega es narrar, y aunque no somos escritores, queremos serlo, queremos acercarnos a eso, aunque en nuestro intento llenemos los escritos con notas al pie y la infaltable bibliografía citada con abreviaturas latinas.

A la crónica uno no le exige cobertura y precisión absoluta de datos, como sí se lo pide al periodismo de investigación. Tampoco categorías de análisis debidamente referenciadas, ni nada parecido. Uno a la crónica le pide, principalmente, que emocione, que te haga sentir los momentos, las subjetividades, que permita dialogar con lo que uno piensa, y con las experiencias vividas. Uno pide reflexión y análisis, pero de esa que contienen las síntesis poéticas, ese lenguaje que extrema sus posibilidades simbólicas y las imágenes que permiten expresar en sencillo, cuestiones sumamente complejas.

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Por todo esto, mi opinión como historiador, no creo que sea tan distinta a mi opinión como lector. Y como alguien que vivió el estallido y los últimos 30 años, más que como alguien que estudiara ese estallido o los últimos 30 años. En eso, debo decir que el libro de Gonzalo León tiene los elementos que se le piden a una buena crónica con una cualidad muy particular, que es el retorno del viejo personaje de sus crónicas, pero marcado por la distancia y el tiempo que lleva viviendo en Argentina. Es un personaje que ha cambiado, que está conmocionado con lo que sucede y que se reencuentra con el Chile de hoy redescubriendo los últimos 30 años. Es la mirada de un chileno, que viene de afuera, con el fin de introducirse en su Chile, que ya no es igual al que dejó, para reconocerlo y narrarlo. No sólo se narra, también se explica. Hay lectores no chilenos a los que hay que contarles lo que fue esa imagen de jaguar de Latinoamérica, detallando este caso de ejemplo temprano y extremo de neoliberalismo absurda y mentirosamente orgulloso de si mismo.

En ese sentido Gonzalo León tiene que traducir al extranjero la particularidad chilena, un modelo socioeconómico que se ha instalado en nuestra cultura y que en las grandes diferencias con el resto del continente exige un esfuerzo mayor al intentar explicar los procesos y su enraizamiento a nivel de la cotidianidad. Porque cómo le explicamos a alguien que entiende natural que la universidad sea gratis el que para nosotros lo natural es la deuda universitaria, es más, que seguimos llamando universidades públicas a esas grandes instituciones con las que nos endeudamos, con los bancos de por medio, y por las cuales las casas de cobranza nos persiguen por varios años. No es fácil. Esa condicionante, muy bien abordada por León, hace que toda la parte de explicación y análisis de la gran mentira del Jaguar sea impecable y una tremenda síntesis, pues se construye sobre esta exigencia que implica el rol de traductor cultural que hace Gonzalo León al explicar Chile a los no chilenos, que en última instancia se ven perfecta y minuciosamente reflejados en esa explicación.

El narrador es alguien que quiere entender, que asume su distancia con el Chile que dejó, que cambió y que despertó. En eso recorre las calles, conversa con gente, vive los días de cotidianidad alterada por la represión constante y se conecta con un pueblo que vivió esos días aprendiendo a enfrentar esa represión. El autor sale a la calle y se encuentra con que los chilenos ya andamos equipados con tapabocas, gafas protectoras, agua con bicarbonato, y una actitud como si todo aquello fuera normal. Y ahí están los muchachos y muchachas con escudos, piedras y una sofisticada organización ya perfectamente internalizada. Toda esa cotidianidad es impactante por el hecho de ya haberse constituido como cotidianidad. El autor estudia para entender todo esto, no con los libros o artículos que para entonces todavía no salían, sino con videos de prensa alternativa, con las redes sociales, conversando con los otros personajes que van apareciendo y mostrándonos esa suma de subjetividades que estallan, convergen, se enfrentan, en esas semanas del último trimestre del 2019.

Y ahí está la brutalidad que nos trae de vuelta los recuerdos de la dictadura, de esa violencia de los agentes del estado que pensábamos que ya no estaba, o al menos no en el centro del país a ese grado. Porque las banderas mapuche en las marchas nos dicen, en realidad, que esa represión sí estaba, en el sur, con heridos y muertos ante una extendida indiferencia de una capital que todavía no despertaba a esa realidad. Eso tiene que ver justamente con una de las tantas preguntas del libro, por qué las banderas mapuche terminaron siendo símbolo del estallido social del país completo. Y así es como avanza el libro, con preguntas y múltiples viajes y conversaciones que se siguen en busca de respuestas.

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Entre tanto, hay vueltas al pasado que nos traen algunas viejas crónicas de León que dialogan con el presente. Acá el cronista, al modo del historiador, usa su archivo de obra personal para traer luces que iluminen esta idea de que no eran treinta pesos sino treinta años. Y el país ha cambiado, las marchas han cambiado, Santiago ha cambiado, y quizás sólo Piñera aparece tan terriblemente igual, como si no hubiera aprendido nada, y lo que es peor, como si nosotros no hubiéramos aprendido nada, porque el tipo retornó al poder siendo hoy el mismo que ayer, pero recargado con balas, balines y una policía criminal a la que dio toda la confianza una y otra vez. Si hay un personaje en que el libro se detiene varias veces para ir armando un perfil detallado, ese es el actual presidente de Chile. León dice cosas sobre Piñera como las siguientes: ¨está convencido de que aún los que no trabajan para él, trabajan para él¨, ¨Piñera no cree en el ridículo, por eso ha caído tantas veces en él¨, o ¨Piñera ha sido el último en darse cuenta de que el jaguar ya no es jaguar o de que estaba extinto¨ y si se me permite un último spoiler, esta tremenda síntesis sobre la personalidad del presidente:

¨Recuerdo que durante su primer gobierno le gustaba en sus intervenciones públicas hacer citas históricas y siempre erraba, es decir entendía que un presidente dialogaba con la historia y él quería hacer eso, y lo hacía en base al desconocimiento y no le importaba. Hasta en eso aparentaba, hasta en eso ostentaba, del conocimiento que no tenía. Y la gente —esto hay que decirlo— se burlaba de él, y eso tampoco le importaba.¨

Esa cita me recordó todas las veces que vi a Piñera citando un poema falsamente atribuido a Borges, poema bastante malo, por cierto. Varias veces lo corrigieron y Piñera respondía simplemente ¨no importa que no sea de Borges¨. Eso, no importa. La verdad no importa, sólo el efecto. El ostentar, de todo, hasta de lo que no se tiene, hasta de lo falso. Piñera da risa, da rabia, y da impotencia. El autor siente esa impotencia y la proyecta. Hay relatos terribles de la represión, del drama de todas las personas que la policía dejó tuertas o ciegas, del dolor de una generación que luchó contra la dictadura, que comprendió que la transición pactada dejaba muchas cosas sin resolver pero que pensó, que en materia de derechos humanos había cosas que no volveríamos a vivir, pero que las vivimos nuevamente. Y ante eso, el millonario paranoico, mentiroso y ególatra que tenemos a la cabeza del país aparece como el principal responsable. Se trata, sin duda, de un libro profunda y humanamente anti piñerista. A mi juicio, sensatamente anti piñerista.

El libro nos deja con preguntas que todos nos hemos hecho y discutido en estos meses, y acá el autor es una voz que dialoga con sujetos y realidades que formaron parte de todo lo que converge el 2019: los estudiantes, las feministas, la lucha mapuche como referente, las asambleas de cuanta particularidad habita Santiago incluyendo escritores, algunos comprometidos y otros honestamente asustados de lo que podían perder. Porque el estallido nos trajo brutalmente la imagen de la lucha de clases, donde hay grupos que se asustan por la incertidumbre y otros que expresan, en los hechos, que en realidad no tienen nada que perder. Y en el mundo de los escritores, como en el resto de los oficios, hay de todo. Creo que a todos nos pasó, enfrentarnos a ese colega con el que pensábamos que teníamos algunas diferencias, hasta que el 2019 esas diferencias de pronto fueron un abismo, ese abismo que separa los que se preocupan por los muertos y heridos de aquellos que prefieren condolerse por una estatua derribada.

La crónica de León tiene estos componentes que inevitablemente nos hacen vivir nuevamente la experiencia de estos días que marcan un antes y un después en el país y en nosotros. Mi crítica de historiador, porque eso se me pidió, es que es un libro bello, terrible y nuestro, que habla de nosotros, de lo que nos pasó, del jaguar que nunca fuimos y de los deseos ya incontrolables de ser parte de la construcción de nuestra propia historia.

