Publicada en

La primera sesión (raíz de Hormigas Negras)

a mis compañeros y compañeras del taller de Juan Forn a través del tiempo 

Es viernes 18 de febrero de 2011. Salgo de mi dormitorio, cruzo el living y el comedor hacia la cocina. El diario está apoyado sobre la mesa, cerrado y del lado de la contratapa. Toco el mate. Está tibio. José se fue a la Biblioteca hace poco. Me dormí. No lo besé. Ahora tengo que esperar hasta la nochecita para disfrutar de sus labios. Me gusta acompañarlo hasta el palier en las mañanas y darle los últimos besos cuando espera el ascensor. Cambio la yerba y el agua de la pava. Miro por la ventana de la cocina las copas frondosas de los árboles del club Catalinas Sur. Todavía debe estar abierta la pileta. Tal vez a la tarde pueda ir con Iñaki. Me siento a leer.

Juan Forn dice que Vladimir Nabokov se percibía como un gran poeta, pero sus versos en ruso eran menospreciados por los compatriotas contemporáneos en el exilio y cuando le llegó el éxito, de la mano de Lolita, en cierta forma se decepcionó de ser valorado por una novela escrita en inglés. Esa apostasía lo llevó a proteger su poema de 999 versos con una novela alrededor que resultó, tal vez, su mejor obra. Por estos días, por primera vez, pasados cincuenta años de su publicación, el poema de Pálido fuego, se publica desprendido de la trama novelística que lo enmarcaba.

Como todas las contratapas de Juan, la de hoy, tiene guiños al lector, ya que él supone que el que está del otro lado olfateó los mismos libros, fue parte de una conversación parecida a la que él mantuvo con su amigo caminando por la playa, alguien que también soñó con una casa suburbana prestada para recibir, en medio de la noche, al padre muerto.

Al final de la columna encuentro el anuncio de un taller literario impartido por él, que va a iniciarse a mediados de marzo. Hay una dirección de correo electrónico para contactarse. De inmediato voy a mi dormitorio, abro la compu y le escribo. En la respuesta me comenta que está sorprendido por la cantidad de interesados. Me da los lineamientos que tendrá el taller, el precio y la consigna inicial: escribir un texto sobre mi historia con la literatura y otro texto reseñando los últimos cinco libros que me hayan impactado. Le confirmo que me inscribo. Todavía no es mediodía. Qué expeditiva, me contesta Juan.

Al pensar en el inicio de mi historia con la literatura llega, desde algún bendito pliegue de la memoria, la imagen de Nexus, apoyado en una mesita ratona, junto al mate y la pava de mi padre, Abel. Todavía no sé escribir, lo abro y garabateo con una birome la primera hoja del libro. Abel no me reta. Cuando cumplo los 18 me regala ese ejemplar con mi intento de escritura primaria y todos sus otros libros de Henry Miller: Trópico de Cáncer, Trópico de Capricornio, Primavera Negra. ¿Dónde están? Los perdí en las mudanzas, se los quedó mi primer esposo o los fueron llevando de la biblioteca amigos que desconocían el valor simbólico de esas ediciones amarillentas, opacas, húmedas, olorosas que Abel compraba en las librerías de la calle Corrientes en los setenta.

Como los cupos se cubrieron rápido, en vez de comenzar a mediados de marzo, el taller se inicia el último viernes de febrero. Juan nos habla de la creación de Radar, la enfermedad que partió en dos su vida, su mudanza a Villa Gesell, las lecturas, la crianza de su hija, la separación, su cumpleaños número 50 y la idea de comenzar a volver a Buenos Aires, de a poco, viajar y tener actividades porteñas dentro de las limitaciones que su enfermedad le impone. Los talleres anteriores los dio junto a Guillermo Saccomanno, experiencia en la que comprobó que la frecuencia quincenal es optima. Por primera vez inicia solo. Nos pauta un máximo de carillas que en mi conversión usual da 7000 caracteres de lectura por integrante. Habla de la montaña rusa impredecible en la que se debe sentir el lector, de la lectura como viaje en el cual la respiración del lector debe estar unos centímetros más atrás que la del autor, cerca, no perderlo en el camino, pero que tampoco se nos adelante. Recomienda un mínimo de dos horas de escritura al día para poder notar una evolución en la pluma propia, propone intensificar las lecturas y enamorarse de un autor vigía. Usa otras palabras. Pero estas son las ideas. No anoto nada. Me hace un comentario sobre eso. Le digo que por el momento estoy en plenas facultades mentales como para poder recordar lo que dice sin necesidad de anotarlo, soy periodista, grabo las ideas en mi mente. No le molesta mi respuesta petulante. Me sonríe. Los compañeros comienzan a leer. Preparo mate. Estoy cómoda, tranquila, como si este momento en el que busco la yerba, prendo la hornalla, enjuago el mate y la bombilla, lo estuviera viendo desde el futuro.

Llega mi turno de lectura. Dejo el sillón y voy hasta la barra que enmarca la cocina integrada. Me siento en un taburete, frente al grupo. Leo El atajo, un texto que escribí de un tirón para un proyecto fallido. Pero que finalmente mandé a la revista en la que colaboro desde hace unos años. Lo escribí al terminar de leer Estambul y tiene adherido algo del ritmo y de la arquitectura de las oraciones de Oran Pamuk. Trata sobre la música y la escritura y la gente de mi generación. Mientras estoy leyendo comienza a llover. Me doy cuenta de que parte del ámbito en el que estamos es un patio al que se le hizo un cerramiento. La tormenta es fuertísima y los goterones en el techo resuenan casi tapando mi voz. No interrumpo la lectura. Entra agua por algún lado. Juan deja su ubicación y va a cerrar ventanas, puertas y banderolas. Vuelve. Termino de leer. Por un momento nadie habla y me siento incómoda. Juan está por comenzar a desmenuzar mi texto. Le digo que ya lo envié a la revista. Me mira desconcertado. Le parece que eso no importa, que igual podemos corregirlo. No traje ese material para trabajarlo, lo leí a modo de presentación, Juan lo entiende en el aire y da de baja analizar mi texto y me pregunta qué proyecto es el que voy a desarrollar en el taller. Un libro de cuentos, le digo. Pasamos a la siguiente lectura.

En el grupo hay dos mujeres que se llaman Silvia, una es histriónica, la otra tiene una sonrisa suave; un hombre alto que escribe microrrelatos; un hombre de rulos que no trajo nada y un joven que lee unos párrafos de un texto inconcluso sobre un viaje. Siento empatía con él. Elogio su escritura. Se llama Sebastián.

Juan mueve la cabeza para que sus rulos se acomoden flotando sobre la frente. Tiene el pelo negro con un rayo plateado en diagonal. Esas primeras canas, tardías, surgieron como un mechón seleccionado por un peluquero. Está bronceado. Lleva una camisa blanca, un jean y zapatillas.

Tengo la plata de la cuota guardada en el bolsillo de mi jean blanco. Juan dice que le paguemos en la próxima sesión. Me gusta que use la palabra sesión para nuestros encuentros, la incorporo. Nos despedimos. Salgo desorientada, aunque estoy en el barrio de mi adolescencia y lo conozco en profundidad. Le pregunto a Sebastián hacia dónde queda Santa Fe. A la izquierda, me indica. Él también va para Santa Fe. Caminamos juntos.

Andrea Álvarez Mujica

Escribí este texto para el encuentro forniano realizado en el café cultural La Zorra, el 18 de diciembre de 2021, en Mar Azul. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Publicada en

Catálogo

EDITORIAL HORMIGAS NEGRAS

HORMIGAS NEGRAS es una editorial independiente fundada en el año 2015 con el objetivo de publicar narrativa argentina contemporánea.

El catálogo contiene cuatro colecciones:  PURO BARULLO enfocada en cuento y novela; VELOCIDAD DE ESCAPE, dedicada al rock, AULLIDO sobre poesía y rarezas de autor y FOCO para la crónica y el ensayo.

Como sello independiente acompañamos cada instancia del proceso productivo, con dedicación y cercanía, para obtener un producto de alta calidad estética. Editando nuevos autores aportamos a la construcción de la identidad y la cultura actual.

Colección PURO BARULLO

Un error maravilloso (2016)

Federico Lisica

Minuto a minuto (2016)

Gabriel Acerbi

El archivo del Honorable Doctor Rudolf Wolfgang Gerhard (2016)

Pablo Marquevichi

Viaje de disfraces (2016)

Sebastián Masquelet

Los Novios Muertos (2016)

Andrea Álvarez Mujica

Fue mala idea conquistar Formosa (2017)

Leandro Radusky

Sí, fui yo (2018)

Damián Rovner

Las chicas malas no transpiran (2018)

Laura Cukierman

Mi abuelo caníbal (2018)

Federico Lisica

Todos los mundos, ninguno (2019)

Irene Kleiner

El primer campeón del mundo (2020)

Juan Sebastián Ronchetti

El ojo (2020)

Damián Rovner

La distancia (2020)

Fernando Rouaux

La vida es extraña (2021)

Andrea Álvarez Mujica

Las versiones que fuiste

Gabriela Ram

Colección VELOCIDAD DE ESCAPE

Horas de Rock (2017)

Andrea Álvarez Mujica

Los vicios de los muertos (2020)

Antología/ Varios autores

Colección AULLIDO

Distorsión (2019)

Gustavo Grazioli

Amor no Roma mi amor (2019)

Pablo Ramos

Colección FOCO

La caída del jaguar

Gonzalo León

TÍTULOS

2021

Las versiones que fuiste

Gabriela Ram

Tapa - Las versiones que fuiste

Los cuentos de Las versiones que fuiste nos llevan de viaje, de escapadas por ciudades —que se avergüenzan de llamarse pueblo y cuentan los natalicios, minuto a minuto, para ver cuando pasan de categoría—; eso piensa la joven que roba la Zanella del tío para saber más, saberlo todo acerca de Amalia, la Mujer Fakir. Desoladas noches entre los fantasmas del Instituto Unzué que se cuelan en el rodaje de una telenovela, en la que un felino del monte acecha un infortunado prostíbulo. Noches de velorios y días de cumpleaños peligrosamente bizarros. Las escapadas también son regresos como el de la nieta llamarada y la historia de la disquería de la plaza o el después del “antes y después” de una modelo deformada por el quirófano y los implantes. Los cuentos de Gabriela Ram, a través de sus diversos y contundentes personajes, nos van cercando en la inquietud, en el acontecimiento esperado y aún así sorpresivo. Celebramos la aparición de esta nueva voz y su insoslayable habilidad para narrar historias.

Andrea Garrote

ISBN: 978-987-88-1362-2. Dimensión: 13X20.

Páginas:160. HORMIGAS NEGRAS, 2021.

 

La vida es extraña

Andrea Álvarez Mujica

Tapa_La vida es extraña. (1)

Leopoldo, un escritor y periodista de San Telmo en crisis con la profesión y con la edad, divorciado y con amores rotos presentes en su pensamiento, accede a escribir una novela de ciencia ficción por encargo. Nicanor, su hijo adolescente, explora el mundo de la fantasía futurista como fuente de entretenimiento, aventura y reflexión. Ambos transitan los tópicos característicos del género: viajes en el tiempo, naves espaciales, futuros distópicos, batallas con cierta épica y el intento por salvar la humanidad y el planeta. Entre los juegos creativos y la escritura, Leopoldo busca comprender su propia historia, y en especial, aquello que lo enlaza y separa del amor.