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Por último, decir que cuando vi los juicios y percepciones que el libro recoge en torno a la evaluación del estallido, tendí a creer que probablemente yo tenga una mirada algo más optimista que la de Gonzalo. Y acá quizás hay algo de una mirada de historiador, pero fundamentalmente de historiador político que valora los movimientos sociales pero también la relevancia de construir institucionalidad. Me parece que la revuelta tuvo un éxito de tremenda trascendencia que fue la posibilidad de botar la constitución de 1980, cuestión inimaginable en otro escenario. Y botar una constitución, para hacer otra, es algo más relevante que botar un presidente. Porque que llegara un helicóptero y sacara a Piñera en medio de la revuelta (imagen muy Argentina, por cierto) no garantizaba nada, menos con una oposición desarticulada. No sé si seré demasiado chileno institucionalista en mis apreciaciones, pero creo que más relevante que el ¨que se vayan todos¨ es la claridad de quién se queda, quién genera institucionalidad y mete mano al orden social, para cambiarlo apuntando a la justicia social, o para salvarlo con toda su carga de inequidades. Esto último todavía está en juego, pero creo que con la derrota del Rechazo en el último plebiscito, hubo un éxito de las demandas transformadoras del estallido y una derrota de las fuerzas conservadoras.

Pero estas son las cuestiones que quedan para después de la lectura: la conversación, un debate público y cotidiano que acumule todas las enseñanzas que nos deja esta intensa historia que Gonzalo León nos trae como sonidos múltiples, en una polifonía del estallido interpretada magistralmente por un chileno que viene y va cruzando los Andes, como una composición que suena triste, violenta, bella, pero, sobre todo, muy nuestra. Gracias León por mostrarnos al Jaguar en su caída libre. Nuestro jaguar perdido, que en realidad nunca existió.

 

 

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La nave de la memoria

La caída del jaguar. Crónica del estallido social en Chile (Hormigas Negras, 2020), de Gonzalo León, está prologado por Horacio González, un lector sobresaliente con una pluma genial. Compartimos a continuación los dos primeros párrafos del texto.

Por Horacio González

Un cronista que vive en un país y viaja a otro corre el riesgo de que en lo que escriba se le escapen cuestiones, detalles o significados que solo con las claves de la procedencia vernácula podrían describirse. Gonzalo León es ese cronista que viaja a otros países, pero ese país es Chile. Viaja desde Buenos Aires. Y Chile es su país. De modo que en este recuento magnífico de los hechos que condujeron a la revuelta estudiantil y popular contra los Carabineros y el gobierno de Piñera, hay un literato, periodista y poeta chileno que vive en Buenos Aires, que al volver a su país se encuentra con dos extranjerías específicas. Suyas, propias de un chileno. Por lo tanto, es también una forma de interiorizarse otra vez, y mucho más. Pues antes de su viaje a la Argentina, en sus estudios universitarios en Valparaíso, había conocido y participado del movimiento estudiantil. Luego como cronista del diario La Nación de Chile, había tenido oportunidad de entrevistar a Piñera en un viaje en automóvil, en el momento de su primera campaña electoral, y el resultado de este escrito nos entrega una gran vivacidad irónica en sus formas y una profunda comprensión del tejido moral tan autosuficiente como trivial de este personaje. Frases premoldeadas, sonrisas entablilladas, el clima ambiguo de los guardaespaldas. ¿Protegen o amenazan? La atmósfera viscosa, captada perfectamente.

Gonzalo León pertenece a una escuela de cronistería —llamémosla así—, que de cualquier paisaje calmo, confrontación violenta o momento de peligro, nunca abandona un ejercicio de intercalación y ruptura de los tiempos del relato, que lejos de perturbar un hilo conductor que nos lleva directo a los hechos, lo profundiza de un modo en que de repente nos encontramos dentro de ellos. Las opciones para producir ese efecto de probable lejanía que nos introduce más en el corazón de las tinieblas se basan en poner en vilo a su propia conciencia, que siempre reflexiona sobre sí misma como si buscara respirar gases lacrimógenos continuamente para ser más lúcida. El relato se sostiene entonces en una primera persona, tanto más cercana a los hechos cuanto más recibe en sus ojos la asfixia que se respira. Pero junto a estímulos sensoriales primeros, hallamos otra línea de escritura. Complementaria, que es la de mantener un relato casi objetivo, un poco extrañado de acontecimientos tan trágicos, por el hecho de que entremedio florecen las observaciones sobre su vida personal, el encuentro con antiguos amigos, juicios sobre reuniones literarias donde se comentan los hechos que sacuden la ciudad, pero no sin que escritores reconocidos eviten deponer su interés en defender el lugar social que ocupan como intelectuales, antes que entregarse a las grávidas solicitaciones de la revuelta.

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Edición chilena de La caída del Jaguar

Gracias al convenio de coedición que Editorial Hormigas Negras llegó con Libros La Calabaza del Diablo La caída del Jaguar: crónica del estallido social en Chile, de Gonzalo León, tendrá una edición en el país trasandino, la cual empezará a circular durante los primeros días de diciembre. Según lo acordado por ambas editoriales, la edición será exactamente igual a la publicada en Argentina, sólo que impresa y editada en Chile. De este modo se mantiene el diseño hecho por Valeria Seoane, la fotografía de tapa de Bastián Cifuentes Araya y el prólogo de Horacio González.

El libro estará disponible, en el canal de venta de Libros La Calabaza del Diablo, en su IG @libroslacalabaza y en su tienda. Para quienes opten por pedirlo al canal de venta podrán acceder a recibirlo en su domicilio. Queda aclarar que por el momento el libro no tendrá versión digital.

La presentación de La caída del Jaguar será el domingo 20 de diciembre, a las 18:30 horas, en el marco de la Furia del Libro, la mayor feria independiente del vecino país, y podrá verse de manera digital. En la ocasión participarán el historiador Víctor Muñoz, el autor del libro Gonzalo León y el fotógrafo Bastián Cifuentes Araya.

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El Pozo

Este extraordinario cuento pertenece al libro El primer campeón del mundo, de Sebastián Ronchetti, publicado por Hormigas Negras en marzo de 2020. Con la prosa de un Hemingway bonaerense, el autor cuenta una historia de iniciación, aventura, suspenso y ternura. Algunas pinceladas sobre la misteriosa lógica de los mayores y un trasfondo sociopolítico resquebrajado.

por Sebastián Ronchetti

1

Era el mediodía y el barrio a esa hora estaba desierto. Habíamos decidido buscar el escondite que Ojeda tenía debajo de las vías del Roca.

—Si mi viejo llega a enterarse nos mata —dijo Cury.

Caminamos los dos atrás del Chueco porque siempre andábamos así, siguiéndole los pasos, aunque caminara torcido.   Bordeamos los monoblocks por la calle que llamábamos Ruta 2 y salimos a la esquina de Alsina y Cordero. Mientras pasábamos por la cancha de Independiente, paramos un rato bajo la galería de la tribuna alta y tomamos agua de un pico que había en el piso debajo de una tapa de Obras Sanitarias. También nos mojamos la cabeza y la cara. El sol estaba inaguantable.

Antes de seguir, Cury, que era de Racing, como yo, se bajó la bragueta y meó las boleterías de la Doble Visera gritando que todos los del rojo eran putos.

—Puto sos vos, mufa —contestó el Chueco enseguida y le tiró una piña que a mí me pareció en joda pero que a Cury no le gustó. Me di cuenta de que podían agarrarse en serio y me metí.

—No sean boludos —les grité.

Seguimos camino hasta el final de la calle donde había un portón que nos llevaba a los terrenos del ferrocarril. La puerta estaba abierta. El descampado era enorme. Apenas pasamos vimos la casa de madera abandonada y dijimos que otro día íbamos a volver a explorarla pero que no debíamos desviarnos del plan. La bocina del tren que pasó hacía la estación Avellaneda nos impulsó a correr. Las primeras vías eran las del tren de carga, donde había vagones parados. Algunos estaban llenos de sal gruesa y la mayoría de girasol. El Chueco me pidió que le hiciera pata, se subió al que tenía pipas y nos dio un puñado a cada uno.

—Sigamos —dijo.

Caminamos hasta el terraplén, subimos la barranca y empezamos a buscar a lo largo de la vía. No sabíamos cuanto tiempo teníamos antes de que pasara de nuevo el tren y tratamos de apurarnos. Cury buscó en una parte donde los yuyos y las cañas estaban muy crecidos. Con el Chueco fuimos para el lado de los Siete Puentes.

Al rato Cury nos llamó.

—Miren —dijo y señaló un lugar donde había muchas piedras entre los durmientes. Empezamos a sacarlas y encontramos debajo unas maderas que las sostenían. Cuando casi habíamos terminado de removerlas no supimos que hacer.