Contratapa:

La vida es extraña, de Andrea Álvarez Mujica, es una novela que mezcla estéticas: por un lado se puede leer en clave autobiográfica (de una escritora que destacó en el underground criollo de finales de los 80 y los 90) y por el otro como un clásico texto de ciencia ficción (donde la posibilidad de un mundo distópico es una realidad). Lo que une ambos mundos es el carácter metaliterario que tiene, ya que el mundo realista es el que escribe al mundo sci-fi, al modo de Aventuras de un novelista atonal, de Alberto Laiseca, esa gran novela argentina que cuenta la historia de un escritor en una pensión tratando de escribir un texto fantástico. La diferencia con Laiseca es que Álvarez no reflexiona sobre el papel del escritor en la sociedad, como dijo Ricardo Piglia, sino sobre el papel que cumple la realidad en ese mundo fantástico y cómo este mundo puede modificar –en el sentido de tergiversar– la realidad. De este modo al mismo tiempo en que se niega el realismo se lo reafirma en una operación poco vista en la literatura argentina. Esta singularidad que arranca desde el título con la apelación a lo extraño, entendido como único, es lo que dota a esta novela de un carácter artístico, porque más que las desventuras de Leopoldo por escribir una novela y más que las aventuras de Marcelo por evitar un final de mundo, lo importante aquí es la indagación en la propia escritura, y esa es la interrogante que trata de responder, con todos los elementos de la ficción, una buena novela: en qué consiste el arte de escribir.

Gonzalo León

 ISBN:  978-987-86-8954-8. Dimensiones: 20×13.

Páginas: 220. HORMIGAS NEGRAS 2021.

2020

Los vicios de los muertos, cuentos rockeros 1

Antología. Varios autores.

Los vicios de los muertos-en baja (1)

Los vicios de los muertos, cuentos rockeros 1 es una tentadora caja de bombones de chocolate. Todos estos cuentos tienen una canción de rock adherida a la trama. Pero cada autor incorpora ese elemento a su manera. Las emociones y el espíritu de las canciones acompañan a los personajes en la peculiaridad de sus historias, a veces como el centro íntimo desde donde surge el episodio, otras como el signo flameante de lo que está pasando y en algunos casos, como el llamado del deseo.

Un hombre sueña con un futuro resuelto y eso no le impide estar en el presente de una manera intensa; una púber conoce el catálogo completo de una disquería a la que ya no entra nadie; el grafiti escrito en el baño de un colegio nocturno es la síntesis de las historias de los que lo leen; un padre distante se acerca y se va como una música movida por el viento; un hombre tiene la voluntad de comprometerse en una relación y a la vez escucha la melodía de la libertad; una adolescente valiente sigue sus impulsos de aventuras urbanas y es atrapada por un personaje oscuro; promesas de amor que se sostienen hasta el amanecer; el mundo misterioso y secreto de los adultos registrado en viejos casetes VHS; el pacto tácito de lealtad de dos amigas, emparchado, pero en pie; una nena que interpreta los mensajes cifrados en las canciones de rock de los ochenta; el insólito encuentro con un coleccionista de coches Fiat 600; la indignación de un padre por la canción que valora su hijo; recuerdos de un punk sin cresta; el final de un amor y el coche de la discordia; un hombre fragmentado que desea rearmarse y viaja de noche buscando respuestas que no están en la ruta ni en el destino escrito en el pasaje; la esquina mítica dónde se devela el significado de las letras de las canciones de rock; por último, un estribillo en la radio trae ecos del pasado y una certeza: aquello que olvidamos y que la música nos devuelve, es inmanente.

Santiago Featherston, Gabriela Ram, Ramón D. Tarruella, Flor Cosin, Ulises Martino, Julia González, Sol Segovia, Miguel Bruno, Leticia Martínez, Ximena Sinay, Sebastián Masquelet, Damián Rovner, Marcos Almada, Laura Cukierman, Juan Sebastián Ronchetti, Gustavo Grazioli e Irene Kleiner, autoras y autores con mucho para dar, voces propias, tramas originales y propuestas estimulantes.

Andrea Álvarez Mujica

ISBN:  978-987-86-7310-3.

Dimensión: 15×22. Páginas: 178.

HORMIGASNEGRAS, 2020

La caída del Jaguar, crónica del estallido social en Chile

Gonzalo León

portada cerrada la caída

Un material imprescindible para comprender los hechos políticos y sociales producidos en Chile en octubre del 2019, cuando el aumento en el precio del transporte público produjo una protesta que escaló en proporciones imprevistas por el gobierno de Sebastián Piñera. A partir de esa crisis la ciudadanía se movilizó día tras día durante meses, sin descanso ni pausa y resistiendo la represión y la violencia estatal, para lograr instalar la necesidad urgente de deconstruir los cimientos pinochetistas sobre los que se construyó la democracia concertacionista trasandina.

“Carabineros y manifestantes se mueven como cuerpos enfrentados en grandes escenas de calle; el transporte subterráneo adquiere un aspecto humanoide, en un símbolo que serpentea en el subsuelo urbano como una voz telúrica mapuche, las organizaciones indigenistas son tomadas en su drama originario, es decir, cuál es y dónde está el punto que las liga con la nación chilena, y si se pudiera cerrar este círculo infinito, las organizaciones feministas responden: lo que liga está precisamente donde todo se esclarecería; en la nación plurinacional, o en la nación pluricultural. El cronista se halla en el interior de los acontecimientos, en las vísceras del levantamiento. Pero su logro mayor es que mantiene un estilo en la crónica que, sin que nunca parezca exento de dolor y honda preocupación por el destino de Chile, ejerce una suerte de derecho al desapego. Es lógico, pues esta es una de las precondiciones de un relato donde hay angustia y sangre, pero ni una ni la otra escriben por sí mismas. La angustia haría temblar el pulso y la razón literaria. La sangre daría una coloratura a lo escrito, pero solo podrían combinarse con ese lamento, que al final impediría que se conozca cabalmente el hilo que mueve a esas figuras que van y vienen de Plaza Dignidad”.

Extracto del prólogo de Horacio González

ISBN: 978-987-86-6690-7.

Dimensión: 22×15. Páginas: 328.

HORMIGAS NEGRAS, 2020

La distancia

Fernando Rouaux

La-Distancia_tapa_web

Marginales y desclasados, los personajes de esta serie de cuentos implacables caminan siempre sobre un puente de troncos mal sujetos; abajo, claro, corre un río indolente que todo se lo lleva; vidas al borde del derrape: el destino pareciera solo tentarlos con una jugosa oferta de pasos en falso. Sin embargo, no es este un libro catálogo de desdichas sino uno donde la dignidad, lo ominoso y lo siniestro conforman un mosaico crudo y por momentos piadoso de aquellos a los que alguien alguna vez les jugó un pase con los dados cargados. Dueño de un lenguaje preciso y potente y de un extraordinario oído para los diálogos, Fernando Rouaux hace avanzar sus relatos a partir de detalles nimios, aparentemente circunstanciales, que cobran luego la fuerza de una revelación.

Luis Sagasti

Un temporal se interpone con los sueños de un bagayero hambriento y su mochila llena de cigarrillos. Una mujer lleva a su hija hasta ese rancherío profano. Un maletín esconde los deseos de un policía de pueblo. Un celular con poca señal. Un grupo de amigos y un plan que sale mal. Puede suceder en una ruta, algún río o una salita de hospital, da lo mismo, ahí corcovean los destinos. En La distancia, seres, topografías y objetos configuran un monumento viviente y pastoso de realidades intensas. Como en los cuentos de Horacio Quiroga, los relatos de Juan José Saer y las historias de Selva Almada, aquí la geografía se pone en pregunta y en acción. Y sus protagonistas no pueden ser indemnes a ese movimiento.

Federico Lisica

 

El ojo

Damián Rovner

El ojo_Tapa web

En su segundo libro, Damián Rovner abandona el camino de certezas recorrido en su novela policial Sí, fui yo, para explorar zonas más inhóspitas y riesgosas. Aunque cada uno de los cuentos de El ojo propone un universo propio, hay una misma voz que los atraviesa, en la que se destacan descripciones detalladas, ideas originales, saberes, humor, sensibilidad y mucha poesía. Y todo esto no sucede por separado, sino que ocurre al mismo tiempo, como en un caleidoscopio que nos ofrece bucear en la imposibilidad de mantener las cosas en su cauce y bajo control. Damián nos invita, con El ojo, a mirar no solo ese aleph que decide compartirnos sino, sobre todo, a espiar hacia adentro, vislumbrar su mundo interno, que puede, por momentos, incomodarnos, hacernos reír, pensar, emocionarnos y, en todos los casos, vibrar.

Ximena Sinay

 En el cuento El ojo lo fantástico ingresa en lo real sin estridencias. El recuerdo de una clase de anatomía y una charla telefónica distendida, inician el camino de una historia que se desarrolla en capas temáticas: la seducción a través de una hazaña intelectual y física, el interés por mirarse a sí mismo, el placer de ir más lejos, de traspasar lo posible y llegar a un resultado que es cómico, ridículo y escalofriante. El tema oculto es la meta y el desdoblamiento que la concreción produce.

El ojo es un libro audaz y diverso, constituido por diecinueve ficciones breves autónomas, que proponen una travesía mental imaginativa. Los ambientes rígidos, donde comienzan algunas de las historias, le permiten al autor abrir el telón y exponer las hipocresías burguesas y el culto de las apariencias. Relatos desprendidos de obras de arte. Cuentos de humor absurdo y realismo mágico. Un libro para conocer un poco más a un autor anticonvencional y sorprendente.

Andrea Álvarez Mujica

 

ISBN:978-987-86-3962-8. Dimensión: 13×22.

Páginas: 168. HORMIHAS NEGRAS, 2020

El primer campeón del mundo

Juan Sebastián Ronchetti

Tapa_El-primer-campeón-del-mundo

La poderosa infancia. Desde ese territorio fundacional nos trae Juan Sebastián Ronchetti las historias y las cuenta con la normalidad de lo extraño. En el camino hasta aquí, Ronchetti no pierde nada, tampoco se contamina ni con la corrección del adulto ni con la piedad.

El primer campeón del mundo es más que un libro, es un universo que Ronchetti guardó para sí y ahora lo despliega y lo escribe para nosotros. Todo lo importante que tenía que pasar, sucedió ya en la infancia, pero aún sigue pasando, y de algún modo acontece en la vida adulta, cada día.

En los relatos hay algo del orden de lo que no se puede comprender, y que tampoco comprenden los personajes. Ni ellos ni el autor se preguntan cómo y por qué pasa lo que pasa. Tampoco nosotros, y en esa falta de explicaciones reside tal vez la gran furia narrativa que nos perturba en la escritura de Ronchetti: no saber por qué pasan las cosas de este mundo pero al mismo tiempo contarlas como si fueran simples, porque tal vez allí anide toda esperanza, en el infinito asombro del puro vivir y su narración.

Ángela Pradelli

ISBN:   978-987-86-3690-0

Dimensiones: 13×20. Páginas:140

HORMIGAS NEGRAS, 2020.

2019

Amor no Roma mi amor

Pablo Ramos

Amor-no-Roma-mi-amor_Tapa_web

Hay individuos a los que el alma se les desborda por los cuatro costados. Si eligen la literatura, uno casi puede apostar que van a dar una obra capaz de movilizarlo a uno hasta los cimientos. Es el caso de Pablo Ramos. La pasión extrema con que vive cada hecho, la mirada singular —mezcla de impiedad, clarividencia, humor raro y grandeza— con que ve el mundo que lo rodea, son su materia ardiente, imprescindible para componer una obra excepcional. Yo, que tengo la suerte de conocer a Pablo, y de quererlo, sé que su única lucha con la escritura es poner en caja esa materia en llamas para volverla un hecho destinado a los otros: una vez que lo consigue, nos da cuentos y novelas imborrables, en carne viva, especie única dentro de nuestra literatura.