—¿Y ahora qué? —preguntó Cury que siempre esperaba la orden del Chueco.

—Entramos —dijo.

Sacó la última tabla y dejó el pozo al descubierto. Era profundo, pero no muy ancho, un poco menos que el ancho de la vía. Lo que sí era bastante largo: ocupaba la distancia entre cuatro durmientes. Había lugar suficiente para los tres. Para mí era más grande que el baño de casa y eso que mamá siempre decía que teníamos un baño enorme.

Apenas entramos, nos juntamos y nos dimos un abrazo como hacen los equipos antes de salir a la cancha. Cury y yo nos sentamos cada uno en una punta, enfrentados y el Chueco se acostó en el medio del pozo y puso las manos atrás de la cabeza.

—Desde acá voy a verlo bien —dijo.

Después de unos minutos me quería ir, recién ahí adentro comprendí que nos iba a pasar el tren por arriba, pero traté de bancármela y no dije nada. El tiempo no pasaba más, me comí los girasoles que tenía en el bolsillo, pero apenas podía tragar.

Calculaba la distancia entre mi cara y el riel y pensaba a qué velocidad vendría el tren, si haría chispas, si produciría calor, si arrastraría las piedras.

—Tengo una petaca —dijo el Chueco. Sacó la botella de adentro de una de sus medias.

Yo solo había tomado vino alguna vez, pero igual acepté, “8 Hermanos” decía la etiqueta, me pareció un asco, aunque sentí que resucitaba. Ellos tomaron sin pestañear.

—¿Viene muy rápido? —pregunté.

–A los pedos —contestó Cury.

—No seas boludo, que se la va a tomar toda —se rió el Chueco.

Después hablaron de fútbol, del descenso de Racing; hablaron de Analía, la hermana de Tato, que para Cury era un camión; también de Alfonsín y de Herminio, al que, según dijo el Chueco, le faltaba un huevo y la mitad del otro. Yo los escuchaba, mientras hundía las uñas en la tierra y escarbaba. Era una forma de pasar el tiempo y tranquilizarme. Pero duró poco. Lo de tranquilizarme digo. Apenas unos minutos, hasta que toqué algo sólido, rígido que no era una piedra, de eso estaba seguro. Saqué un poco más de tierra y sentí en mis dedos lo que claramente era una bolsa de nylon.

 

Los pibes seguían en otra. Sacaron la segunda petaca, era licor de chocolate. Me gustó un poco más.

—¿Para qué tiene tu papá un escondite? —le pregunté de repente a Cury, animado por el alcohol, mientras pensaba si debía compartir mi hallazgo.

Pero no hubo tiempo. Cury me iba a contestar cuando comenzamos a sentir la vibración y, en un instante, el ruido era ensordecedor. El tren venía a toda velocidad. La tierra se nos metía en los ojos. Las piedras repiqueteaban en las vías. Los durmientes se movían y las ruedas golpeaban al pasar por el pozo y era como si pegaran en nuestras cabezas. Durante unos segundos pensé que estaba en el mismísimo infierno.

Pero al fin el ruido empezó a menguar. El tren ya había pasado por arriba nuestro. Los pibes salieron gritando y comenzaron a tirarle piedras a la formación que se alejaba. Yo me asomé entre los durmientes para ver el último vagón que iba camino a Sarandí, pero me quedé un poco más en el pozo, todavía me duraba la conmoción, me tiré en el piso y traté de tranquilizarme.

Apenas había recuperado la respiración cuando reconocí la voz de Ojeda

—¡Qué carajo hacen acá! —gritó, parado sobre una vía.

No sé cómo supo que estábamos ahí, pero el viejo nos encontró.

—Dejen todo como estaba —dijo.

Agarramos las tablas y las piedras y dejamos el pozo como antes. Cury estaba rojo. El Chueco empezó a silbar. Yo me guardé una de las piedras engrasadas en el bolsillo. Bajamos el terraplén y caminamos hacia el barrio.

Los pibes se adelantaron. Antes de llegar, lo alcancé a Ojeda y le pedí que no le contara nada a mis padres.

—Por favor —le insistí.

Lo miré y abrí la boca como para volver a hablar, estaba pensando en lo que escondía en el pozo, en preguntarle, pero no pude decir palabra, creo que en esos segundos mi cara me delató. Ojeda no dijo nada y siguió caminando en silencio hasta el monoblock. Con los pibes ni nos despedimos. Yo subí rápido los dos pisos hasta mi casa. Entré, me tiré en la cama, miré la piedra, la acerqué a mi nariz y respiré hondo.

La escuché llegar a mamá. Me apuré a guardar la piedra en mi cajón y hundí la cabeza en la almohada.

 

 2

Tardé unos días en aparecer, pero en algún momento iba a tener que bajar, eso lo sabía, acababan de terminar las clases y no me iba quedar todo diciembre, ni todo el verano encerrado en el departamento. Estaba asustado, pero sobre todo no quería cruzarme con Ojeda. Lo que nunca pensé es que apenas bajara lo iba a ver y menos que me iba a decir lo que me dijo.

—Nosotros tenemos un secreto —dijo y siguió mirando para afuera por una de las ventanas del palier.

Me habré puesto pálido porque enseguida cambió el tono.

—No te preocupes.

—¿No le va a decir a mis viejos?

—No, no es eso.

—¿Qué dice Ojeda?

—Al pozo no vas a ir más solo, ya lo juraste.

—Sí, claro.

—Confío en vos.

—¿Me puedo ir entonces?

—Es por lo otro Juan.

Nunca me había llamado por mi nombre, siempre me decía pichón o cuando me veía con mamá, me decía jefecito, pero nunca Juan.

—Los secretos tienen reglas.

—Yo no hice nada, se lo juro.

—No jures más que pareces un cura.

—¿Qué dice Ojeda? —repetí—. Me está mareando.

—Vas a venir conmigo al pozo, eso digo.

—¿Quiere que devuelva la piedra?

—¡Dejá de hacerte el boludo!

Era verdad, me estaba haciendo el boludo, pero no me había dado cuenta, era mi cabeza, digamos, la que se estaba haciendo la boluda, porque en ningún momento, hasta ese instante pensé en la bolsa que había descubierto en el pozo.

—¿Ahora le parece? —le pregunté.

—¿Ahora qué?

—¿Ahora quiere que vayamos?

—Sí, eso había pensado.

Salimos por la puerta de atrás del palier, la que daba a la playa de estacionamiento para que no nos viera nadie, en realidad, para que no nos vieran Cury y el Chueco que estaban jugando adelante.

—¿Estás apurado?

—No, para nada.

—Aflojá, entonces.

Creo que de los nervios había salido casi corriendo y además Ojeda caminaba despacio, nunca le había prestado demasiada atención, pero parecía más viejo de lo que realmente era. Aunque no debía ser mucho más grande que papá, todo parecía costarle el doble.

Caminamos en silencio hasta el portón que divide el barrio de las vías. Ojeda parecía estar juntando fuerzas para hablar.

 

—¿Sabés que trabajo en el tren, no?

—Sí, me contó Cury.

—Soy maquinista. Es difícil, hace ya unos años que me mandaron al tren de carga. Pero antes llevaba pasajeros, el tren es muy grande y viaja mucha gente, y uno es responsable por la gente.

A Ojeda se la quebró la voz en la última frase y me dio vergüenza mirarlo.

—De eso se trata, entendés, Juan, de la responsabilidad.

Le dije que sí, aunque no entendí del todo a que se refería.   Volvió a quedarse callado. Llegamos al pozo.

Me dijo que baje primero y me dio la mano para ayudarme.

—Este pozo ya no hace falta, se terminó.

Ojeda me señalo el lugar donde me había sentado con los pibes el otro día. Me debo haber puesto colorado, porque no necesitó aclararme nada.

—Sacala dale.

—¿Le parece?

—Sí, dale

Tiré del nudo de la bolsa pero no pude ni moverla. Ojeda se levantó. La cara le había cambiado, estaba sonriendo. Entre los dos terminamos de desenterrar la bolsa. Me pidió que la abriera. Estaba llena de libros y de revistas.

Empezó a sacar. Había de todo. Algunos yo los conocía de la biblioteca de casa, pero otros ni los había escuchado nombrar y eso que a mí me gustaba mucho leer. Ojeda estaba entusiasmado.

—Los guardé acá, era peligroso tenerlos en casa, pero no los iba a quemar. Hay cosas de otros compañeros también. Uno se siente responsable por los compañeros —dijo y ahora sí me animé a mirarlo.

 

—Tu papá me dijo un día que él no iba a quemar los libros, ni a esconderlos. Tuvo suerte. Ahora se terminó, pero igual no hay que hacer boludeces. Las cosas van a quedar acá, por el momento, pero quiero que algunos los tengas vos. A mi hijo no le importan.

No entendía por qué a mí, por qué me quería dar esos libros tan importantes, por qué me confiaba su secreto.

—Vamos a tener algunas reglas. Te vas a ir llevando los libros de a uno o de a dos y a medida que los vas leyendo venimos a buscar más, podés elegir o yo te aconsejo.

—Prefiero elegir —le dije.

—Como quieras, pero la regla más importante es que por ahora nadie, ni siquiera mi hijo debe saber de esto.

Le dije que no le iba a fallar. Sonó raro escucharme, pero me parecieron las palabras justas para ese momento. Me sentí orgulloso.

Elegí dos libros. Por los títulos pensé que iban a ser los más divertidos, El juguete rabioso fue el primero y Mascaró, el cazador americano, el segundo.

 

—Seguro son de superhéroes.

—Ya veremos. Tu mamá me contó que leés muy rápido.

—Pero ella no me cree y me pide que le cuente.

—Entonces, cuando termines me vas a contar.

—No sea así Ojeda —le dije.

Salimos del pozo y lo volvimos a tapar. Me puse los libros abajo de la remera y los ajusté con el elástico del pantalón. Me resultó obvio que no podía llegar al monoblock con los libros en la mano.

No sé si me pareció a mí, pero la vuelta la hicimos más rápido. Estaba ansioso por llegar y Ojeda no me pidió que fuera más lento.

En el camino hablamos de fútbol. También era de Racing, como yo, pero no estaba triste por el descenso, me dijo que no me preocupe, que las cosas a veces pasan por una razón.

—No nos derrotaron— me dijo— ya vas a ver.

En la puerta del monoblock nos despedimos, Ojeda se quedó abajo y yo subí, feliz, guardando bajo mi remera, aquellos libros y aquel secreto.

 

 

 

 

 

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El ojo que lo observa todo

Hormigas Negras acaba de publicar El ojo, segundo libro de Damián Rovner constituido por diecinueve relatos en su mayoría fantásticos. En este cuento, el autor propone un viaje de sumersión y ampliación del campo perceptivo.  ¿Qué pasaría si en vez de contemplar una obra de arte pudiéramos entrar en ella?

 

por Damián Rovner

Hay un ojo que lo observa todo. Al barco que vuela, al toro equilibrista, a la puerta misteriosa, al dragón alado, a las formas del infinito y a mí. Es un ojo gigante y profundo que observa los trescientos sesenta grados del espacio y se mantiene suspendido en el aire. No está conectado a ningún órgano de ningún cuerpo e igualmente tiene todas las cualidades de un ojo. Es un ente autónomo y autosuficiente que registra dentro de sí las imágenes de los rincones más remotos y de la historia conocida y por conocer.

Aunque creo estar afuera, soy parte de aquella constelación y me siento observado. Su mirada es inquietante y los estímulos sensoriales desbordantes. Por momentos dudo de si las coloridas figuras que lo rodean son reales. Floto absorto sobre un mullido vacío negro entre visiones que intento comprender como señales ineludibles para mi vida.

Hay un toro de múltiples tonalidades haciendo equilibrio sobre una pequeña pelota, señal del gran poder y ambición de la bestia que, a pesar de su tamaño y tosquedad, logra mantenerse en armonía sobre un objeto minúsculo demostrando que todo es posible, que no hay proeza irrealizable. O acaso represente la vulnerabilidad de un ser fuerte y vigoroso, aparentemente invencible, que en cualquier momento puede caer de bruces y estropearse contra el piso, simbolizando la fragilidad que amenaza cada acto. El toro posee un cuerpo colosal, cuadrado, una cabeza diminuta y lleva un hermoso traje de colores pastel naranja, azul y amarillo, acorde a la dimensión de su espectáculo. Me mira desafiante haciéndome sentir que allí el extraño soy yo. Trato de dirigirme hacia él pero da vuelta la cabeza y continúa ostentando sus habilidades de equilibrista con orgullo. Una platea de cabezas de diminutos toros, en la penumbra, disfruta y festeja sus piruetas.

Mi mente vuela como un trompo en el vacío. Allí cerca, una escalera conduce a una puerta que invita a abrirla. Puede ser que encuentre los recuerdos de la memoria del ojo, de épocas antiguas; puede que esté preservando ahí sus tesoros más celosos y sagrados, sus vivencias más íntimas y secretas. Pero también es posible que esa puerta esté protegiendo los recuerdos del futuro, que nos esté resguardando del vértigo que nos provocaría descubrir aunque sea una ínfima porción de nuestro destino. La tentación es grande pero decido contenerme. Abrir esa puerta sería adentrarme en un mundo desconocido y peligroso. ¿Podría soportar descubrir mi propio futuro?, ¿y si encontrase que nunca existí?

Un barco surca los mares invisibles timoneado por una oropéndola orgullosa de su suave plumaje amarillo. Junto a su séquito de aves, desfilan exhibiendo banderas y trofeos y entonando décimas referidas a sus aventuras. Los cantos de los pájaros se asemejan a una orquesta sinfónica en su máximo clímax. El barco navega conectando las historias y transportando noticias del ojo.

Estoy rodeado de deslumbrantes figuras y cada una me abre una puerta hacia un nuevo relato. Objetos absurdos, coloridas construcciones y animales exóticos; todas esparcidas y suspendidas alrededor del ojo que todo lo observa.

Giro asustado y me detengo admirado por un dragón con una serpiente tatuada sobre su torso. Una estrella fugaz triangular se eleva sobre su cuerpo. El dragón es imponente y señorial y viste con orgullo sus atuendos bordados con lienzos de diferentes diseños. A su alrededor, cintas de colores surcan la oscuridad, cual fuegos de artificio, en señal de festejo. Hubiese afirmado que los dragones eran creaciones fantásticas, ¿cómo podía el ojo recordar y reflejar algo que nunca existió? Aunque perfectamente podría ser el recuerdo de una fábula leída en un libro, dado que los libros también construyen realidades. Yo mismo puedo ser el personaje de un cuento. O, sin ir más lejos, puedo ser solo un personaje de este libro y no existir en la realidad. Acaso tanto el lector como yo seamos creaciones del gran ojo que lo observa todo. Incluso tal vez no seamos más que recuerdos del ojo, objetos de su memoria y flotemos a su alrededor completando la obra. Aunque lo más probables es que el ojo, sus recuerdos, vos y yo, no seamos otra cosa que parte del universo que está observando otro ojo desde otra dimensión.

Suena un timbre y, como en un fantástico sueño, me abro paso entre las imágenes, el toro, el barco, la puerta, el dragón, los tatuajes y entro al gran salón de las comidas. Al mediodía todos los internos debemos dirigimos al comedor. Cuando entro, siempre me dicen que un ojo me está observando y que no cometa ninguna locura.

 

Inspirado en el cuadro de Kandinsky “En torno al círculo”, 1940

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El atajo

Escribí El Atajo en el año 2010, en una tarde de inspiración y placer en la que todos los párrafos fluyeron como si me los estuvieran dictando. Los cambios que le hice, posteriormente, fueron mínimos. Es un texto que destaca la complicidad de de los lectores y el amor por los libros.

 

a Gonzalo Maurenza

Cuando vamos en el colectivo y descubrimos a alguien que lee, es usual que nos estiremos para ver la tapa del libro y así saber de qué autor se trata, son más las veces en que esa información desvanece la expectativa, aquel pasajero lee algo a la moda que no nos interesa ni representa nada para nosotros, otras veces sentimos un alivio al comprobar que se trata de un gran libro. ¡Quién sabe el porqué de esta intromisión en la lectura que realiza ese desconocido con el que no tenemos ningún interés por hablar ni tampoco ofrecerle ningún tipo de seña cómplice y, sin embargo, de forma irracional, parece beneficiarnos con su presencia por estar leyendo algo interesante! Algo cambia, el colectivo continúa siendo una cápsula infernal, ruidosa, llena de oficinistas con sus tacos aguja o sus trajes grises iguales a otros trajes grises y sus corbatas diferenciadas en el sentido hacia donde van las rayas; nada cambia, los estudiantes continúan hablando durante cuarenta cuadras sobre la cursada del día, algunos pasajeros silenciosos, resignados a perder ese tiempo en el transporte público, parecen al menos aprovechar el hecho de que nada se espera de ellos por este rato, miran las pegatinas, las ramas de los árboles que rozan el colectivo; otros, otras, tienen que ocupar su tiempo, sacarle algo al momento, escriben mensajes con seriedad como si estuvieran enviando datos secretos para salvar multitudes de algún tipo de catástrofe o hablan en forma incesante, a viva voz, sobre la altura de la avenida, cuánto más se demorarán en el viaje, delante de qué edificio están pasando. Algo cambia y nada cambia, algunos, ausentes del entorno, con sus auriculares alrededor del cráneo, sonríen, no oyen música, siguen los chistes de un locutor radial que aprendió a hablar más rápido de lo que puede pensar. Y en el entorno del colectivo, más colectivos y coches, camiones, taxis, todos atascados en la avenida. Puteadas. Bocinas. Es el día en la ciudad. La importancia de llegar, de ir, de estar, de cumplir, la obligación de presentarse a tiempo y alguien leyendo un gran párrafo, un abismo, un poco de oxígeno, un momento del tiempo fuera del tiempo.