Liliana Heker

ISBN: 978-987-86-2802-8

Páginas: 264. Dimensión: 22×15

HORMIHASNEGRAS, 2019

 

Todos los mundos, ninguno

Irene Kleiner

TodosLosMundosNinguno_Tapa_web

No es fácil hacer efectiva una de las premisas del cuento: decir mucho con pocas palabras. Esto es lo primero que se advierte en todos los relatos de Todos los mundos, ninguno; mediante una escritura transparente, que simula ser sencilla, se hilvanan historias donde priman la soledad, la pérdida, la incomprensión y, por supuesto, la muerte. Temas que, como bien se sabe, vienen preocupándonos desde que nuestros abuelos prehistóricos se irguieron y comenzaron a caminar con lo que en ese momento eran sus patas traseras. El secreto de la buena literatura es darle otro color, otra dimensión, otra lectura a esas viejas y repetidas historias. Todos los mundos, ninguno es una muestra acabada y definitiva de esa virtud.

Vicente Battista

En Todos los mundos, ninguno, Irene Kleiner le da la vuelta completa a cada una de esas vidas que crea, que construye en cada cuento, a cada historia: hace lo que la literatura puede. Las vuelve universales.

Gabriela Cabezón Cámara

En las historias de Todos los mundos, ninguno, las personas sienten de pronto que las cosas se les van de las manos, que la pasión los desespera, que a veces se alejan, aunque quieran acercarse. Irene Kleiner escribe con ritmo sostenido, con lenguaje enfocado y mirada sutil. Sus cuentos atrapantes, captan esos momentos únicos en que la vida de siempre nos muestra su otra cara.

Esther Cross

ISBN: 978-987-86-2382-5

Páginas: 150. Dimensión: 20×13

HORMIGAS ENGRAS, 2019

 

2018

 

Distorsión

Gustavo Grazioli

Tapa

Los poemas de Gustavo se inscriben dentro de la cultura pop, con sus indudables raíces en los poetas beat, y las ramas directas, descontracturadas y libres crecen en versos con influencias de las letras de rock y en oraciones imbuidas en el diario íntimo, en los cuadernos iniciáticos de todo escritor en proyecto.

Personajes del rock, personajes del barrio, personajes anónimos, héroes vencidos y perdedores sobrevivientes. Gente de los márgenes. Hombres comunes. Mujeres que parten. La soledad. El aburrimiento. El miedo. Noches interminables. Amaneceres culposos. Hastío. Esperanza. Dolor. Promesas traicionadas. Nostalgias. Amistades. Amores perdidos. Finales inciertos. Los poemas de Gustavo van por las calles por las que andamos todos, pero a la vez son peculiares, dan su mirada y hablan de él.

Personajes del rock, personajes del barrio, personajes anónimos, héroes vencidos y perdedores sobrevivientes. Gente de los márgenes. Hombres comunes. Mujeres que parten. La soledad. El aburrimiento. El miedo. Noches interminables. Amaneceres culposos. Hastío. Esperanza. Dolor. Promesas traicionadas. Nostalgias. Amistades. Amores perdidos. Finales inciertos. Los poemas de Gustavo van por las calles por las que andamos todos, pero a la vez son peculiares, dan su mirada y hablan de él.

Andrea Álvarez Mujica 

ISBN 978-987-86-1225.

Dimensión: 15×22 cm. Páginas 100.

HORMIGAS NEGRAS, 2018.

Mi abuelo caníbal

Federico Lisica

MiAbueloCanibal_tapa_web

Mi abuelo caníbal recorre tres generaciones y el aprendizaje del menor de los Paltsev con las figuras masculinas que lo forjaron: su abuelo, su tío y su padre. Historias de vidas entrecruzadas y que, como pesuñas, van limando y afilando la cuestión del legado familiar. Un soldado famélico; un veterinario amante del billar; un hotelero conocedor del ballet; skinheads del Parque Rivadavia; una renga seductora; un monstruo del Paraná y canciones de Creedence, piden protagonismo mientras funcionan como vigas para el narrador.

La novela se remonta al “sitio de Leningrado” durante la Segunda Guerra Mundial con los acontecimientos que lo volvieron trágicamente célebre. Sigue en San Nicolás donde un excombatiente soviético cría solo a sus dos hijos y le enseña a su nieto cosas que, seguramente, no debería. La narración se despliega entre mataderos, pozos de tierra, teatros ilustres, mitos del litoral y un payaso del circo de Moscú, locuaz y desbocado, que tendrá su retiro al norte de la provincia de Buenos Aires.
El modo en que las decisiones personales, lo eventual, lo ínfimo, los contextos y lo ajeno, afectan nuestra identidad reverbera y estructura este relato. Como escribiera el ucraniano Yuri Andrujovich: “el pasado nos antecede, se anticipa para prevenirnos, y en ocasiones lo consigue”. Esa idea aparece aquí sin fatalismo ni acentuaciones. Porque además de la trama —y sus moralejas inesperadas—, Mi abuelo caníbal se propaga como un virus cordial, con un terror costumbrista y un humor que juega a ser inocente. Mejor dicho, la segunda novela de Federico Lisica es como un juego, su “Elige tu propia aventura” con elementos de aquí nomás.

ISBN: 9789874280992.

Dimensión: 13X20. Páginas: 200

HORMIGAS NEGRAS, 2018.

Las chicas malas no transpiran

Laura Cukierman

Tapa_las chicas malas no transpiran_alta

Una nena desobediente que espera conocer a su príncipe azul de izquierda; el miedo que siente una mujer que puede perderlo todo, aún sus tesoros más preciados; un amor roto y la secreta planificación de la venganza; la ropa de los otros y una forma rara de entrar en sus vidas; incompatibilidades que se resuelven comprando vestidos; el minucioso surgimiento de una idea y la escalofriante descripción de un crimen imperfecto; la espera de un resultado que lo cambia todo y la expectativa infantil de que la fiesta, la libertad y lo excepcional resuelvan los problemas y presenten un final feliz.

En los cuentos de Las chicas malas no transpiran las voces de las protagonistas se escuchan de forma nítida, mujeres fuera de los estereotipos, con pensamientos ácidos, sórdidos y contradictorios, voces íntimas y libres, monólogos privados y confesiones públicas en un inquietante péndulo que va del despotismo a la fragilidad, del amor al desprecio, del control al caos y de la palabra al silencio.

Laura Cukierman indaga en la cárcel de los vínculos y plantea las situaciones de conflictos como opciones liberadoras. Los ahogos humanos, detonados por el fin del amor, la irrupción de una enfermedad o un suceso inesperado, ponen en movimiento las peculiares reacciones de sus antiheroínas. Esas obstinaciones, sumadas a la emotividad que traspasa las elucubraciones defensivas, constituyen la fortaleza literaria detrás de la cual la autora despliega el original universo interior de sus personajes.

Andrea Álvarez Mujica

 

Sí, fui yo

Damián Rovner

Tapa de Si, fui yo

La mañana del miércoles, luego de padecer largos insomnios, el detective Antonio Grillo logra conciliar el sueño. La noche del último domingo, un suceso inesperado, una reacción intempestiva, alteró sus rutinas y perturbó su estabilidad emocional.

El timbre irrumpe en su frágil sueño y una mujer extraña se presenta interesada en contratar sus servicios. Anahí González está vestida de negro, se seca las lágrimas y le cuenta los detalles de un caso que, en principio, no parece difícil de resolver. Pero los datos de la fecha y el lugar del crimen sumergen a Grillo en una pesadilla interior: él sabe del caso más de lo que debería. A pesar de su secreto, de la información que debe esconder, Grillo se encuentra a ciegas tratando de hacer encajar piezas de una trama que lo excede.

Sí, fui yo, es una novela negra que transcurre en un ambiente muy porteño, muestra un submundo que está apenas detrás de las apariencias y sobrevuela un tema que trasciende el género: el origen de las noticias y los pactos para difundirlas o silenciarlas.

Damián Rovner propone una estructura inversa, en la cual el final está al principio, la intriga está develada y la sorpresa es la construcción de la mentira más creíble. Con una prosa fluida y envolvente, Damián introduce al lector en el interior de Grillo, un detective involucrado en una situación trágica y que sin embargo es contada con humor.

Andrea Álvarez Mujica

 

ISBN: 9789874278776.

Dimensión: 13X20. Páginas: 200.

HORMIGAS NEGRAS, 2018.

Horas de rock

Andrea Álvarez Mujica

HorasDeRock_tapa_web

Reúne una selección de notas de la periodista y escritora Andrea Álvarez Mujica, publicadas entre los años 2010 y 2016. Más la crónica inédita Historias de shows. Comentarios en torno a las canciones, chispazos de bares emblemáticos y acontecimientos personales entramados con eventos de rock multitudinarios. Un recorrido construido a través de recuerdos propios, libros de otros autores y anécdotas de los entrevistados.
De forma breve o extensa, Horas de rock ofrece opiniones y relatos vinculados con la música de Television, Sumo, Pulp, Lou Reed, David Bowie, Iggy Pop, Ramones, Virus, Morrissey, Nele Karajilic, Manuel Moretti, Tom Tom Club, El Vértice, Los Pillos, Todos Tus Muertos y Palo Pandolfo, entre otros.

“En las revistas, el periodismo se caracteriza por la suma de fragmentos, los formatos son opciones para hacer entrar una parte de algo, nunca un todo. La vigencia de los artículos suele ser temporal. La idea fue hacer una lista de notas con cierta perdurabilidad y darle al lector un rato de placer, tal como sucede cuando ponemos la música que nos gusta”. AAM

ISBN 978-987-42-5838-0. Dimensión: 22×15 cm. Páginas: 120 páginas. Agotado.

HORMIGAS NEGRAS, 2017.

Fue mala idea conquistar Formosa

Leandro L. Radusky

tapa_web

Zeta, en la oficina, con el trabajo de la mañana sin hacer, imposibilitado para concentrarse por el dolor de cabeza y la resaca, recuerda un tramo de la conversación de la noche anterior, una humorada desarrollada con la fabulosa liviandad de las charlas etílicas. ¿Qué pasaría si un grupo separatista comenzara a operar en la provincia de Formosa? A la hora del almuerzo, ningún compañero de Zeta parece recordar la charla. El chiste en relación con el aislamiento de Formosa y las derivaciones insensatas, intensificadas por las mentes beodas de un puñado de porteños prejuiciosos en un encuentro festivo, cayeron en el olvido.

La mayor parte de su tiempo libre, Zeta es víctima de la inmovilidad física que le provoca su adicción a las exploraciones virtuales. La idea de Formosa Libre, que quedó pegada en una parte de su pensamiento, lo impulsa a plantear el tema en un foro, un poco como un juego y otro tanto porque su campo de acción es Internet. Ese acto, no del todo racional, lo arranca del sillón donde pasa el tiempo frente a la pantalla y lo lleva a una aventura de ruta, junto a Ygriega y Equis, con quienes sella una tácita hermandad fuera de la ley.