El párrafo que alguien destacó para volver a leer, para leérselo a otro. El párrafo que encierra el secreto del momento anterior a ser, el momento previo de vacío, la pared de piedra invisible que el escritor absorbió primero con calma, luego con angustia; caminó por la habitación, se detuvo, acomodó sus anteojos, mordió sus uñas, intentó forzar la espera, quiso agregarle algo intangible a esa aparente pasividad. Las copas de los árboles se mecieron de forma suave por la brisa otoñal. Los niños gritaron en el parque, lejanos, jugando felices. Los pajarracos chillaron de un lado a otro y un camión destartalado se hundió en la cuneta, sacudió sus piezas flojas que resonaron. Fue el final de la tarde. El escritor dejó de sentirse incómodo porque en su mente, el párrafo se había armado. Volvió a su mesa de trabajo y se sentó.

¿Cómo te llamás? ¿Qué música escuchás? Esas eran las preguntas iniciales que nos hacían los varones en la pubertad. Solíamos reírnos porque todos empezaban igual. Sin embargo, no era un mal comienzo, la respuesta a la segunda pregunta abría el diálogo y definía los momentos siguientes. Podíamos desechar personas o sentir que éramos incomprendidos cuando la lista de bandas y discos favoritos no coincidía. Pensábamos que era indispensable compartir la emoción por las mismas canciones para poder entendernos en otras áreas de la vida y en la percepción conceptual de asuntos filosóficos o sociales. Avanzábamos a pura intuición en el dibujo de ese mapa abstracto que contenía una isla sin nombre, donde llevábamos los tesoros encontrados.

¿Con menos prejuicios que en la pubertad? ¿Con la misma intensidad que en la adolescencia? Seguimos escuchando rock y la música continúa siendo un alimento espiritual y un nexo emotivo. Nos ponemos las zapatillas para ir a los estadios, a los encuentros multitudinarios motivados por una banda de rock, tal como hacíamos a los catorce años. Memorizamos espontáneamente las fechas de lanzamientos de discos. Guardamos en el cajón de la mesa de luz o adentro de un libro preferido, la entrada del próximo show. Buscamos las canciones que nos conmueven, que hacen más livianos nuestros pasos por la ciudad. Nos enamoramos de un álbum que ponemos tres veces por la mañana y dos por la tarde hasta agotarlo, con el mismo frenesí que teníamos a los veinte. Es una continuidad acotada a ciertos acontecimientos y determinadas búsquedas. Estamos parados en mitad del camino, desde aquí puede verse el inicio y también el final del recorrido, no somos los mismos, nos hemos deshecho y transformado en otros al menos una vez o dos. La música y la literatura nos acompañan en el recorrido, envolviendo las épocas, representando búsquedas, sueños, utopías, estéticas, encuentros, pensamientos y preguntas. El paso del tiempo deja obras en pie y sepulta otras, algunas canciones, ciertos temas, determinados autores permanecen, tantos otros quedan olvidados. Vamos al encuentro del autor desconocido como si abrir el libro fuera un suceso, volvemos sobre las páginas viejas de aquello ya leído sabiendo que lo encontraremos cambiado. Una vez más damos vuelta la página y estamos ante la siguiente en blanco.

El atajo es el camino que ya conocemos, el que nos lleva al encuentro del amigo, a la mesa del bar, a la casa familiar, el atajo es ese sendero tan incorporado que podemos recorrer a oscuras o dormidos, esos pasos que van solos hacia el lugar donde ya hemos estado confortables y felices y el atajo es también esa calle escondida, ese pasaje secreto por el que no hemos transitado nunca y que ignoramos a dónde conduce y cuando corremos las ramas que nadie poda y pisamos entre los cardos, sentimos ese vuelco de emoción por entrar en un lugar inexplorado.

 

Andrea Álvarez Mujica

 

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Irene Kleiner: Como un héroe

En este cuento Irene Kleiner nos presenta a Martín, un joven soldado, un muchacho ingenuo que se toma las cosas con calma y tiene planes simples. Pero la guerra nunca trae calma ni simpleza. Y mientras él realiza sus pequeños actos cotidianos, cargados de sentido, hablar con compañeros, guardar una carta, besar a la novia, caminar por las calles, la nube del horror se proyecta inexorable.

Como un héroe, incluido en el libro Todos los mundos, ninguno (Hormigas Negras, 2019), suma una historia fresca y precisa, a la consolidada subcategoría de narrativa sobre Malvinas.

por Irene Kleiner

A Marcelo López

 

—Estás pensando en ir a ver a tu noviecita.

—No es mi novia Regueiro.

—En el polvo que te vas a echar.

Martín hizo como si no lo hubiera escuchado o como si no le hablara a él.

—Dale ¿me vas a decir que no querés cogértela una vez más antes de subirte al buque? —insistió Regueiro.

—Pensá lo que quieras —dijo Martín.

—No te enojés —dijo Regueiro y le tocó la cabeza.

Martín no se movió, esperó a que Regueiro y el Tucu salieran y recién ahí salió del pabellón. No estaba enojado, pero Regueiro lograba ponerlo nervioso; parecía que le adivinaba los pensamientos, como si pudiera dejarlo en evidencia en cualquier momento, delante de todos.

Caminó detrás de ellos, manteniendo unos metros de distancia. Los veía marchar sincronizados, dos pies cayendo al mismo tiempo y luego los otros dos, el golpe seco, como siguiendo el ritmo de un tambor. Qué locura, pensó. Hacía frío y la niebla le impedía ver mucho más allá. El aire olía a pasto húmedo. Tuvo suerte de que el camión lo llevara ahí y no más al sur, como había dicho el Rafa. Pobre Rafa. Estaba peor que él el día del sorteo; el día que se le apareció en la casa a decirle que se tenía que ir, que había escuchado que lo de Chile volvía a estallar en cualquier momento, que se comprara un pasaje, se fuera a la mierda y se dejara de joder. Hasta plata y refugio con sus parientes de Europa, le había ofrecido. A lo mejor el loco se había ido a vivir a un pueblito de Italia, por miedo de que convocaran a los de la reserva y por eso no lo había encontrado las veces que lo llamó. Hubiera querido hablar con él, decirle que no se preocupara por lo del traslado, que eran tareas de apoyo, que se quedara tranquilo.

Cuando se despertó, el tren ya estaba cerca de Constitución.

En la Capital también se respiraba un clima de festejo: el celeste y blanco se agitaba en los balcones, las ventanas. La gente los miraba y les sonreía, como si los conociera. Una señora los corrió unos metros, le dio al Tucu un paquete con facturas, otra abrazó a Regueiro y como no tenía nada para darle, sacó unos billetes arrugados y se los metió en un bolsillo. Era como si de golpe se hubieran convertido en personajes famosos, de esos que, aunque quieran, no pueden pasar inadvertidos. Martín sonreía, con una sensación rara, como si usurpara la identidad de un desconocido. Si me viera el Rafa, pensó, mientras agarraba una flor que le regalaba una chica.

Al llegar al bar, les hizo prometer a Regueiro y al Tucu que en un rato se irían y lo dejarían solo; con ellos terminaba haciendo cosas que no quería, por no quedarse atrás, como lo de la última vez y esa mentira que a Tatiana no le había causado ninguna gracia. Pero él no era así, y ahora tenía miedo de haberla decepcionado y de haber arruinado las cosas.

El dueño del bar se acercó, dijo que lo llenaba de orgullo recibirlos y les estrechó la mano. Martín se habría reído ante la solemnidad, si no hubiera sido, porque sabía que, detrás de esa solemnidad vendría la comida. Entonces, bajó la vista para no seguir viendo la cara de Regueiro a punto de largar la carcajada y siguió al Tucu hasta la mesa que les señalaba el viejo.