La mención de los binarios, seres de apariencia normal que se mezclan con el resto y pueden ser detectados por las acaloradas respuestas que tienen ante ciertos temas, indica que la historia transcurre en una realidad que no es la que todos conocemos, aunque se le parezca mucho.

Fue mala idea conquistar Formosa es una novela de humor y de acción, con personajes en movimiento, jóvenes escépticos formados en la cultura digital, antihéroes totales, introduciéndose en un submundo oscuro y peligroso.

ISBN: 9789874225351. Dimensión: 13X20. Páginas: 178.

Los novios muertos

Andrea Alvarez Mujica

Los Novios Muertos

Carla, al ver el pozo que su hijo hace en la orilla de la playa, la arena que se derrumba en terrones y el agua que sube desde el fondo, piensa en una trinchera, en un telegrama con una noticia vieja. De vuelta en Buenos Aires, los detalles y rincones de la ciudad, las copas de los árboles en una plaza que recuerda desértica, la puerta de entrada del bar de la esquina, su reflejo en el vidrio, el estribillo de una canción que suena en la radio del kiosco y que nunca le gustó, se le presentan como aberturas al pasado, portales que custodian secuencias inmanentes. Vuelve de esos recuerdos asombrada, algo del pasado le es ajeno, incómodo.
Carla, en medio de una crisis de pareja por momentos subterránea y por momentos explícita, no juega con la idea de alguien nuevo, piensa en los novios muertos.
La historia se hunde en el pasado de Carla, en aventuras y búsquedas amorosas signadas por el desdén, los desencuentros y malentendidos.

Los novios muertos es una novela sobre la temporalidad y la oscilación inquietante que se produce durante la seducción, Andrea Álvarez Mujica utiliza los objetos obsoletos del siglo XX, como máquinas del tiempo que le permiten recrear una época.

ISBN: 9789874586889. Dimensión: 13×20. Páginas: 226.

HORMIGAS NEGRAS, 2016

Viaje de disfraces

Sebastián Masquelet

Viaje de disfraces

Una idea retumba en la cabeza de Esteban: elegir es resignar. Lo piensa durante todo su viaje, mientras recolecta frutas o cuando esquila ovejas. Lo piensa cada vez que escucha las historias de esos inmigrantes que poco tienen que ver con su pasado.

Marcan sus días un marino cubano que defiende la Revolución, pero vive en Montreal y un australiano borracho que en Francia mata las tardes escuchando tangos. ¿De dónde han sacado el coraje para migrar? ¿Qué han dejado en el camino? ¿Cuántas chances reales tienen de no arrepentirse? Esteban no tardará en saber que los motivos del que viaja suelen ser esquivos, tan esquivos como la posibilidad de que él pueda integrarse a alguna de las comunidades que decoran sus estadías.

En Viaje de disfraces, Sebastián Masquelet propone una deriva vital, colorida, donde la aventura es apenas una excusa para contar emprendimientos que parecen destinados al fracaso, historias de hombres y mujeres anclados en algún lugar del mundo.

ISBN: 9789873397240. Páginas: 190 páginas.

HORMIGAS NEGRAS, 2016

El archivo del honorable doctor Rudolf Wolfgang Gerhard

Pablo Marquevichi

El archivo del Honorable Doctor Rudolf Wolfgang Gerhard

El enigmático Doctor no va a dejar pasar la oportunidad de contar con un discípulo dispuesto a todo. Poco a poco el joven va descubriendo la todopoderosa Organización De Estudios Sobre Sintomatologías Atípicas y los secretos que guarda en sus entrañas.

Con el Fólterem, un extraño método para tratar los más diversos males, La Organización ha curado la fobia al dinero, el temor al número siete, la zurdera o la excitación provocada por los semáforos peatonales. Estos y otros casos fueron recopilados en El archivo del Honorable Doctor Rudolf Wolfgang Gerhard. De esta manera se rescata del inmerecido olvido su trabajo, y se sitúa a esta prodigiosa mente en el lugar que le corresponde entre las grandes figuras de la psicología moderna.

Se trata de una novela entramada por distintos relatos que invitan al absurdo cotidiano. Hay personajes que pudieron haber existido y otros que de tan increíbles -no hay dudas- lo deben haber hecho. El autor hace gala de un humor cruento, pero privilegia una historia adictiva, de esas que van con gracia para adelante, y cuando nos dimos cuenta estamos en un callejón sin salida o frente a una fosa.

ISBN: 9789873395765. Páginas: 190 páginas.

HORMIGAS NEGRAS, 2016.

Minuto a minuto

Gabriel Acerbi

Minuto a minuto

Durante una noche de bares, un oportunista se convierte en el partenaire del Gran Lagore, personaje que carga con la leyenda de haber estado con las mujeres más increíbles de la ciudad y, que sorpresivamente, resulta ser demasiado normal. Cómo consiguió la fórmula de su éxito es otra historia.
El Urso regresó de Noruega después de treinta y cinco años y esa misma noche quiere ver a su mejor amigo de la adolescencia. Todavía hay mucho para hablar sobre algo que ninguno de los dos quiere recordar.
En el mundo ejecutivo, también hay lugar para lo visceral; luego de que un empresario exitoso intercepta un mensaje sexual en el celular de su esposa, el paisaje del arbolado barrio privado donde vive se convierte en el escenario de una venganza.
Un economista en decadencia tiene la oportunidad de volver a un programa televisivo después de años de estar fuera de juego. Las condiciones son exigentes, pero va a aprovechar su momento cueste lo que cueste, porque aquí vale todo.
Minuto a minuto replantea los valores más íntimos y sacude como lo haría “una cuerda de contrabajo detrás del esternón”.

Con un estilo directo, por momentos desenfrenado Gabriel Acerbi teje en Minuto a minuto historias de hombres que están frente a situaciones excepcionales. Doce relatos perturbadores y adictivos, donde el desdibujado rol masculino del siglo XXI da pie al humor negro, la ironía, el sexo y la intriga.

ISBN: 9789874586872. Páginas: 150.

HORMIGAS NEGRAS 2016.

Un error maravilloso

Federico Lisica

Un error maravilloso

Se trata de un año especial para Martín Vulpes. Volverá a conectar con un amigo peligro que sabe cómo conseguir dinero rápido. Y se enamorará de una chica que se define como una película de género. Algo singular para el protagonista que trabaja en una compañía de videos y traslada su día a día en “sinopsis de su propia existencia”. Mientras, con su grupo se jugarán lealtades que no siempre podrán cumplirse.
Con una prosa nítida y juguetona, Federico Lisica acompaña de cerca a sus personajes, los muestra y esconde, en un juego de seducción con el lector.

Como en toda novela iniciática, aquí hay amores y amigos que siguen cierto principio: “Nada se pierde, todo se transforma”. Es 1999. El Y2K, las elecciones presidenciales, los tickets canasta, el movimiento 501, serán el telón de fondo para la acción. Elementos que se conjugan con otros como un torneo de ex alumnos del secundario, tipos que usan kimono, una azafata holandesa, proyectos anotados en listas hechas para ser perdidas y a Robert Duvall aconsejando en La Biela.


“…siguieron caminando. Los refucilos no se decidían en acabar en el río. Todo lo contrario. Como en los dibujitos animados, se habían posado sobre sus cabezas y los perseguían a donde fueran”
.

ISBN: 9789874586865. Páginas: 309.

HORMIGAS NEGRAS, 2016

 

 

Publicada en

Elefantes

Sebastián Masquelet es un autor para todas las edades. Él no lo planeó y nosotros, desde Hormigas Negras, tampoco. Simplemente sucedió. Su novela y sus cuentos enamoran a personas de veinte a ochenta años. Su humor inteligente y sus citas cinéfilas conmueven a los lectores de distintas generaciones. Tanto en Viaje de disfraces, su primera novela, como en Elefantes, cuento que integra la antología Los vicios de los muertos; el humor costumbrista y lo filosófico se unen en la respiración del mismo instante.

 
Sebastian Masquelet

por Sebastián Masquelet

Hoy fui a hacer un trámite a una dependencia del Registro de la Propiedad del Automotor. Antes de que me atendiera una suerte de mutante entre el Negro Dolina y el mecánico que le cuida el coche a Seinfeld tuve que esperar más de una hora y media. Leí el diario y todos los diarios en el celular. Consulté mensajes muchas veces. Después, simplemente, consumí lo que quedaba de batería escuchando una y otra vez un viejo tema de Los Iracundos. Cuando me desperté, sobresaltado por los gritos de un hombre gordo y canoso que no paraba de repetir mi apellido, tuve la siguiente conversación:

—Buen día, vengo porque necesito una copia simple de
—Buenos días, ¿cómo está usted?
—Bien, gracias. Necesito una copia simple de la denuncia de venta de
—Dígame la patente.
—Un segundo. Creo que era… WEZ629. Sí, eso.
—Cuentemé.

—Fui a renovar la licencia y me dicen que tengo una multa por no haber hecho el grabado de autopartes, pero
—Tendría que haber hecho el grabado.
—…vendí el auto hace diecisiete años. Y la multa es de hace dos meses. Eso es lo que quería decirle.
—Entiendo. Pero el auto sigue figurando a su nombre. Es su auto.
—Figura a mi nombre pero no es mío. Ya lo vendí, le digo.
—¿Terminó el trámite? ¿Hizo la transferencia? Si hubiera hecho la transferencia no figuraría a su nombre.
—La transferencia la hace el comprador. Y se ve que no la hizo.
—Entonces sigue siendo su auto.
—¿Y qué tengo que hacer para que deje de ser mío?
—Nada. No puede.
Sentado frente al mar / mil besos yo le di / Después le dije adiós, todo termina aquí.

 

—De todas formas, animesé. Aun cuando el comprador hiciera la transferencia, siempre seguirá siendo su auto. Señor, ¿me oye?
—Eh, sí. Claro. Pero, ¿puedo tener la copia de la denuncia de venta, por favor?
—Por supuesto. ¿Qué auto es?
—Un Fiat 600.
—Nooo, señor. Los fititos no se venden.
—Bueno, este sí. Hace diecisiete años.
—¿Color?
—Rojo. Rojo óxido.
—Seguro no lo cuidaba. ¿Modelo?
—1977.
—¿Andaba lindo?
—La verdad que no. Me dejó en la calle seis veces y el seguro me cubría hasta cinco acarreos por año. Por eso lo vendí.
—Ya le dije que no se puede vender un Fiat 600, señor. ¿Tenía modificaciones? ¿Aleros? ¿Focos? ¿Caño de escape?
—Tenía un lindo estéreo con un cassette trabado que no se podía sacar. Necesito la copia de la denuncia y con eso estamos. ¿Podrá ser?
—Claro. Como usted quiera. Son trescientos diez pesos.
—¿Trescientos diez pesos por una copia simple?
—Sí, señor. Es un trámite arancelado, no se le da copia a cualquiera. Es por su seguridad.
—¿Por mi seguridad? Yo soy el titular del auto.
—Ya ve cómo es suyo. Es por su bien.
—Es ridículo. Lo vendí en setecientos pesos en el 2001 y ahora tengo que pagar trescientos para que me saquen una multa que no me corresponde. ¿Le parece?
—Trescientos diez. ¿A cuánto lo había comprado?
—Seiscientos ochenta, me acuerdo bien.
—Hizo negocio.
—No mucho. Nunca llegué ni a la esquina. Recalentaba el motor, la puerta del acompañante no funcionaba, se me abría el capó cuando aceleraba a más de cuarenta. Para arrancar a la mañana, tenía que pedirle a unos vecinos que me empujaran.
—No lo cuidaba, ¿ve?