Al principio no la vio, pero después la descubrió detrás de la máquina de café. Tatiana se secó las manos en el delantal y se acercó a la mesa.

—Se escapó para venir a verte —le dijo Regueiro. Martín lo miró serio.

Ella se puso colorada. Se había cortado el flequillo bien cortito y eso le daba un aire más infantil. Parecía incómoda.

—¿Ya eligieron? —preguntó, todavía colorada.

—Es medio mentiroso pero buen chico —dijo Regueiro y le palmeó la espalda a Martín.

—No hace falta que hables todo el tiempo, Regueiro —le dijo. Y le sacó la mano del hombro.

Ella sonrió, como si le hubiera gustado escuchar eso. Se fue y volvió con una picada que el viejo les había preparado especialmente. Martín no podía dejar de mirarla, mientras ella iba y venía con las bandejas. Tenía que encontrar el momento de disculparse por lo de la última vez. Pero lo había frenado a Regueiro, ya era algo. El Tucu hojeaba el diario, la parte de espectáculos, buscaba las primeras funciones de algún cine de los nuevos, con butacas mullidas. Cuando encontraba alguna película consultaba con Regueiro, quien, por supuesto, opinaba de directores y actores como si fuera un especialista. La voz de Regueiro, como un zumbido. Martín miró el reloj, no veía la hora de que se fueran. Por suerte el Tucu acababa de decir que si se apuraban llegaban a ver una de Stallone.

Los vio cruzar la calle y cuando los perdió de vista se levantó y se acercó a donde estaba Tatiana.

—¿Estás enojada? —le preguntó.

Ella siguió doblando unas servilletas y no dijo nada.

—Fue una boludez lo del otro día, y si estás enojada te entiendo.

—Enojada no, pero ¿para qué inventar algo así?

—Tenés razón. Ni siquiera sé por qué le seguí el juego a Regueiro. No quiero que pienses mal.

—No pienso nada, solo que no entiendo.

—Es que no hay nada que entender. Fue una boludez.

—Te quiso hacer quedar mal.

—¿Regueiro?

—Sí, a propósito, mal conmigo.

—No, él es así. Dejame ayudarte —dijo Martín y estiró la mano hacia la pila de servilletas.

Estaba sorprendido. Tatiana había sido rápida para captar algo que a él le había llevado bastante tiempo. Por suerte no estaba enojada. Y parecía haberse alegrado de que él hubiera vuelto, como si todos esos días lo hubiera estado esperando. Ya no estaba avergonzado. Con ella se sentía bien, sin la necesidad de aparentar algo que no era.

Cuando salieron miró la ventana del cuarto de Tatiana, arriba del bar. Estuvo a punto de decir algo, pero si se precipitaba iba a arruinarlo todo. Caminaron sin rumbo, dando vueltas por el barrio. Llegaron a la plaza, se sentaron en un banco; unos chicos saltaban sobre un colchón de hojas secas, otros, más allá, jugaban a la pelota. En eso, la pelota cayó cerca. Martín se paró y la pateó con fuerza, con tanta puntería que la clavó en el ángulo. Los chicos aplaudieron. Él volvió a sentarse y se sacudió la tierra del pantalón del uniforme.

—¿Ves? No hace falta que inventes nada para impresionarme —dijo Tatiana.

—Menos mal —dijo él y la abrazó.

—Es tan simple.

—¿Qué cosa?

—Dejarse llevar por los sentimientos.

Empezó a lloviznar, y ella dijo que mejor fueran a su cuarto, que podía preparar algo caliente. Eso dijo y él sintió que el corazón se le aceleraba sin freno.

En cuanto entraron la besó y la apretó contra su cuerpo. Quiso desabrocharle la blusa pero ella lo detuvo, le apartó la mano y le dijo que no, que esta vez no quería. Él se quedó quieto, no esperaba esa reacción. Había sido ella la que las otras veces había tomado la iniciativa y lo había llevado a cruzar ese umbral temido para él; ella lo había guiado y había logrado que se sintiera completamente otro. Estaba confundido, quizás realmente las mujeres eran un misterio o quizás Regueiro tenía razón y él lo único que quería era coger antes de embarcarse. Pero le costaba creer eso, Tatiana era especial, y le importaba de verdad.

—¿Seguro no estás enojada? —le preguntó.

—No, no es eso.

—¿Y entonces? ¿Qué pasa?

—Ahora va a ser más tiempo y no me vas a poder llamar.

—Serán dos o tres semanas, no más. A lo sumo un mes, eso nos dijeron, todos en el Batallón lo dicen, en un mes termina todo.

—¿Llamaste a tus viejos?

—¿Para qué?

—No sé, para contarles, para hablar con ellos.

—Les escribí. Las cartas salen mañana, para cuando la lean, ya voy a estar volviendo.

—Entonces no saben.

—Mejor así. Mi vieja por teléfono, lo único que hace es llorar.

—Pobre, hay que entenderla.

—Y mi viejo no es de hablar.

—Encima está sola.

—¿Vos también te vas a poner así? Ya te expliqué, no vamos a las islas.

—Perdoname —dijo ella.

—No pasa nada, va a estar todo bien.

A lo mejor Tatiana tenía razón, qué le costaba hablar con su madre, no era para tanto, a veces exageraba y terminaba enojándose o juzgándola, igual que su padre, no quería ser como él. Después de todo, cada uno tenía derecho a vivir las cosas a su manera.

Y fue ahí que ella lo abrazó y comenzó a besarlo. Él la dejó seguir. Cayeron en la cama, se hundieron en el colchón; él la sintió pequeña y frágil bajo su cuerpo: apenas se movía. Podía seguir sujetándola si quería, tomarla de los hombros sin que pudiera zafarse, hasta con un solo brazo podía hacerlo, era tan pequeña. Él, con todo su ímpetu entrando en ella. Dominaba la situación, y si quería, podía lastimar. Sintió miedo. Buscó sus ojos pero ella los mantenía cerrados. Finalmente se dejó caer, rendido. Ella lo cubrió con la manta y le acarició la espalda. Se quedaron un rato así, en silencio. Después ella se levantó y fue a la cocina.

Él acomodó los almohadones contra el respaldo y se sentó. Miró el reloj. Qué rápido podía pasar el tiempo. Era eso, solo cuestión de tiempo y seguir como hasta ahora, haciendo las cosas bien. No podía quejarse, y menos ahora, todo el día sirviendo café o cebando mate a los superiores. Además, si lo del buque era como decían todos, en unas semanas Tatiana lo recibiría como un héroe, un héroe de guerra y sin disparar ni un tiro. Aunque ahora eso ya no le importaba, solo quería volver, volver y demostrarle que podía hacerla feliz.

Tatiana trajo el café. Él se arrinconó contra la pared para hacerle más lugar. Ella se sentó a su lado, dejó la taza a un costado y se puso a hacer garabatos en un papel.

—Te voy a regalar un dibujo —le dijo. Este es el buque, así, la bandera, todo. ¿Cómo me dijiste que se llama?

—Crucero General Belgrano.

Ella siguió dibujando.

—Y este sos vos —dijo y le mostró el dibujo. Acá el sol.

—¿Estoy yo solo?

—Bueno, no puedo dibujar a todos, y vos sos el que me importa. Acá falta algo… —dijo ella, se quedó pensando y dibujó una hilera de corazones.

—¿Y eso?

—Nubes —dijo ella y se rio.

Él agarró el dibujo y lo dobló varias veces.

—Lo voy a llevar conmigo —dijo él.

—No te creo.

—De verdad.

Afuera, estaba oscureciendo. El viento sacudía la persiana contra el vidrio. Martín terminó el café y se levantó.

—Me tengo que ir —dijo.

Tatiana también se vistió y bajaron juntos. Se despidieron en la puerta, ella le pidió que la llamara en cuanto pudiera, él prometió hacerlo. La besó y caminó con la certeza de que ella seguía ahí parada, mirándolo. Le agradó sentir eso, un manto tibio en su espalda mientras él se alejaba. Al llegar a la esquina miró hacia atrás por última vez, ella agitó su mano y entró. En unas semanas, a lo sumo un mes, pensó Martín. Como un héroe. Y caminó hasta la estación.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Las chicas malas no transpiran

Este cuento de Laura Cukierman trata sobre la asfixia emocional que atraviesa la protagonista, atrapada en una relación que ya debería haber terminado y cuya continuación se le impone con una serie de ritos y simulacros que intentan ocultar la verdad: el amor terminó.

En estos días de aislamiento y tedio, la literatura hace un aporte favorable. Ante la soledad y el encierro, leer es una opción estimulante.