—Una noche me dejó a unas cuadras de Primera Junta y esperé dos horas la grúa, escuchando temas de Ataque 77, que hacía diez años que habían pasado de moda. Ahí dije basta.

 

Abrázame y verás / que el mundo es de los dos / Búsquemos el ayer / que nos hizo feliz.

 

—Para continuar el trámite necesito el nombre de quién le compró el auto.
—Tiene que estar en el expediente. No lo recuerdo. Le dije que fue en el 2001, hace diecisiete…
—¡Hace diecisiete años! Ya me dijo, señor. Está obsesionado con el paso del tiempo. ¿Cuántos años tiene?
—Treinta y siete. ¿Y usted?
—Sesenta y ocho.
—Parece menos.
—Es usted muy amable.

—¿Y cuánto hace que trabaja acá?

—Desde el año setenta y dos. Con mis primeros tres sueldos junté plata y, adivine qué, me compré un fitito. Un Topolino, como le dicen en Italia.
—¿Y todavía lo tiene?
—Por supuesto, una vez que uno tiene un fitito ya no se puede desprender de él.
—Ni aunque lo venda…
—Ya se lo dije. No se venden los fititos.
—Ajá. ¿Y entonces qué se hace?
—Se acumulan, señor.
—¿Cómo dice?
—Los va juntando. Yo tengo seis. Y sé de gente que ha llegado a tener hasta quince.
—¿Y dónde los guarda?
—Eso es lo complicado. Hasta el tercero iba bien. Pero después se me empezó a hacer más difícil.
—¿Sabe cómo hacer para meter cuatro elefantes en un fitito?
—No me haga perder el tiempo, señor. Hay gente esperando.
—Disculpemé.
—Le decía que hasta el tercero iba bien, pero después se complicó. Todos podemos ser descuidados. Fijesé que el quinto lo tuve abandonado casi dos años. Lo encontré en Santa Clara del Mar y lo dejé en el taller de un amigo, camuflado entre dos 4L.
—¿El 4L tampoco se puede vender?
—¡Pero sí! Quién guarda un 4L.
—Se me hace tarde. Tengo turno con el controlador de faltas para discutir la multa.
—Ya casi terminamos. Quería contarle cómo volví de Santa Clara esa vez. Porque en el camino se me cortó el cable del acelerador y tuve que hacer todo el viaje acelerando con una piola que até al motor. ¿Sabe cómo me quedó el brazo después de cuatrocientos kilómetros?
—Me imagino.
—¿Qué se va a imaginar usted? Firme aquí, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí. Y aquí y aquí.
—¿Todas estas firmas?
—Son por su bien.
—Por mi seguridad.
—No se haga el vivo, señor. Abone en la caja y guarde bien la copia. No la vuelva a perder. Para que siempre sepa que los fititos no se venden. Siguiente.

El controlador de faltas me dijo que para sacarme la multa necesitaba el número de DNI de un tal Oscar Esquerra, el comprador del fitito. Hacelo por mí, me dieron ganas de suplicarle, pero imaginé la negativa del burócrata así que me callé. Oscar Esquerra me suena a nombre de gordo canoso que escucha Los Iracundos cada vez que recuerda cómo perdió a Susana frente al mar.

Le dije al controlador que por supuesto no tenía el dato que precisaba, pero no me prestó atención. Lo bueno es que parece que el auto sigue siendo mío.

Los vicios de los muertos-en baja (1)

Publicada en

La vida es extraña de Andrea Álvarez Mujica

La vida es extraña es una novela realista en la que la ciencia ficción irrumpe a través de la actividad lúdica y la producción artística de los personajes. Leopoldo, un escritor y periodista de San Telmo en crisis con la profesión y con la edad, divorciado y con amores rotos presentes en su pensamiento, accede a escribir una novela de ciencia ficción por encargo. Nicanor, su hijo adolescente, explora el mundo de la fantasía futurista como fuente de entretenimiento, aventura y reflexión. Ambos transitan los tópicos característicos del género: viajes en el tiempo, naves espaciales, futuros distópicos, batallas con cierta épica y el intento por salvar la humanidad y el planeta. Entre los juegos creativos y la escritura, Leopoldo busca comprender su propia historia, y en especial, aquello que lo enlaza y separa del amor.

 

Tapa_La vida es extraña. (1)

 

Publicada en

La Caída del Jaguar en la Furia del Libro

El libro de Gonzalo León se presentó en la feria del libro de Santiago de Chile. El historiador Víctor Muñoz Tamayo leyó un texto que compartimos a continuación. Las fotos pertenecen al genial Bastián Cifuentes Araya.

IMG-20201022-WA0083

por Víctor Muñoz Tamayo

Hace algo más de un mes recibí la invitación de Gonzalo León a presentar su libro sobre el estallido social La caída del Jaguar (Hormigas Negras & La Calabaza del Diablo). El libro se editó primeramente en Argentina y habrá una reimpresión en Chile, me explicó. Agregó que le interesaba mi mirada como historiador, una entrada diferente a la del libro, que es crónica, literatura.

Yo acepté, fundamentalmente porque siempre disfruté leer sus crónicas. Fui, de hecho, uno de los viudos de La Nación Domingo cuando el diario dejó de salir. Me gustaba esa escritura en que un periodista cubría diversas situaciones, realidades, sujetos, y en ello pasaba a convertirse en un personaje dentro de las narraciones, de modo que uno terminaba siguiendo sus peripecias. No dejaba de informar, de interrogar la realidad, de desmenuzarla, su pluma aportaba en todo eso, pero había un plus, y eso era el personaje, que incomodaba, que se metía en líos, que no trabajaba sólo, sino que con un destacado fotógrafo que aprendimos a conocer también en cada relato.

IMG-20201022-WA0089

Acepté. Pero con una duda. Se me pedía opinar como historiador, y esa solicitud, para mi ante una crónica, y una crónica del estallido, no era algo fácil de identificar. Primero, porque buena parte del trabajo de los historiadores se hace leyendo crónicas. Si uno hace historia social política de los años veinte, ahí está González Vera y su libro Cuando era muchacho. Si hace historia política de los sesenta, setenta, tiene a Eugenio Lira Massi, cronista tan importante que El Mercurio, días después del golpe de estado lo puso en primera plana con el titular ¨ubicar y detener¨, pues era señalado como uno de los sujetos más peligrosos de Chile, junto con Carlos Altamirano, Luis Corvalán, Oscar Guillermo Garretón y Miguel Enríquez. Para estudiar México, cuando viví allá, me había tocado también revisar, por ejemplo Entrada libre: crónicas de la sociedad que se organiza de Carlos Monsivais, con sus relatos sobre el movimiento estudiantil de la UNAM y los efectos sociales del terremoto mexicano de septiembre de 1985. Es decir, para los historiadores, y para mí, las crónicas son, por una parte fuentes, y por otra, un aprendizaje constante. Porque el historiador sabe que su pega es narrar, y aunque no somos escritores, queremos serlo, queremos acercarnos a eso, aunque en nuestro intento llenemos los escritos con notas al pie y la infaltable bibliografía citada con abreviaturas latinas.

A la crónica uno no le exige cobertura y precisión absoluta de datos, como sí se lo pide al periodismo de investigación. Tampoco categorías de análisis debidamente referenciadas, ni nada parecido. Uno a la crónica le pide, principalmente, que emocione, que te haga sentir los momentos, las subjetividades, que permita dialogar con lo que uno piensa, y con las experiencias vividas. Uno pide reflexión y análisis, pero de esa que contienen las síntesis poéticas, ese lenguaje que extrema sus posibilidades simbólicas y las imágenes que permiten expresar en sencillo, cuestiones sumamente complejas.

IMG-20201022-WA0090

Por todo esto, mi opinión como historiador, no creo que sea tan distinta a mi opinión como lector. Y como alguien que vivió el estallido y los últimos 30 años, más que como alguien que estudiara ese estallido o los últimos 30 años. En eso, debo decir que el libro de Gonzalo León tiene los elementos que se le piden a una buena crónica con una cualidad muy particular, que es el retorno del viejo personaje de sus crónicas, pero marcado por la distancia y el tiempo que lleva viviendo en Argentina. Es un personaje que ha cambiado, que está conmocionado con lo que sucede y que se reencuentra con el Chile de hoy redescubriendo los últimos 30 años. Es la mirada de un chileno, que viene de afuera, con el fin de introducirse en su Chile, que ya no es igual al que dejó, para reconocerlo y narrarlo. No sólo se narra, también se explica. Hay lectores no chilenos a los que hay que contarles lo que fue esa imagen de jaguar de Latinoamérica, detallando este caso de ejemplo temprano y extremo de neoliberalismo absurda y mentirosamente orgulloso de si mismo.

En ese sentido Gonzalo León tiene que traducir al extranjero la particularidad chilena, un modelo socioeconómico que se ha instalado en nuestra cultura y que en las grandes diferencias con el resto del continente exige un esfuerzo mayor al intentar explicar los procesos y su enraizamiento a nivel de la cotidianidad. Porque cómo le explicamos a alguien que entiende natural que la universidad sea gratis el que para nosotros lo natural es la deuda universitaria, es más, que seguimos llamando universidades públicas a esas grandes instituciones con las que nos endeudamos, con los bancos de por medio, y por las cuales las casas de cobranza nos persiguen por varios años. No es fácil. Esa condicionante, muy bien abordada por León, hace que toda la parte de explicación y análisis de la gran mentira del Jaguar sea impecable y una tremenda síntesis, pues se construye sobre esta exigencia que implica el rol de traductor cultural que hace Gonzalo León al explicar Chile a los no chilenos, que en última instancia se ven perfecta y minuciosamente reflejados en esa explicación.

El narrador es alguien que quiere entender, que asume su distancia con el Chile que dejó, que cambió y que despertó. En eso recorre las calles, conversa con gente, vive los días de cotidianidad alterada por la represión constante y se conecta con un pueblo que vivió esos días aprendiendo a enfrentar esa represión. El autor sale a la calle y se encuentra con que los chilenos ya andamos equipados con tapabocas, gafas protectoras, agua con bicarbonato, y una actitud como si todo aquello fuera normal. Y ahí están los muchachos y muchachas con escudos, piedras y una sofisticada organización ya perfectamente internalizada. Toda esa cotidianidad es impactante por el hecho de ya haberse constituido como cotidianidad. El autor estudia para entender todo esto, no con los libros o artículos que para entonces todavía no salían, sino con videos de prensa alternativa, con las redes sociales, conversando con los otros personajes que van apareciendo y mostrándonos esa suma de subjetividades que estallan, convergen, se enfrentan, en esas semanas del último trimestre del 2019.

Y ahí está la brutalidad que nos trae de vuelta los recuerdos de la dictadura, de esa violencia de los agentes del estado que pensábamos que ya no estaba, o al menos no en el centro del país a ese grado. Porque las banderas mapuche en las marchas nos dicen, en realidad, que esa represión sí estaba, en el sur, con heridos y muertos ante una extendida indiferencia de una capital que todavía no despertaba a esa realidad. Eso tiene que ver justamente con una de las tantas preguntas del libro, por qué las banderas mapuche terminaron siendo símbolo del estallido social del país completo. Y así es como avanza el libro, con preguntas y múltiples viajes y conversaciones que se siguen en busca de respuestas.