 

Por Laura Cukierman

 

 

¿Cuándo vamos a llegar? ¿Cuándo va a terminar este viaje? ¿En qué momento la ruta Montevideo-La Paloma se convirtió en la ruta más larga del mundo? Siempre fue la más fea pero nunca me había dado cuenta de lo larga que podía ser. Es una ruta infinita. Y yo necesito llegar a La Paloma lo antes posible. No es que sea el lugar más lindo del mundo, precisamente, pero ahí, en La Paloma tengo un plan.

Y él va lento, lentísimo. Como si lo supiera todo. Siempre hace lo mismo. Siempre sabe todo. No sé cómo hace. No sube de los ochenta kilómetros ni baja el aire acondicionado. No hace calor en este auto pero él insiste en congelarnos. En congelarnos y en no acelerar. Odia que yo no transpire. Le parece que hay algo extraño en que yo no sufra el calor. No puede entender que sufro pero no lo manifiesto. Tengo calor pero no transpiro; son cosas distintas. A él le cuesta ver las diferencias a veces.  “Las chicas malas no transpiran”, me dice de la bronca que tiene cuando está bañado en sudor con solo veinte grados. Y a mí no me importa. Buena o mala, la paso mejor que él en el verano.

Ya paramos cinco veces: el baño, agua para el mate, estirar las piernas, casi atropellar a un perro. Necesito que lleguemos rápido a La Paloma. Ahí quiero anunciarle el fin de todo. Se acabó, no va más. Se terminó para siempre esta pareja o lo que quedaba de ella. No hay que superar ninguna crisis. Es el fin del fin. No es necesario estirar las rupturas, no le hace bien a nadie. Si estamos a favor de la eutanasia es porque sabemos que no tiene ningún sentido la agonía. La caída libre siempre tiene que ser rápida; si no solo hay puro sufrimiento. Y yo soy mitad judía, solo por parte de padre, con lo cual no necesito altas dosis de sufrimiento para vivir. Con lo mínimo me alcanza. Y vos subiste esa frase en Facebook que no dice nada pero quizás ahora te pueda servir: “El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional“.

Bueno, yo opcionalmente elijo llegar a La Paloma para dar por terminada esta pareja. Ese es el lugar ideal para dejarlo: es tranquilo, familiar, contenedor y ameno. Qué fea palabra ameno, ¿no? Pero La Paloma es un lugar ameno. En realidad, él es ameno. Necesito llegar al lugar ameno para dejar al hombre ameno. Combinación perfecta para un plan perfecto.

Sí, tengo un plan. Aunque no suene muy agradable es así. Tengo un plan desde hace tres meses y medio exactamente. No me gusta prolongar las rupturas y mucho menos me gusta ser desprolija. Todos planeamos cómo dejar a alguien, ¿no? ¿Quién lo hace de forma espontánea? Espontáneamente uno estornuda, el resto es pura planificación. Sin un plan uno se mueve de manera torpe, sin control, desordenadamente. Y dejar a alguien exige tener un orden. No es nada fácil.

Hay un momento preciso y exacto para anunciarle al otro que uno se retira de su vida, que le arranca su presencia para siempre, que lo despoja de su alma por completo. Hay un instante justo, no puede ni ser antes ni después. Se trata de ser oportuna, cuidadosa, utilizar las palabras adecuadas, no generar incertidumbres, gesticular poco, hablar con calma, no dar muchas explicaciones pero responder cada pregunta del otro como si fuera un interrogatorio. Estar listo para contener un poco pero no tanto como para dar demasiada información. Ser distante y fría pero no mucho como para convertirse en una mala persona. Eso no. Hay que ser delicada, por sobre todas las cosas pero no necesariamente mala. No siempre, por lo menos. Eso es lo que estoy intentado ser. Para eso debo llegar a La Paloma lo antes posible. Pero él no se apura. Y sigue con el aire acondicionado.

—No, no quiero mate, gracias.

¿Cómo se le ocurre que voy a querer compartir una bombilla cuando quiero dejar de compartir mi vida con él lo antes posible? Hay que ser prolijos, siempre. En realidad, para ser muy prolijos de verdad, yo debería estar cebándote mate como un buen copiloto. Pero nunca lo fui, me quedo dormida en todos los autos. Y hago unos mates espantosos. De todas formas, comprarte este kit de plástico para cebarte vos y reemplazar mi presencia fue una de tus peores decisiones. Casi tan mala como la del verano pasado cuando quisiste que fuéramos al sur en auto. Qué necesidad, ¿no? Te molesta que me duerma cuando vos manejas y sabés que lo hago sistemáticamente, pero vos seguís insistiendo para que eso no suceda. Supones que cuantos más viajes en auto hagamos a mí se me pasarán las ganas de dormir como si fuera una especie de enfermedad curable. Hay un momento en el cual uno debe abandonar al pensamiento mágico, mi querido. Las cosas no suceden porque uno quiere que sucedan, las cosas son como son. Algo así me dijiste cuando nos conocimos, que no quiere decir mucho pero sonaba lindo en ese momento. Ojalá suene lindo todo lo que tengo para decirte. Lindo y armonioso. No me gusta usar tantas frases hechas o vacías de contenido. Pero volvamos a las vacaciones en el sur. Vos sabías que yo detestaba el sur porque donde hay verano para mi debe hacer calor y en el sur de este país hace frío y vos insististe en tener frío en verano y yo finalmente acepté. Para completar la idea, se te ocurrió sumar a Sebastián y Florencia que estaban en plena crisis terminal. Fue muy reconfortante veranear siendo testigos del hundimiento de una pareja. Muy convocante para nosotros que comenzábamos nuestro final sin saberlo. Mucho más atractivo fue escucharte aleccionarme y advertirme sobre todo lo que nos podía ocurrir si teníamos un hijo, como Sebastián y Florencia. Porque vos ya habías decretado que la culpa de la separación de nuestros amigos era del niño insoportable que corría y gritaba desesperadamente durante todo el día mientras era ignorado por cuatro adultos que a su vez se ignoraban entre sí. Un verano encantador repleto de montañas absurdas, separaciones y frio. Lo mejor fue cuando quisiste convencerme con la teoría sociológica de los gustos. Según tus propias palabras yo era incapaz de disfrutar realmente de aquellas vacaciones porque no cambiaba mis gustos ni mis deseos. Mi odio eterno por las montañas debía ser superado si quería recuperar algo de la felicidad perdida. Bueno, ahora cambié algunos gustos finalmente. Vos, por ejemplo, no me gustás más.

¿Qué pasa si te lo digo así directamente? ¿Qué pasa si mi prolijidad además incluye una alta dosis de verdad?  “No quiero vivir más con vos porque no soporto tu presencia. Ni siquiera aguanto cuando respirás. Me provoca un profundo rechazo tu alergia matinal y nunca pero nunca me gustó tu mano en la nuca cuando caminábamos”. Algo así. Palabras más, palabras menos. Sería perfecto. Prolijidad absoluta sin dar vueltas; ni introducciones mentirosas ni gestos tramposos. Cuando te diga todo esto no quiero que me agarres las manos. ¿Está claro? El gesto de las manos es condescendiente. Tampoco quiero que inclines tu espalda hacia atrás y bufes. El “uf” en un adulto queda espantoso. Dejáselo al hijo que nunca vamos a tener juntos.

Siempre es difícil dejar a alguien. La culpa, el miedo, el desamparo, la soledad. ¿Las vacas esas tendrán el mismo problema? ¿Y cuándo aquel toro se enamoró de la luna? ¿Cómo habrá abandonado a su compañera vaca? ¿Le habrá costado mucho? ¿La vaca habrá sufrido?

Yo tomé esta decisión, con mucho dolor y terapia mediante, hace tres meses y medio exactamente. Ahí decidí que quería dejarlo y que debía hacerlo de la mejor forma posible. Y así fue cómo lo planeé y llegué hasta acá, camino a La Paloma. Hace tres meses y medio exactamente, decidí dejarte bien dejado. O sea, dejarte de manera tal que nunca en la vida te olvides de este momento. De mí podés olvidarte, si querés, pero no de la sensación de haber sido abandonado. Quiero dejarte herido, solo, que sufras, que te acompañe por el resto de tu vida el miedo de que alguien vuelva a dejarte. ¿Está muy mal eso? Yo creo que no. Es que, si te dejo de manera convencional, diciéndote que se acabó el amor, que la relación está muerta, que no es culpa de nadie, que en definitiva nada dura para siempre y frases por estilo, ¿cuál habrá sido entonces el sentido de esta pareja en nuestras vidas? Solo seremos dos personas más que fracasaron.

En cambio, si uno de los dos sufre como nadie jamás haya sufrido en la vida, sintiendo tanto dolor en su corazón y en su cuerpo, temiendo caer en la locura, engordando mal o adelgazando hasta extremos Auschwitz, según su metabolismo, con ataques de pánicos permanentes, incluso pensando seriamente en la posibilidad de quitarse la vida, eso sí, eso justifica haber estado juntos tanto tiempo.

El tema, como a todo, es ver para qué lado cae la moneda, a quién le toca cargar con toda esa angustia. Y eso le toca siempre al dejado. En este caso a vos. Lo siento, el azar funciona así. Nadie lo puede manejar. Vos siempre fuiste un fanático del azar. Acá lo tenés. Todo tuyo. Hacé con él lo que puedas. Con el azar y con esta separación. La casa de Bella Vista la vendemos. Este maldito y lento auto es todo tuyo. La colección de cds y los libros los repartimos por igual. Las historietas te las regalo. Bueno, son tuyas después de todo.

—No, no quiero bajar los pies del asiento. ¿Qué te molesta?

—Se arruina el auto.

—Pero yo estoy más cómoda

—Se arruina igual.

Y ahora silba. No aguanto el ruido que hace con la boca. ¿Cómo va a silbar en un momento así? ¿Estoy a horas de dejarte y silbás? Increíble. Siempre silba cuando está nervioso. Silba cuando suena el teléfono y no lo quiere atender. Y ahora además adquirió la bella costumbre de silbar cuando terminamos de tener sexo. Increíble. A mí me molesta mucho la gente que silba, la desprecio. Una vez alguien me dijo que los judíos no podíamos silbar. ¿Por qué lo hacés entonces si vos sos judío por parte de madre y de padre?

—¿Quién canta?

—Leonard Cohen. Ese el último disco antes de morir.

—Buen gusto. ¿Quién te lo regalo?

—Mi amante.

—Tiene bueno gusto tu amante.

Obvio que tiene buen gusto y ya lo sabés. Federico siempre lo tuvo. Él te enseñó todo lo que hoy sabés de música, él te dio tu primer trabajo y él te quitó a tu mujer. Eso es buen gusto, ¿no?

No entiendo cómo no podés acelerar. Tampoco entiendo cómo no pudiste ver nada de lo que estaba pasando. ¿O lo viste? Me gusta pensar que sos un psicópata que también tiene un plan para después de descubrir que su mujer lo engaña con su mejor amigo de toda la vida, con su socio, con su otra cara de la misma moneda.  En ese caso, seríamos dos a punto de cumplir un plan elaborado detalladamente. Pero creo que no es tu caso.

¿Se puede vivir con alguien desde hace siete años y no darse cuenta de que te está engañando?  Yo creo que no. Pero el que lo sabe todo siempre fuiste vos. ¿Se puede? Quizá leíste algún mensaje de texto en el celular que dejo desbloqueado todas las noches sobre mi mesa de luz. Quizá te metiste en mi computadora que está siempre abierta desde hace tres meses y medio. Quizá te diste cuenta en Año Nuevo cuando desaparecí durante dos horas con Federico y te dije que estábamos ordenando la biblioteca del fondo. ¿Ordenando una biblioteca un 31 de diciembre a la noche? A vos no te pareció ridícula semejante respuesta. Solamente me hiciste una mueca gentil para que me sentara a tu lado mientras tu papá nos preguntaba cuándo íbamos a tener un hijo. Y vos no sabías qué responder, entonces silbaste. Me agarraste de las manos, mientras yo no sonreía, inventando una hipótesis absurda sobre la necesidad que tenían los demás de vernos con hijos. Después te levantaste de la mesa inquieto, como siempre que tu papá te pregunta algo, y me dejaste con él a solas para que dijera cualquier cosa. Y yo no le dije nada, solo me quedé pensado que quizá sí iba a tener un hijo. Y que quizá no fuera tuyo.

¿Otra vez paramos? Ahora el parabrisas. ¿Qué te pasa? ¿No te das cuenta que está limpio? ¿Por qué no usas anteojos en lugar de limpiar donde no hay suciedad? Ya no debe faltar mucho para llegar a La Paloma.

—Cuando lleguemos, vamos a cenar en Amarras, ¿querés?

—Sí, claro. Es mi lugar favorito.

—Por eso lo digo. Algo te conozco, ¿no?

Siempre tenés que terminar decidiendo a dónde vamos a comer pero con la condescendencia de hacerme creer que yo decido. Ya sé que es mi lugar favorito pero sos vos quien decide que vayamos ahí hoy. Entonces acabás de elegir el lugar en el cual yo te voy a dejar. Bueno, no importa, puede ser incluso un buen detalle de mi parte. En tus recuerdos siempre estará la imagen de un lindo restaurante. Suena lindo: “En Amarras, con cuidado, una noche de verano te dejé”.

En Amarras, con cuidado, una noche te conté que mañana tu casa será vaciada por un flete porque yo me estaré mudando con Federico, con quien estamos juntos desde hace ocho meses y desde hace dos que tengo un atraso, justo uno desde que dejamos de tener sexo vos y yo. Está bien que vayamos a Amarras. El lugar es importante cuando uno va a dejar a alguien.  No había pensado eso. Vos sí. Siempre pensás en todo.

Bueno esta vez yo también pensé. Este año decidí no reservar la cabaña de siempre. Preferí el hotel que está en frente de la playa. El viejo. Ahí fuimos hace más de siete años cuando apenas nos conocíamos y vos dudabas de todo por no sé qué crisis existencial que tenías y a mí eso me había conmovido tanto. Ahora ya no dudás. A ese hotel quiero que vuelvas después de haberte abandonado. Ahí vas a encontrarte nuevamente con tu crisis. Ahí vas a llorar como aquella vez. Ahí no me vas a tener a tu lado nunca más. Tendrás en esa cama los primeros síntomas de que todo tu mundo ha comenzado a derrumbarse. No vas a poder dormir en toda la noche y vas a repasar obsesivamente en tu cabeza en busca de alguna señal que no llegaste a ver. ¿De verdad no viste nada? ¿De verdad vos pudiste no ver?

Después vas a tomar la primera pastilla de Rivotril que no te hará ningún efecto. Y seguirás llorando. Vas a tomar la segunda y vas a llamar a tu amigo Martín para que te consuele, olvidándote que él no puede con su propia vida y menos va a poder decirte algo que te ayude un poco, aunque sea un poco. Vas a vomitar porque se te va a revolver el estómago con la cantidad de cigarrillos que vas a fumar en unas horas. Qué pena, cinco años sin fumar para terminar tirado en una cama de un hotel de La Paloma consumiendo un atado tras otro mientras intentás consolarte con tu mamá que una vez más te va a decir que vos lo arruinaste todo. Intentarás comunicarte con tu psiquiatra sin darte cuenta de que, además de estar de vacaciones, nunca te iba a atender de madrugada. Los ataques de pánico supuestamente quedaron atrás. ¿O no?  Y otra vez a dudar de todo. Si tu mujer pudo engañarte con tu mejor amigo, ahora todo te puede suceder. Si tu mejor amigo te traicionó de esta manera y no supiste verlo, ahora cualquiera podrá lastimarte. Así funciona el dolor. Así funciona la angustia. Y esto recién empieza. Y la noche será eterna. Y no pararás de llorar.

A la hora en que vos estés llorando desesperadamente saldrá mi avión de Montevideo rumbo a Buenos Aires. Eso será a las 4 am. Tres horas de cena. Hora y media para contarte todo. Media hora en la que no me creerás nada. Otra media en la que solo querrás pegarme y convencerme de no dejarte y quince minutos en los cuales hablaremos simultáneamente sin escucharnos. Otros quince, los dedicaremos a llorar. Vos más que yo. Tu falta de inteligencia motriz tirará dos copas al piso y una botella que no llegará a romperse. Mi rímel barato teñirá media mejilla de negro. El momento más dramático será responderte a la ridícula pregunta “¿hay otro?” y hacer el mayor esfuerzo por no burlarme en tu cara cuando escuches mi respuesta.  El tenso y silencioso instante de la despedida será abruptamente terminado por un “no te quiero más, superarlo” y el insulto “sos una mierda” me alcanzará para subir de un golpe al taxi que pasará puntualmente por la puerta del restaurante para llevarme al aeropuerto.

Reservé mi asiento en el avión del lado de pasillo por las náuseas. Las tengo todo el tiempo desde hace tres meses y medio. Puedo controlarlas. Como ahora. Náuseas que contengo y cierro los ojos para que pienses que duermo como siempre.