IMG-20201022-WA0096

Entre tanto, hay vueltas al pasado que nos traen algunas viejas crónicas de León que dialogan con el presente. Acá el cronista, al modo del historiador, usa su archivo de obra personal para traer luces que iluminen esta idea de que no eran treinta pesos sino treinta años. Y el país ha cambiado, las marchas han cambiado, Santiago ha cambiado, y quizás sólo Piñera aparece tan terriblemente igual, como si no hubiera aprendido nada, y lo que es peor, como si nosotros no hubiéramos aprendido nada, porque el tipo retornó al poder siendo hoy el mismo que ayer, pero recargado con balas, balines y una policía criminal a la que dio toda la confianza una y otra vez. Si hay un personaje en que el libro se detiene varias veces para ir armando un perfil detallado, ese es el actual presidente de Chile. León dice cosas sobre Piñera como las siguientes: ¨está convencido de que aún los que no trabajan para él, trabajan para él¨, ¨Piñera no cree en el ridículo, por eso ha caído tantas veces en él¨, o ¨Piñera ha sido el último en darse cuenta de que el jaguar ya no es jaguar o de que estaba extinto¨ y si se me permite un último spoiler, esta tremenda síntesis sobre la personalidad del presidente:

¨Recuerdo que durante su primer gobierno le gustaba en sus intervenciones públicas hacer citas históricas y siempre erraba, es decir entendía que un presidente dialogaba con la historia y él quería hacer eso, y lo hacía en base al desconocimiento y no le importaba. Hasta en eso aparentaba, hasta en eso ostentaba, del conocimiento que no tenía. Y la gente —esto hay que decirlo— se burlaba de él, y eso tampoco le importaba.¨

Esa cita me recordó todas las veces que vi a Piñera citando un poema falsamente atribuido a Borges, poema bastante malo, por cierto. Varias veces lo corrigieron y Piñera respondía simplemente ¨no importa que no sea de Borges¨. Eso, no importa. La verdad no importa, sólo el efecto. El ostentar, de todo, hasta de lo que no se tiene, hasta de lo falso. Piñera da risa, da rabia, y da impotencia. El autor siente esa impotencia y la proyecta. Hay relatos terribles de la represión, del drama de todas las personas que la policía dejó tuertas o ciegas, del dolor de una generación que luchó contra la dictadura, que comprendió que la transición pactada dejaba muchas cosas sin resolver pero que pensó, que en materia de derechos humanos había cosas que no volveríamos a vivir, pero que las vivimos nuevamente. Y ante eso, el millonario paranoico, mentiroso y ególatra que tenemos a la cabeza del país aparece como el principal responsable. Se trata, sin duda, de un libro profunda y humanamente anti piñerista. A mi juicio, sensatamente anti piñerista.

El libro nos deja con preguntas que todos nos hemos hecho y discutido en estos meses, y acá el autor es una voz que dialoga con sujetos y realidades que formaron parte de todo lo que converge el 2019: los estudiantes, las feministas, la lucha mapuche como referente, las asambleas de cuanta particularidad habita Santiago incluyendo escritores, algunos comprometidos y otros honestamente asustados de lo que podían perder. Porque el estallido nos trajo brutalmente la imagen de la lucha de clases, donde hay grupos que se asustan por la incertidumbre y otros que expresan, en los hechos, que en realidad no tienen nada que perder. Y en el mundo de los escritores, como en el resto de los oficios, hay de todo. Creo que a todos nos pasó, enfrentarnos a ese colega con el que pensábamos que teníamos algunas diferencias, hasta que el 2019 esas diferencias de pronto fueron un abismo, ese abismo que separa los que se preocupan por los muertos y heridos de aquellos que prefieren condolerse por una estatua derribada.

La crónica de León tiene estos componentes que inevitablemente nos hacen vivir nuevamente la experiencia de estos días que marcan un antes y un después en el país y en nosotros. Mi crítica de historiador, porque eso se me pidió, es que es un libro bello, terrible y nuestro, que habla de nosotros, de lo que nos pasó, del jaguar que nunca fuimos y de los deseos ya incontrolables de ser parte de la construcción de nuestra propia historia.

IMG-20201022-WA0091

Por último, decir que cuando vi los juicios y percepciones que el libro recoge en torno a la evaluación del estallido, tendí a creer que probablemente yo tenga una mirada algo más optimista que la de Gonzalo. Y acá quizás hay algo de una mirada de historiador, pero fundamentalmente de historiador político que valora los movimientos sociales pero también la relevancia de construir institucionalidad. Me parece que la revuelta tuvo un éxito de tremenda trascendencia que fue la posibilidad de botar la constitución de 1980, cuestión inimaginable en otro escenario. Y botar una constitución, para hacer otra, es algo más relevante que botar un presidente. Porque que llegara un helicóptero y sacara a Piñera en medio de la revuelta (imagen muy Argentina, por cierto) no garantizaba nada, menos con una oposición desarticulada. No sé si seré demasiado chileno institucionalista en mis apreciaciones, pero creo que más relevante que el ¨que se vayan todos¨ es la claridad de quién se queda, quién genera institucionalidad y mete mano al orden social, para cambiarlo apuntando a la justicia social, o para salvarlo con toda su carga de inequidades. Esto último todavía está en juego, pero creo que con la derrota del Rechazo en el último plebiscito, hubo un éxito de las demandas transformadoras del estallido y una derrota de las fuerzas conservadoras.

Pero estas son las cuestiones que quedan para después de la lectura: la conversación, un debate público y cotidiano que acumule todas las enseñanzas que nos deja esta intensa historia que Gonzalo León nos trae como sonidos múltiples, en una polifonía del estallido interpretada magistralmente por un chileno que viene y va cruzando los Andes, como una composición que suena triste, violenta, bella, pero, sobre todo, muy nuestra. Gracias León por mostrarnos al Jaguar en su caída libre. Nuestro jaguar perdido, que en realidad nunca existió.

 

 

Publicada en

La nave de la memoria

La caída del jaguar. Crónica del estallido social en Chile (Hormigas Negras, 2020), de Gonzalo León, está prologado por Horacio González, un lector sobresaliente con una pluma genial. Compartimos a continuación los dos primeros párrafos del texto.

Por Horacio González

Un cronista que vive en un país y viaja a otro corre el riesgo de que en lo que escriba se le escapen cuestiones, detalles o significados que solo con las claves de la procedencia vernácula podrían describirse. Gonzalo León es ese cronista que viaja a otros países, pero ese país es Chile. Viaja desde Buenos Aires. Y Chile es su país. De modo que en este recuento magnífico de los hechos que condujeron a la revuelta estudiantil y popular contra los Carabineros y el gobierno de Piñera, hay un literato, periodista y poeta chileno que vive en Buenos Aires, que al volver a su país se encuentra con dos extranjerías específicas. Suyas, propias de un chileno. Por lo tanto, es también una forma de interiorizarse otra vez, y mucho más. Pues antes de su viaje a la Argentina, en sus estudios universitarios en Valparaíso, había conocido y participado del movimiento estudiantil. Luego como cronista del diario La Nación de Chile, había tenido oportunidad de entrevistar a Piñera en un viaje en automóvil, en el momento de su primera campaña electoral, y el resultado de este escrito nos entrega una gran vivacidad irónica en sus formas y una profunda comprensión del tejido moral tan autosuficiente como trivial de este personaje. Frases premoldeadas, sonrisas entablilladas, el clima ambiguo de los guardaespaldas. ¿Protegen o amenazan? La atmósfera viscosa, captada perfectamente.

Gonzalo León pertenece a una escuela de cronistería —llamémosla así—, que de cualquier paisaje calmo, confrontación violenta o momento de peligro, nunca abandona un ejercicio de intercalación y ruptura de los tiempos del relato, que lejos de perturbar un hilo conductor que nos lleva directo a los hechos, lo profundiza de un modo en que de repente nos encontramos dentro de ellos. Las opciones para producir ese efecto de probable lejanía que nos introduce más en el corazón de las tinieblas se basan en poner en vilo a su propia conciencia, que siempre reflexiona sobre sí misma como si buscara respirar gases lacrimógenos continuamente para ser más lúcida. El relato se sostiene entonces en una primera persona, tanto más cercana a los hechos cuanto más recibe en sus ojos la asfixia que se respira. Pero junto a estímulos sensoriales primeros, hallamos otra línea de escritura. Complementaria, que es la de mantener un relato casi objetivo, un poco extrañado de acontecimientos tan trágicos, por el hecho de que entremedio florecen las observaciones sobre su vida personal, el encuentro con antiguos amigos, juicios sobre reuniones literarias donde se comentan los hechos que sacuden la ciudad, pero no sin que escritores reconocidos eviten deponer su interés en defender el lugar social que ocupan como intelectuales, antes que entregarse a las grávidas solicitaciones de la revuelta.

Publicada en

Edición chilena de La caída del Jaguar

Gracias al convenio de coedición que Editorial Hormigas Negras llegó con Libros La Calabaza del Diablo La caída del Jaguar: crónica del estallido social en Chile, de Gonzalo León, tendrá una edición en el país trasandino, la cual empezará a circular durante los primeros días de diciembre. Según lo acordado por ambas editoriales, la edición será exactamente igual a la publicada en Argentina, sólo que impresa y editada en Chile. De este modo se mantiene el diseño hecho por Valeria Seoane, la fotografía de tapa de Bastián Cifuentes Araya y el prólogo de Horacio González.

El libro estará disponible, en el canal de venta de Libros La Calabaza del Diablo, en su IG @libroslacalabaza y en su tienda. Para quienes opten por pedirlo al canal de venta podrán acceder a recibirlo en su domicilio. Queda aclarar que por el momento el libro no tendrá versión digital.

La presentación de La caída del Jaguar será el domingo 20 de diciembre, a las 18:30 horas, en el marco de la Furia del Libro, la mayor feria independiente del vecino país, y podrá verse de manera digital. En la ocasión participarán el historiador Víctor Muñoz, el autor del libro Gonzalo León y el fotógrafo Bastián Cifuentes Araya.

portada cerrada la caída

 

Publicada en

El Pozo

Este extraordinario cuento pertenece al libro El primer campeón del mundo, de Sebastián Ronchetti, publicado por Hormigas Negras en marzo de 2020. Con la prosa de un Hemingway bonaerense, el autor cuenta una historia de iniciación, aventura, suspenso y ternura. Algunas pinceladas sobre la misteriosa lógica de los mayores y un trasfondo sociopolítico resquebrajado.

por Sebastián Ronchetti

1

Era el mediodía y el barrio a esa hora estaba desierto. Habíamos decidido buscar el escondite que Ojeda tenía debajo de las vías del Roca.

—Si mi viejo llega a enterarse nos mata —dijo Cury.

Caminamos los dos atrás del Chueco porque siempre andábamos así, siguiéndole los pasos, aunque caminara torcido.   Bordeamos los monoblocks por la calle que llamábamos Ruta 2 y salimos a la esquina de Alsina y Cordero. Mientras pasábamos por la cancha de Independiente, paramos un rato bajo la galería de la tribuna alta y tomamos agua de un pico que había en el piso debajo de una tapa de Obras Sanitarias. También nos mojamos la cabeza y la cara. El sol estaba inaguantable.

Antes de seguir, Cury, que era de Racing, como yo, se bajó la bragueta y meó las boleterías de la Doble Visera gritando que todos los del rojo eran putos.

—Puto sos vos, mufa —contestó el Chueco enseguida y le tiró una piña que a mí me pareció en joda pero que a Cury no le gustó. Me di cuenta de que podían agarrarse en serio y me metí.

—No sean boludos —les grité.

Seguimos camino hasta el final de la calle donde había un portón que nos llevaba a los terrenos del ferrocarril. La puerta estaba abierta. El descampado era enorme. Apenas pasamos vimos la casa de madera abandonada y dijimos que otro día íbamos a volver a explorarla pero que no debíamos desviarnos del plan. La bocina del tren que pasó hacía la estación Avellaneda nos impulsó a correr. Las primeras vías eran las del tren de carga, donde había vagones parados. Algunos estaban llenos de sal gruesa y la mayoría de girasol. El Chueco me pidió que le hiciera pata, se subió al que tenía pipas y nos dio un puñado a cada uno.

—Sigamos —dijo.

Caminamos hasta el terraplén, subimos la barranca y empezamos a buscar a lo largo de la vía. No sabíamos cuanto tiempo teníamos antes de que pasara de nuevo el tren y tratamos de apurarnos. Cury buscó en una parte donde los yuyos y las cañas estaban muy crecidos. Con el Chueco fuimos para el lado de los Siete Puentes.

Al rato Cury nos llamó.

—Miren —dijo y señaló un lugar donde había muchas piedras entre los durmientes. Empezamos a sacarlas y encontramos debajo unas maderas que las sostenían. Cuando casi habíamos terminado de removerlas no supimos que hacer.

—¿Y ahora qué? —preguntó Cury que siempre esperaba la orden del Chueco.

—Entramos —dijo.

Sacó la última tabla y dejó el pozo al descubierto. Era profundo, pero no muy ancho, un poco menos que el ancho de la vía. Lo que sí era bastante largo: ocupaba la distancia entre cuatro durmientes. Había lugar suficiente para los tres. Para mí era más grande que el baño de casa y eso que mamá siempre decía que teníamos un baño enorme.

Apenas entramos, nos juntamos y nos dimos un abrazo como hacen los equipos antes de salir a la cancha. Cury y yo nos sentamos cada uno en una punta, enfrentados y el Chueco se acostó en el medio del pozo y puso las manos atrás de la cabeza.

—Desde acá voy a verlo bien —dijo.

Después de unos minutos me quería ir, recién ahí adentro comprendí que nos iba a pasar el tren por arriba, pero traté de bancármela y no dije nada. El tiempo no pasaba más, me comí los girasoles que tenía en el bolsillo, pero apenas podía tragar.

Calculaba la distancia entre mi cara y el riel y pensaba a qué velocidad vendría el tren, si haría chispas, si produciría calor, si arrastraría las piedras.

—Tengo una petaca —dijo el Chueco. Sacó la botella de adentro de una de sus medias.

Yo solo había tomado vino alguna vez, pero igual acepté, “8 Hermanos” decía la etiqueta, me pareció un asco, aunque sentí que resucitaba. Ellos tomaron sin pestañear.

—¿Viene muy rápido? —pregunté.

–A los pedos —contestó Cury.

—No seas boludo, que se la va a tomar toda —se rió el Chueco.

Después hablaron de fútbol, del descenso de Racing; hablaron de Analía, la hermana de Tato, que para Cury era un camión; también de Alfonsín y de Herminio, al que, según dijo el Chueco, le faltaba un huevo y la mitad del otro. Yo los escuchaba, mientras hundía las uñas en la tierra y escarbaba. Era una forma de pasar el tiempo y tranquilizarme. Pero duró poco. Lo de tranquilizarme digo. Apenas unos minutos, hasta que toqué algo sólido, rígido que no era una piedra, de eso estaba seguro. Saqué un poco más de tierra y sentí en mis dedos lo que claramente era una bolsa de nylon.

 

Los pibes seguían en otra. Sacaron la segunda petaca, era licor de chocolate. Me gustó un poco más.

—¿Para qué tiene tu papá un escondite? —le pregunté de repente a Cury, animado por el alcohol, mientras pensaba si debía compartir mi hallazgo.

Pero no hubo tiempo. Cury me iba a contestar cuando comenzamos a sentir la vibración y, en un instante, el ruido era ensordecedor. El tren venía a toda velocidad. La tierra se nos metía en los ojos. Las piedras repiqueteaban en las vías. Los durmientes se movían y las ruedas golpeaban al pasar por el pozo y era como si pegaran en nuestras cabezas. Durante unos segundos pensé que estaba en el mismísimo infierno.

Pero al fin el ruido empezó a menguar. El tren ya había pasado por arriba nuestro. Los pibes salieron gritando y comenzaron a tirarle piedras a la formación que se alejaba. Yo me asomé entre los durmientes para ver el último vagón que iba camino a Sarandí, pero me quedé un poco más en el pozo, todavía me duraba la conmoción, me tiré en el piso y traté de tranquilizarme.

Apenas había recuperado la respiración cuando reconocí la voz de Ojeda

—¡Qué carajo hacen acá! —gritó, parado sobre una vía.

No sé cómo supo que estábamos ahí, pero el viejo nos encontró.

—Dejen todo como estaba —dijo.

Agarramos las tablas y las piedras y dejamos el pozo como antes. Cury estaba rojo. El Chueco empezó a silbar. Yo me guardé una de las piedras engrasadas en el bolsillo. Bajamos el terraplén y caminamos hacia el barrio.

Los pibes se adelantaron. Antes de llegar, lo alcancé a Ojeda y le pedí que no le contara nada a mis padres.

—Por favor —le insistí.

Lo miré y abrí la boca como para volver a hablar, estaba pensando en lo que escondía en el pozo, en preguntarle, pero no pude decir palabra, creo que en esos segundos mi cara me delató. Ojeda no dijo nada y siguió caminando en silencio hasta el monoblock. Con los pibes ni nos despedimos. Yo subí rápido los dos pisos hasta mi casa. Entré, me tiré en la cama, miré la piedra, la acerqué a mi nariz y respiré hondo.

La escuché llegar a mamá. Me apuré a guardar la piedra en mi cajón y hundí la cabeza en la almohada.

 

 2

Tardé unos días en aparecer, pero en algún momento iba a tener que bajar, eso lo sabía, acababan de terminar las clases y no me iba quedar todo diciembre, ni todo el verano encerrado en el departamento. Estaba asustado, pero sobre todo no quería cruzarme con Ojeda. Lo que nunca pensé es que apenas bajara lo iba a ver y menos que me iba a decir lo que me dijo.

—Nosotros tenemos un secreto —dijo y siguió mirando para afuera por una de las ventanas del palier.

Me habré puesto pálido porque enseguida cambió el tono.

—No te preocupes.

—¿No le va a decir a mis viejos?

—No, no es eso.

—¿Qué dice Ojeda?

—Al pozo no vas a ir más solo, ya lo juraste.

—Sí, claro.

—Confío en vos.

—¿Me puedo ir entonces?

—Es por lo otro Juan.

Nunca me había llamado por mi nombre, siempre me decía pichón o cuando me veía con mamá, me decía jefecito, pero nunca Juan.

—Los secretos tienen reglas.

—Yo no hice nada, se lo juro.

—No jures más que pareces un cura.

—¿Qué dice Ojeda? —repetí—. Me está mareando.

—Vas a venir conmigo al pozo, eso digo.

—¿Quiere que devuelva la piedra?

—¡Dejá de hacerte el boludo!

Era verdad, me estaba haciendo el boludo, pero no me había dado cuenta, era mi cabeza, digamos, la que se estaba haciendo la boluda, porque en ningún momento, hasta ese instante pensé en la bolsa que había descubierto en el pozo.

—¿Ahora le parece? —le pregunté.

—¿Ahora qué?

—¿Ahora quiere que vayamos?

—Sí, eso había pensado.

Salimos por la puerta de atrás del palier, la que daba a la playa de estacionamiento para que no nos viera nadie, en realidad, para que no nos vieran Cury y el Chueco que estaban jugando adelante.

—¿Estás apurado?

—No, para nada.

—Aflojá, entonces.

Creo que de los nervios había salido casi corriendo y además Ojeda caminaba despacio, nunca le había prestado demasiada atención, pero parecía más viejo de lo que realmente era. Aunque no debía ser mucho más grande que papá, todo parecía costarle el doble.

Caminamos en silencio hasta el portón que divide el barrio de las vías. Ojeda parecía estar juntando fuerzas para hablar.

 

—¿Sabés que trabajo en el tren, no?

—Sí, me contó Cury.

—Soy maquinista. Es difícil, hace ya unos años que me mandaron al tren de carga. Pero antes llevaba pasajeros, el tren es muy grande y viaja mucha gente, y uno es responsable por la gente.

A Ojeda se la quebró la voz en la última frase y me dio vergüenza mirarlo.

—De eso se trata, entendés, Juan, de la responsabilidad.

Le dije que sí, aunque no entendí del todo a que se refería.   Volvió a quedarse callado. Llegamos al pozo.

Me dijo que baje primero y me dio la mano para ayudarme.

—Este pozo ya no hace falta, se terminó.

Ojeda me señalo el lugar donde me había sentado con los pibes el otro día. Me debo haber puesto colorado, porque no necesitó aclararme nada.

—Sacala dale.

—¿Le parece?

—Sí, dale

Tiré del nudo de la bolsa pero no pude ni moverla. Ojeda se levantó. La cara le había cambiado, estaba sonriendo. Entre los dos terminamos de desenterrar la bolsa. Me pidió que la abriera. Estaba llena de libros y de revistas.

Empezó a sacar. Había de todo. Algunos yo los conocía de la biblioteca de casa, pero otros ni los había escuchado nombrar y eso que a mí me gustaba mucho leer. Ojeda estaba entusiasmado.

—Los guardé acá, era peligroso tenerlos en casa, pero no los iba a quemar. Hay cosas de otros compañeros también. Uno se siente responsable por los compañeros —dijo y ahora sí me animé a mirarlo.

 

—Tu papá me dijo un día que él no iba a quemar los libros, ni a esconderlos. Tuvo suerte. Ahora se terminó, pero igual no hay que hacer boludeces. Las cosas van a quedar acá, por el momento, pero quiero que algunos los tengas vos. A mi hijo no le importan.

No entendía por qué a mí, por qué me quería dar esos libros tan importantes, por qué me confiaba su secreto.

—Vamos a tener algunas reglas. Te vas a ir llevando los libros de a uno o de a dos y a medida que los vas leyendo venimos a buscar más, podés elegir o yo te aconsejo.

—Prefiero elegir —le dije.

—Como quieras, pero la regla más importante es que por ahora nadie, ni siquiera mi hijo debe saber de esto.

Le dije que no le iba a fallar. Sonó raro escucharme, pero me parecieron las palabras justas para ese momento. Me sentí orgulloso.

Elegí dos libros. Por los títulos pensé que iban a ser los más divertidos, El juguete rabioso fue el primero y Mascaró, el cazador americano, el segundo.

 

—Seguro son de superhéroes.

—Ya veremos. Tu mamá me contó que leés muy rápido.

—Pero ella no me cree y me pide que le cuente.

—Entonces, cuando termines me vas a contar.

—No sea así Ojeda —le dije.

Salimos del pozo y lo volvimos a tapar. Me puse los libros abajo de la remera y los ajusté con el elástico del pantalón. Me resultó obvio que no podía llegar al monoblock con los libros en la mano.

No sé si me pareció a mí, pero la vuelta la hicimos más rápido. Estaba ansioso por llegar y Ojeda no me pidió que fuera más lento.

En el camino hablamos de fútbol. También era de Racing, como yo, pero no estaba triste por el descenso, me dijo que no me preocupe, que las cosas a veces pasan por una razón.

—No nos derrotaron— me dijo— ya vas a ver.

En la puerta del monoblock nos despedimos, Ojeda se quedó abajo y yo subí, feliz, guardando bajo mi remera, aquellos libros y aquel secreto.

 

 

 

 

 

Publicada en

El ojo que lo observa todo

Hormigas Negras acaba de publicar El ojo, segundo libro de Damián Rovner constituido por diecinueve relatos en su mayoría fantásticos. En este cuento, el autor propone un viaje de sumersión y ampliación del campo perceptivo.  ¿Qué pasaría si en vez de contemplar una obra de arte pudiéramos entrar en ella?

 

por Damián Rovner

Hay un ojo que lo observa todo. Al barco que vuela, al toro equilibrista, a la puerta misteriosa, al dragón alado, a las formas del infinito y a mí. Es un ojo gigante y profundo que observa los trescientos sesenta grados del espacio y se mantiene suspendido en el aire. No está conectado a ningún órgano de ningún cuerpo e igualmente tiene todas las cualidades de un ojo. Es un ente autónomo y autosuficiente que registra dentro de sí las imágenes de los rincones más remotos y de la historia conocida y por conocer.

Aunque creo estar afuera, soy parte de aquella constelación y me siento observado. Su mirada es inquietante y los estímulos sensoriales desbordantes. Por momentos dudo de si las coloridas figuras que lo rodean son reales. Floto absorto sobre un mullido vacío negro entre visiones que intento comprender como señales ineludibles para mi vida.

Hay un toro de múltiples tonalidades haciendo equilibrio sobre una pequeña pelota, señal del gran poder y ambición de la bestia que, a pesar de su tamaño y tosquedad, logra mantenerse en armonía sobre un objeto minúsculo demostrando que todo es posible, que no hay proeza irrealizable. O acaso represente la vulnerabilidad de un ser fuerte y vigoroso, aparentemente invencible, que en cualquier momento puede caer de bruces y estropearse contra el piso, simbolizando la fragilidad que amenaza cada acto. El toro posee un cuerpo colosal, cuadrado, una cabeza diminuta y lleva un hermoso traje de colores pastel naranja, azul y amarillo, acorde a la dimensión de su espectáculo. Me mira desafiante haciéndome sentir que allí el extraño soy yo. Trato de dirigirme hacia él pero da vuelta la cabeza y continúa ostentando sus habilidades de equilibrista con orgullo. Una platea de cabezas de diminutos toros, en la penumbra, disfruta y festeja sus piruetas.

Mi mente vuela como un trompo en el vacío. Allí cerca, una escalera conduce a una puerta que invita a abrirla. Puede ser que encuentre los recuerdos de la memoria del ojo, de épocas antiguas; puede que esté preservando ahí sus tesoros más celosos y sagrados, sus vivencias más íntimas y secretas. Pero también es posible que esa puerta esté protegiendo los recuerdos del futuro, que nos esté resguardando del vértigo que nos provocaría descubrir aunque sea una ínfima porción de nuestro destino. La tentación es grande pero decido contenerme. Abrir esa puerta sería adentrarme en un mundo desconocido y peligroso. ¿Podría soportar descubrir mi propio futuro?, ¿y si encontrase que nunca existí?

Un barco surca los mares invisibles timoneado por una oropéndola orgullosa de su suave plumaje amarillo. Junto a su séquito de aves, desfilan exhibiendo banderas y trofeos y entonando décimas referidas a sus aventuras. Los cantos de los pájaros se asemejan a una orquesta sinfónica en su máximo clímax. El barco navega conectando las historias y transportando noticias del ojo.

Estoy rodeado de deslumbrantes figuras y cada una me abre una puerta hacia un nuevo relato. Objetos absurdos, coloridas construcciones y animales exóticos; todas esparcidas y suspendidas alrededor del ojo que todo lo observa.

Giro asustado y me detengo admirado por un dragón con una serpiente tatuada sobre su torso. Una estrella fugaz triangular se eleva sobre su cuerpo. El dragón es imponente y señorial y viste con orgullo sus atuendos bordados con lienzos de diferentes diseños. A su alrededor, cintas de colores surcan la oscuridad, cual fuegos de artificio, en señal de festejo. Hubiese afirmado que los dragones eran creaciones fantásticas, ¿cómo podía el ojo recordar y reflejar algo que nunca existió? Aunque perfectamente podría ser el recuerdo de una fábula leída en un libro, dado que los libros también construyen realidades. Yo mismo puedo ser el personaje de un cuento. O, sin ir más lejos, puedo ser solo un personaje de este libro y no existir en la realidad. Acaso tanto el lector como yo seamos creaciones del gran ojo que lo observa todo. Incluso tal vez no seamos más que recuerdos del ojo, objetos de su memoria y flotemos a su alrededor completando la obra. Aunque lo más probables es que el ojo, sus recuerdos, vos y yo, no seamos otra cosa que parte del universo que está observando otro ojo desde otra dimensión.

Suena un timbre y, como en un fantástico sueño, me abro paso entre las imágenes, el toro, el barco, la puerta, el dragón, los tatuajes y entro al gran salón de las comidas. Al mediodía todos los internos debemos dirigimos al comedor. Cuando entro, siempre me dicen que un ojo me está observando y que no cometa ninguna locura.

 

Inspirado en el cuadro de Kandinsky “En torno al círculo”, 1940

Publicada en

El atajo

Escribí El Atajo en el año 2010, en una tarde de inspiración y placer en la que todos los párrafos fluyeron como si me los estuvieran dictando. Los cambios que le hice, posteriormente, fueron mínimos. Es un texto que destaca la complicidad de de los lectores y el amor por los libros.

 

a Gonzalo Maurenza

Cuando vamos en el colectivo y descubrimos a alguien que lee, es usual que nos estiremos para ver la tapa del libro y así saber de qué autor se trata, son más las veces en que esa información desvanece la expectativa, aquel pasajero lee algo a la moda que no nos interesa ni representa nada para nosotros, otras veces sentimos un alivio al comprobar que se trata de un gran libro. ¡Quién sabe el porqué de esta intromisión en la lectura que realiza ese desconocido con el que no tenemos ningún interés por hablar ni tampoco ofrecerle ningún tipo de seña cómplice y, sin embargo, de forma irracional, parece beneficiarnos con su presencia por estar leyendo algo interesante! Algo cambia, el colectivo continúa siendo una cápsula infernal, ruidosa, llena de oficinistas con sus tacos aguja o sus trajes grises iguales a otros trajes grises y sus corbatas diferenciadas en el sentido hacia donde van las rayas; nada cambia, los estudiantes continúan hablando durante cuarenta cuadras sobre la cursada del día, algunos pasajeros silenciosos, resignados a perder ese tiempo en el transporte público, parecen al menos aprovechar el hecho de que nada se espera de ellos por este rato, miran las pegatinas, las ramas de los árboles que rozan el colectivo; otros, otras, tienen que ocupar su tiempo, sacarle algo al momento, escriben mensajes con seriedad como si estuvieran enviando datos secretos para salvar multitudes de algún tipo de catástrofe o hablan en forma incesante, a viva voz, sobre la altura de la avenida, cuánto más se demorarán en el viaje, delante de qué edificio están pasando. Algo cambia y nada cambia, algunos, ausentes del entorno, con sus auriculares alrededor del cráneo, sonríen, no oyen música, siguen los chistes de un locutor radial que aprendió a hablar más rápido de lo que puede pensar. Y en el entorno del colectivo, más colectivos y coches, camiones, taxis, todos atascados en la avenida. Puteadas. Bocinas. Es el día en la ciudad. La importancia de llegar, de ir, de estar, de cumplir, la obligación de presentarse a tiempo y alguien leyendo un gran párrafo, un abismo, un poco de oxígeno, un momento del tiempo fuera del tiempo.

El párrafo que alguien destacó para volver a leer, para leérselo a otro. El párrafo que encierra el secreto del momento anterior a ser, el momento previo de vacío, la pared de piedra invisible que el escritor absorbió primero con calma, luego con angustia; caminó por la habitación, se detuvo, acomodó sus anteojos, mordió sus uñas, intentó forzar la espera, quiso agregarle algo intangible a esa aparente pasividad. Las copas de los árboles se mecieron de forma suave por la brisa otoñal. Los niños gritaron en el parque, lejanos, jugando felices. Los pajarracos chillaron de un lado a otro y un camión destartalado se hundió en la cuneta, sacudió sus piezas flojas que resonaron. Fue el final de la tarde. El escritor dejó de sentirse incómodo porque en su mente, el párrafo se había armado. Volvió a su mesa de trabajo y se sentó.

¿Cómo te llamás? ¿Qué música escuchás? Esas eran las preguntas iniciales que nos hacían los varones en la pubertad. Solíamos reírnos porque todos empezaban igual. Sin embargo, no era un mal comienzo, la respuesta a la segunda pregunta abría el diálogo y definía los momentos siguientes. Podíamos desechar personas o sentir que éramos incomprendidos cuando la lista de bandas y discos favoritos no coincidía. Pensábamos que era indispensable compartir la emoción por las mismas canciones para poder entendernos en otras áreas de la vida y en la percepción conceptual de asuntos filosóficos o sociales. Avanzábamos a pura intuición en el dibujo de ese mapa abstracto que contenía una isla sin nombre, donde llevábamos los tesoros encontrados.

¿Con menos prejuicios que en la pubertad? ¿Con la misma intensidad que en la adolescencia? Seguimos escuchando rock y la música continúa siendo un alimento espiritual y un nexo emotivo. Nos ponemos las zapatillas para ir a los estadios, a los encuentros multitudinarios motivados por una banda de rock, tal como hacíamos a los catorce años. Memorizamos espontáneamente las fechas de lanzamientos de discos. Guardamos en el cajón de la mesa de luz o adentro de un libro preferido, la entrada del próximo show. Buscamos las canciones que nos conmueven, que hacen más livianos nuestros pasos por la ciudad. Nos enamoramos de un álbum que ponemos tres veces por la mañana y dos por la tarde hasta agotarlo, con el mismo frenesí que teníamos a los veinte. Es una continuidad acotada a ciertos acontecimientos y determinadas búsquedas. Estamos parados en mitad del camino, desde aquí puede verse el inicio y también el final del recorrido, no somos los mismos, nos hemos deshecho y transformado en otros al menos una vez o dos. La música y la literatura nos acompañan en el recorrido, envolviendo las épocas, representando búsquedas, sueños, utopías, estéticas, encuentros, pensamientos y preguntas. El paso del tiempo deja obras en pie y sepulta otras, algunas canciones, ciertos temas, determinados autores permanecen, tantos otros quedan olvidados. Vamos al encuentro del autor desconocido como si abrir el libro fuera un suceso, volvemos sobre las páginas viejas de aquello ya leído sabiendo que lo encontraremos cambiado. Una vez más damos vuelta la página y estamos ante la siguiente en blanco.

El atajo es el camino que ya conocemos, el que nos lleva al encuentro del amigo, a la mesa del bar, a la casa familiar, el atajo es ese sendero tan incorporado que podemos recorrer a oscuras o dormidos, esos pasos que van solos hacia el lugar donde ya hemos estado confortables y felices y el atajo es también esa calle escondida, ese pasaje secreto por el que no hemos transitado nunca y que ignoramos a dónde conduce y cuando corremos las ramas que nadie poda y pisamos entre los cardos, sentimos ese vuelco de emoción por entrar en un lugar inexplorado.

 

Andrea Álvarez Mujica